Friends and Strangers: la promesa de un talentoso director - Gatopardo

Friends and Strangers es promesa de un talentoso director australiano

Del 8 al 25 de septiembre se lleva a cabo el ciclo Talento Emergente en la Cineteca Nacional, que pretende dar a conocer a las jóvenes promesas del cine contemporáneo. Aunque la programación podría mejorar, destaca el título del australiano James Vaughan, Friends and Strangers, que abarca las inseguridades de un joven artista y la renuencia de su sociedad a reconocer los crímenes del pasado.

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Con la muerte de Jean-Luc Godard, que nos enseñó a dialogar ya no con los personajes y las tramas de las películas, sino con las imágenes y los significados que producen sus combinaciones, se acentuará la búsqueda de un cine futuro. En términos muy literales, hay y seguirá habiendo personas interpretando a otras más, inventadas o no, y alguien que va a dirigir estas escenas y a fotografiarlas; también habrá quien junte los planos resultantes para moldear narrativas. Sin embargo, lo que prometen las grandes industrias, con sus excepciones cada vez más escasas, es continuar este proceso repitiendo los mismos planos, la misma musicalización que nos diga qué sentir y cuándo, las mismas tramas donde los héroes conquisten las sombras con algunas dificultades, casi siempre las mismas. Si ese es el cine venidero, lo que en el pasado hicieron Godard y sus colegas, conocidos y aún por ser descubiertos —descubiertas, sobre todo—, representa unas posibilidades más allá de nuestro tiempo. ¿Quién irá a alcanzarlas, a rebasarlas?

El problema no es que existan las imaginaciones capaces de hacerlo, sino que se difundan. ¿Cuánta gente conoce a Ted Fendt, a Kamal Aljafari, a Sofia Bohdanowicz? La pregunta no lleva un juicio contra los espectadores: la pobre distribución y discusión de estas figuras, sumada a la hegemonía impermeable de los grandes estudios, las enajena del público y evita que tengan el lugar, en su propio tiempo, de una Agnès Varda o un Ingmar Bergman. Lo que sí abarca la pregunta es la desesperanza producida por un futuro imaginario donde la gente no conozca a los grandes cineastas que emergieron al comienzo de este siglo, y mucho menos a los anteriores. A Godard lo habían oído nombrar quienes nunca vieron una película suya, pero eso probablemente no suceda con contemporáneos de cierto renombre, como Angela Schanelec o Tsai Ming-liang.

Ante la extinción importan —en teoría, al menos— ciclos como Talento Emergente, en la Cineteca Nacional, que pretende empujar a las figuras más prometedoras del cine contemporáneo al dominio público. Aunque los esfuerzos de la programación requieren ajustes, hay al menos dos películas interesantes entre las proyectadas: Rien à foutre (2021), o Bienvenidos a bordo, de Emmanuel Marre y Julie Lecoustre, que a pesar de momentos innecesariamente sentimentales vuelve a darle un papel sofisticado a Adèle Exarchopoulos, de La vie d’Adèle (2013), y mi favorita, en la que me gustaría concentrarme: Friends and Strangers (2021), o Amigos y extraños, de James Vaughan, que en México debutó antes gracias al festival Black Canvas y la plataforma Mubi, donde todavía se puede ver.

Friends and Strangers (2021), de James Vaughan.

Antes de este primer largometraje, el australiano Vaughan apenas contaba con un par de cortos como director, pero su fijación con las interrupciones y la incomodidad aparece en toda su filmografía como un estilo ya plenamente explorado. La destreza y la originalidad de Vaughan son raras en un cineasta con una carrera tan breve, y esto nos permite depositar en él una parte, al menos, de la expectativa por un cine nuevo.

Friends and Strangers empieza en Sídney, donde Ray (Fergus Wilson) y Alice (Emma Diaz), casi desconocidos entre sí, emprenden un viaje a las afueras de la ciudad. Los protagonistas pasan por algunos encuentros que no aportan mucho a la trama, en apariencia: una niña y su padre platican con ellos sobre la vida cultural en Sídney y luego le piden a Alice probarse unos vestidos de la madre y esposa, que murió. Antes de eso, los protagonistas se cruzan con un hombre, quien los incomoda al advertirles que no pueden acampar en cierta área, y luego lo reencuentran en un momento inoportuno. Vaughan nos promete con esto y la timidez sexual de Ray una comedia romántica que nunca pasa porque repentinamente un corte nos lleva, de un plano de Alice tomándose fotos, a un mes en el futuro, cuando le enseña las imágenes a una amiga para contarle su decepcionante aventura.

