Tras 51 Días de la Tierra hay que elegir: ¿cinismo o activismo?

Tras 51 Días de la Tierra hay que elegir: ¿cinismo o activismo?

Este año el Día de la Tierra cumplió su 51º aniversario. En estas cinco décadas la conciencia ecológica sí ha aumentado, pero la avaricia sigue siendo mayor y esa ecuación debe de cambiar. Para lograrlo, hay que revisar la historia.

Cuando yo era muy chica, mientras que nacía el ambientalismo, en mis clases de primaria sólo se veía a la naturaleza como una especie de escenario que ocupaban los animales y las plantas, los climas y los ríos que teníamos que memorizar. Pero, más allá del libro de texto, cuando corríamos por el bosque en Mineral del Chico o en las playas de Acapulco, la naturaleza se hacía presente como algo físico que olía maravilloso y podíamos sentir, cubiertos de arena, en todos nuestros poros. Ya bañada, en la tarde que compartía con mis hermanos, la naturaleza manifestaba su belleza impoluta en las revistas de National Geographic y los libros que yo insistía en que me regalaran.

En ese México de los años sesenta, la naturaleza se sentía infinita y el catecismo nos decía que Dios la había puesto ahí para que la disfrutáramos. Ahora sé que no es así: sabemos que somos parte de una larga historia evolutiva, una especie más en la gran historia de la vida. La naturaleza ya no es el escenario, sino el actor principal en nuestro discurso, aun para los católicos. Tan es así que el papa Francisco escribió en 2015 la encíclica “Laudato si’” donde nos adjudica el papel de guardianes de la creación y no usurpadores.

Para mí, esta moderna conciencia de guardianes inició con Aldo Leopold, quien nació a finales del siglo XIX y aprendió a cazar desde muy joven. Sin embargo, era un naturalista nato que clasificaba las aves de los campos de Iowa, donde creció. Su familia era de leñadores y cortaban árboles para hacer muebles. En la mente práctica de estos migrantes alemanes, la naturaleza estaba ahí para usarse. Una vez, en una de sus cacerías, el joven Aldo le disparó a una loba y cuando llegó a ver al cuerpo del animal moribundo, percibió una luz verde en sus ojos, que se extinguió con su último suspiro. Su alma y el alma del monte estaban apagándose como una vela. Esta experiencia cambió totalmente su visión utilitaria de la naturaleza y dedicó el resto de su vida a conservarla. Acuñó el concepto de ética natural, pavimentando así el camino de la actual ecología de la conservación.

En su libro Sand County Almanac, Leopold relata cómo restauró un área perturbada y la regresó a un estado de equilibrio que permitió el regreso de los animales que habían huido del desastre. “Una acción está bien mientras tienda a preservar la integridad, estabilidad y la belleza de la comunidad biótica. Está mal si tiende a hacer lo contrario”, escribió en 1943. Este libro influenció a Rachel Carson, otra naturalista nata inspirada por la visión romántica de la naturaleza, la utopía natural que Henry David Thoreau plasma en su libro Walden o la vida en los bosques.

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