El Proyecto 400: Cuando el Cervantino se va

Proyecto 400 es una iniciativa de estudiantes de arte dramático de Guanajuato. Este grupo que sigue impulsando las artes en su ciudad cuando el Cervantino llega a su fin.

Por Emiliano Ruiz Parra / Fotografía Cortesía Festival Internacional Cervantino

GUANAJUATO.- El Festival Internacional Cervantino (FIC) es una tormenta eléctrica: como una sucesión de relámpagos, algunos de los artistas más importantes de México y el mundo iluminan el cielo de Guanajuato durante casi un mes. Han venido el bailarín Rudolph Nureyev y el compositor Leonard Bernstein. Cada año se podría hacer una lista de grandes nombres que acuden a dar una función de teatro, danza o música. Pero el Cervantino dura unos 20 días y se va, ¿y los que se quedan?

Un centenar de jóvenes ofreció una de respuesta: el Proyecto 400. Son la primera generación de la licenciatura de artes escénicas (teatro y danza) de la Universidad de Guanajuato. Chavos que andan, con excepciones, en sus 22 o 23 años de edad. El 5 de octubre los veo ensayar en la Plaza Mexiamora: cortes de mohicano, frenos en los dientes, tenis converse, palestinas, mochilas en el piso. Por allá cuatro jóvenes hacen cadenas de fuego. Son muchos: hay más de 130 muchachos involucrados en el Proyecto 400 porque, además de los que terminan su carrera, sumaron a los jóvenes de otros semestres.

Este Cervantino –el número 44– celebra el cuarto centenario de la muerte de Miguel de Cervantes Saavedra, el autor de El ingenioso hidalgo don Quijote de La Mancha, y una parte sustancial del programa gira en torno a sus homenajes. Réquiems para Cervantes, montajes de las obras de Cervantes, óperas sobre el Quijote y un montón de reelaboraciones contemporáneas del caballero andante.

Los muchachos del Proyecto 400 se subieron al mismo barco: su aportación al FIC se llama Todo puede ser, de Horacio Almada (también director de la obra) un espectáculo de teatro y danza, una revista cervantina que comprime algunas escenas del Quijote con el entremés El juez de los divorcios. Los jóvenes del Proyecto 400 han dedicado los fines de semana desde abril a ensayarla, y la estrenaron el lunes 10 de octubre en la Plaza Mexiamora. Han dado una función diaria a las 8 de la noche en la Plaza Mexiamora, del 10 al 14 de octubre.

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Los chavos
A lo primero que se enfrenta don Quijote al salir en busca de aventuras es a la incomprensión de su familia, que le quema sus libros de caballerías. Lo mismo le pasó a casi todos los jóvenes del Proyecto 400 con los que hablé. Sus padres, ya fueran campesinos o profesionistas, les imaginaban un futuro como contadores públicos, abogados, maestros pero, ¿actores, bailarines? Y así como el Quijote se lanzó a los caminos sin comida en las alforjas (porque en los libros de caballerías nunca se mencionaba ese detalle) así fueron advertidos los muchachos con el lugar común de “te vas a morir de hambre”.

“Encuentra lo que amas y deja que te mate”, me dice Isabel Gutiérrez citando a Bukowski respecto de su decisión. En Todo puede ser Isabel hace a Marcela, esa mujer hermosa de la Sierra Morena que reivindica su derecho a vivir sola, y que podría ser uno de los primeros discursos feministas de la literatura castellana. Isabel es de San Pancho Rancho, como le llama cariñosamente a San Francisco del Rincón. Sus padres son migrantes: viven en un pueblito de Oklahoma: él es obrero agrícola y ella trabaja en un asilo.

De San Francisco del Rincón también es María Luisa Juárez Victoriano, 23 años, que hace al Vejete en el entremés cervantino. En ese pueblo tiene su propio grupo de teatro, Días de Luna, y otro más de cuentacuentos para niños. María Luisa trae una barba blanca postiza y una peluca cana. Ella prepara el estreno de su propia obra, Agonía.

En El juez de los divorcios el Vejete está casado con Mariana. Y quien hace de Mariana es Araceli Velázquez, que también prepara su propia obra, Baobab, sobre “una mujer que no es árbol sino tristeza”. Como varios de sus compañeros, la carrera de artes escénicas representó también la primera vez que vivían solos, lejos de las ciudades de sus padres. Por eso Guanajuato le parece una ciudad melancólica. Una melancolía que llevó a su piel: se tatuó un nautilus en el antebrazo, un caracol solitario que no ha evolucionado en millones de años.

Araceli vendió baguettes para ayudarse en la carrera; Christian Solís, que hace a Sancho Panza, dio clases en prepas; Jorge Roldán, don Quijote, fue alfabetizador en comunidades rurales. Cada uno cuenta una historia de pasión y esfuerzo. Jorge-Quijote, por ejemplo, ya había estudiado otra carrera, diseño gráfico, pero la había dejado trunca, andaba dando tumbos entre trabajitos ocasionales y negocitos fracasados hasta que encontró que se creaba esta carrera y no dudó en inscribirse.

