Reportajes

Entrevista con el escritor mexicano Carlos Monsiváis

Entrevista con el escritor mexicano Carlos Monsiváis, el hombre más buscado de las letras mexicanas, publicada en Gatopardo en 2004.

Para tratar de paliar un horrible sentimiento de orfandad, reproducimos esta crónica de Fabrizio Mejía sobre Carlos Monsiváis, que Gatopardo publicó en 2004. Es el retrato de un escritor que aparece y desaparece, el hombre más buscado de las letras mexicanas, el estratega cultural y sus batallas. Es un texto muy entrañable: un pedazo de esta revista donde Carlos publicó y siempre fue maestro.

El barrio de Portales de la ciudad de México siempre me trae malos recuerdos: en un segundo piso de la calle de Odesa me pescó el terremoto de 1985. El edificio justo en la esquina se vino abajo. Ahora un territorio de talleres mecánicos, secundarias técnicas, zapaterías y expendios de alcohol, a la colonia Portales sólo se va a dos cosas: a comprar en el mercado de segunda mano o a ver a Carlos Monsiváis. Aquí es fácil extraviarse entre la discontinuidad de la numeración y los pocos letreros en las calles, pero basta preguntarles a los transeúntes por el escritor y todo mundo señala la puerta negra.

La medida del hombre más público desde hace décadas en México, y a la vez el más esquivo, es el buzón en la puerta: una enorme rendija por la que cabe un tomo de una enciclopedia. Hacerse visible e invisible es uno de los juegos favoritos de su dueño: el gato de Cheshire está al tanto de todo y, al mismo tiempo, a sus anchas en la desaparición voluntaria. Por eso el buzón por el que pasan libros, periódicos, revistas, manuscritos, invitaciones de estudiantes o de obreros en huelga, pero también de canales de televisión, galeristas, políticos, funcionarios culturales, universidades extranjeras. Y, dentro de la casa, el teléfono suena de mañana, tarde y noche. A Monsiváis se le caza por teléfono hasta un día en que no está ante algún público, en México o en cualquier parte del mundo, contesta, finge ser su propia secretaria, si está indispuesto, o hace una cita. Pero ello no es garantía de verlo.

Estoy parado frente a su puerta negra con el buzón descomunal y es posible que nadie me abra o que no esté siquiera en el país. Adentro, sus ayudantes no sabrán más que el día en que ha quedado de volver. Sé de unos jóvenes que esperaron a Monsiváis en la calle durante una hora. Habían concertado ir por él para llevarlo a hablar sobre contracultura juvenil en el oriente de la ciudad. Pero no les abrió. Cuando creyó que los jóvenes se habían dado por vencidos, Monsiváis salió. Y fue atrapado. Sin más alternativa, se dejó llevar hasta el coche y, cuando se distrajeron, Monsiváis se echó a correr.

¿Por qué todo mundo quiere ver y escuchar a Carlos Monsiváis, tanto que él mismo tiene que escapar de citas simultáneas? Para el gran público —el que no lo lee— Monsiváis es el escritor por antonomasia. Es el nombre que brotó de la boca de una actriz de telenovelas cuando hace unos años fue presionada por la prensa para que dijera su libro favorito: “Los poemas de Carlos Monsiváis”, dijo. Y, aunque equivocó el género literario, atinó al autor. Hasta para ella no cabía duda: Monsiváis es un escritor. Para el público que lo escucha en entrevistas grabadas, en directo, o por teléfono —en su última visita a México el director de la editorial Anagrama se quejó así de la ausencia del escritor en la mesa en el Palacio de Bellas Artes: “México está en una crisis de abasto. Se han quedado sin clones de Monsiváis”—, en presentaciones de libros, conmemoraciones y hasta en aniversarios de escuelas públicas, Carlos Monsiváis es la voz autorizada, por solitaria, creíble y siempre ocurrente: sus dichos y textos casi siempre están envueltos en un humor seductor. La distancia, física o irónica, es un juego de seducción. Ante el acontencimiento cultural o la tragedia persistente siempre tendrá un aforismo profundo y desparpajado a la vez: “El subdesarrollo es no poder mirarse en el espejo por miedo a no reflejar”; “Entre nosotros y la moda se interponen los harapos”; “Hasta los más apartados rincones de México han acudido el PRI, la Coca-Cola, y la noción del complejo de Edipo”; “Somos tantos en la ciudad de México que el pensamiento más excéntrico es compartido por millones”; “Sólo una Revolución obra la saña de anticiparse al cine”; “He visto a las mejores mentes de mi generación destruidas por la falta de locura”, por citar, al azar, algunos.

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