Esto es la esquina. Un ensayo de Andrián Chávez – Gatopardo

Esto es la esquina

Al hablar de la ciudad, demasiada atención hemos puesto a plazas y avenidas, ignorando las esquinas. Son el epítome de la urbe; permiten el encuentro con quien viene en rumbo contrario. En la esquina es posible el consenso y el conflicto. La diversidad se mira de frente, se intercala, se cruza y sigue su camino. Este ensayo nos revela la polisemia de las esquinas.

Tiempo de lectura: 7 minutos

“¡Esto es Esparta!”, me imagino que alguien grita, como en 300, la conocida película de Zack Snyder (2006) basada en el cómic homónimo, cuando el semáforo se pone en verde en el cruce peatonal entre la esquina de Avenida Juárez y el Eje Central Lázaro Cárdenas y la esquina de la Torre Latinoamericana que inaugura la calle de Madero. De hecho, si uno busca este punto específico del centro de la Ciudad de México en Google Maps, podrá ver, haciendo el zoom correspondiente, a los dos ejércitos pequeñitos, hormigosos, esperando la luz del siga para encontrarse contra un enemigo que tampoco está dispuesto a claudicar.

El Eje Central, el río cuyo flujo mantiene a los dos ejércitos separados y ansiosos, es una arteria vital del centro de la ciudad, y los tiempos del semáforo le rinden una pleitesía equivalente, por lo que a cada segundo los batallones de ambos lados suman nuevos reclutas: los vestidos de civil, los que van de traje sastre, los que llevan uniforme escolar, los turistas, las caricaturas japonesas, los comerciantes menudistas, los soldados no metafóricos, los fantasmas. No nos conocemos, pero somos, por obra de la pura posición, compatriotas de esquina, defensores de un bando nacido de la espontaneidad, al punto que los otros, los que nos miran de frente a la sombra de la Torre Latino —ese castillo a conquistar, con un 7-Eleven por toda barbacana—, nos resultan aunque sea un poquito despreciables por haber elegido el camino opuesto. Cuando el flujo de autos se interrumpe y el campo de batalla queda libre, se despiertan los frentes y avanzamos, aunque nadie grita “¡Esto es Esparta!” (o “¡Esto es Avenida Juárez!”, siendo más rigurosos en la tro­picalización) porque somos los ejércitos más democráticos del mundo, no solo por nuestra diversidad manifiesta, sino por la ausencia de generales, héroes y demás fauna protagónica. Y, sin embargo, justo a media calle, ocurre el milagro de la paz: como en una coreografía heredada, unos y otros nos intercalamos y pasamos de largo, con saldo blanco salvo por el ocasional choque inofensivo; cada quien conquista su tierra prometida, y los ejércitos se disipan, sin despedirse, para dar paso, apenas se ponga el semáforo en rojo, a otros nuevos, igualmente diversos y pacíficos. Esto no es Esparta. Esto es la ciudad. Una ciudad, como otras, hecha de esquinas.

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