“Estoy descubriendo a Cervantes; es un universo completo”, me dice Jorge, uno de los veteranos con 30 años de edad. De su personaje le sorprende que “a su edad sale a jugarse la vida y tiene el potencial de matar”. Me llama la atención su reflexión: es cierto, el Quijote es un personaje tan complejo que es muy difícil de asir: combina discursos de gran lucidez junto a las más fantásticas alucinaciones; es un justiciero generoso, un enamorado que honra todos los principios de la caballería. Pero también es un ser vanidoso, a veces mezquino, y ciertamente no un pacifista. Don Quijote está presto a acometer con su espada si la sangre ha de darle gloria.

Y acaso por eso resulta tan difícil llevarlo al teatro, al cine o incluso a la música. Es fácil caricaturizarlo, reducirlo a un loquito, a un neurótico, un ingenuo, o de plano convertirlo en un personaje motivacional. A eso se le añade que en Don Quijote no hay trama sino una sucesión de aventuras, además de cuentos intercalados que poco o nada tienen que ver con el Caballero de la Triste Figura. Casi siempre se opta por lo cómodo: representar los molinos de viento, el (inexistente) encuentro con Dulcinea o a un viejo encorvado sobre sus libros.

Los estudiantes del Proyecto 400 sacrificaron sus fines de semana desde abril hasta octubre para ensayar la obra. Era su debut como actores en una gran producción: 105 personas en escena entre actores, bailarines, cantantes del coro y cinco fuegueros: los que hacen las cadenas de fuego. Cuando empezaron a ensayar sus sueños eran grandes: querían que don Quijote montara un caballo de verdad, Sancho Panza un burro y que una mula jalara la carreta de la muerte: una idea que hubo que abandonar porque no iban a caber en la plaza Mexiamora.

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Los que (tampoco) se quedan
Algunos de estos jóvenes se enteraron de casualidad, en un artículo de revista o en una búsqueda por internet, que la Universidad de Guanajuato ofrecía Artes Escénicas por primera vez en su historia. El hecho es que esa decisión les cambió la vida: cancelaron cualquier otra posibilidad como “estar detrás de un escritorio” o emplearse en las fábricas de coches que han proliferado en el Bajío. Y más aún en una región conservadora donde ser artista o pertenecer a alguna minoría sexual (como en algunos casos) es cuesta arriba.

Comencé el artículo pensando en que encontraría, entre el Cervantino, a los que permanecen, a los que se quedan en Guanajuato. Pero casi todos quieren volar. Como Rafael Hernández, el talentoso danzante que representa a Camacho, que se alista para postularse a una compañía en Montreal. O María Luisa Juárez, el Vejete, que se quiere ir de intercambio a Ecuador. Araceli está pensando en España. A Isabel ya le urge irse a Estados Unidos.

Algunos sí se quieren quedar, como Christian Solís-Sancho Panza, que nació en Salamanca de una familia de bailarines de danza folklórica y ya sabe lo que es vivir la vida dando funciones de pueblo en pueblo. Jorge Roldán-don Quijote me habla del aletargamiento del mundo teatral en Guanajuato. Y sí, me dicen dos de los jóvenes: una vez al año viene el Cervantino con propuestas memorables, algunas de calidad mundial, pero luego se va y las cosas vuelven a la normalidad.

La noche del lunes 10 de octubre asisto al estreno. Todo puede ser tiene partes memorables: la “fanfarria áurea”, una obertura para tres trompetas, dos timbales y tarola que compuso el guanajuatense Carlos Vidaurri para la obra. El montaje tiene tres secciones separadas: algunos cuadros de El Quijote, un ballet de las Bodas de Camacho (coreografía de Sylvia Salomón) y cierra con El juez de los divorcios. Dos horas, demasiado larga, sin una relación entre las tres secciones y sin mayores conflictos.

Veo sus rostros gesticular; los escucho gritar sus parlamentos. Hay tanto ímpetu que a veces sobreactúan, como si quisieran combatir el frío de la plaza Mexiamora con el calor del aliento. Y sin embargo pocas veces he visto una obra de teatro con una energía tan desbordada como esta noche. Energía desbordada del coro (que dirige Ramón Alvarado), de los cinco fuegueros que abren y cierran la función, de los músicos y sobre todo de los 27 actores y 20 bailarines que han representado a ángeles, demonios, caballeros andantes, maridos cornudos y mujeres insumisas.

En estas dos horas hay 130 involucrados, seis meses de trabajo, cuatro años de licenciatura, batallas contra los padres, trabajitos o ventas para ayudarse con los gastos, un futuro incierto como actores o bailarines, pero eso sí, como diría Pessoa, aquí están también todos los sueños del mundo que, esta noche, se han rendido en homenaje a Cervantes y al soñador más enigmático y célebre de la literatura, don Quijote de La Mancha.

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