A partir de ahí, Friends and Strangers narra un día fatigoso para Ray, en el que intenta llegar a tiempo a una junta con un cliente para filmar la boda de su hija, pero sufre un desperfecto tras otro, que se amontonan hasta llegar a un desenlace absurdo cuyo diálogo parece hablar más sobre las intenciones de Vaughan y sus ideas del arte que de los problemas de Ray. Estas escenas le dan una inesperada coherencia a la interrupción del comienzo al anunciarnos que la trama no fluye hacia un cauce más o menos conocido: más bien es un río cuyas curvas tan pronunciadas le dan significación y, a la vez, un talante enigmático del que brotan la trama sobre la juventud en crisis y la preocupación por una sociedad igual de indefinida en cuanto a su pasado.

Si, como lo dije antes, el cine del futuro se puede encontrar en los antecedentes, Vaughan parece guiado por Robert Bresson, que fragmentó las imágenes convencionales para encontrar pequeños misterios en la cotidianidad representada y en la experiencia de ver una película. El gran director francés raras veces empleaba planos generales y evadía las imágenes de algunos incidentes para mostrarlos a partir del sonido y la reacción de los personajes. En sus años más radicales era difícil entender si un plano se ubicaba en el mismo tiempo y espacio que el anterior, y las tramas tenían que ser resueltas por la audiencia antes de empezar siquiera a discutir sus ideas.

Friends and Strangers (2021), de James Vaughan.

Al comienzo de Friends and Strangers, Ray deja caer, por accidente, una botella de agua. La acción pasa fuera de cuadro y se entiende cuando él la describe y oímos el ruido crujiente del plástico mientras cae. La ciudad apenas si se ve en las cerradas imágenes, a diferencia de aquellas de una película convencional, que probablemente nos mostrarían la vistosa Ópera de Sídney o el puente de la bahía para que entendiéramos la locación. Vaughan se acerca a esta técnica con una distinción deliberada cuando la película deja por un momento a los protagonistas y se pasea por su entorno en primeros planos que no muestran los grandes hitos, sino los poemas ordinarios de la arquitectura local en estatuas y parques que insinúan la historia ensangrentada de Australia.

Este tema aparece esporádicamente y sin ser discutido a fondo, quizá proponiendo el inconsciente de una sociedad que reconoce sus crímenes contra las culturas originarias, pero a medias. Ray lee sobre las reparaciones por la colonización en su cita con Alice, y lo primero que hacen los créditos al terminar la película es declarar que fue filmada en territorios pertenecientes a los pueblos eora y ngunnawal. El momento más satírico llega cuando una guía turística está a punto de explicar lo que les pasó a los aborígenes en la zona donde se construyó una casa colonial y una amiga la interrumpe para saludarla. Durante el resto del metraje, Vaughan se concentra en las preocupaciones de Ray con su humilde empleo, la añoranza de una exnovia y la mala suerte que lo asedia: se impone, de manera simbólica, la crisis individual sobre la colectiva.

Esto explica el humor con que Vaughan expresa las desgracias de Ray. Su historia, que abarca la vasta mayoría de Friends and Strangers, es diminuta frente a los males de la historia australiana; sin embargo, no por ello es objeto de ridículo. Vaughan emplea la incomodidad para ponernos en el lugar de su protagonista tímido, lo cual supone conmiseración, al menos. Ray puede no ser más importante que los demás, pero su vida, galáctica en sus dimensiones interiores, no es inconsecuente, y por eso sentimos lo mismo que él, particularmente hacia el desenlace.

La casa del cliente de Ray es paradójica, como muchos de los aspectos que ya he descrito: es opulenta y está llena de piezas artísticas; en un punto la invade el vecino de al lado con música de cámara, pero todas las obras son desconcertantes, incluso feas. En las paredes hay cuadros de Lucian Freud y Francis Bacon, y una composición de Giacinto Scelsi asfixia las habitaciones: la expectativa de lo bello se hunde en una especie de horror; Ray parece haber cruzado a otra dimensión inescrutable, sobre todo cuando su cliente lo intenta calmar diciendo que en la casa no hay “nada oculto ni raro ni oscuro”. Más adelante parece regañarlo por sus decisiones profesionales, como si encarnara la voz del fracaso dentro de Ray. Lo más perturbador de todo es la descripción de la videografía como “humo y espejos”, o de los artistas como pervertidos. Friends and Strangers llega ahí a la extrañeza culminante para describir las dudas y el temor inagotable de escoger el arte como oficio, pero no tanto por la ansiedad de reconocimiento o desahucio, sino por el miedo a ser juzgado.

A pesar de ello, Vaughan filma lo que parecen ser sus propias inseguridades con convicción. Su miedo lo inspira y le da firmeza para hacer un cine no propiamente inédito pero inmensamente esperanzador: un cineasta joven está pensando en el cine al hacerlo, a diferencia de quienes calculan solo las ganancias que puede traerles cada producción. La imaginación no va a imponerse sobre el comercio, pero, gracias a Vaughan y otros colegas en pleno auge, lo enfrenta.

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