Reportajes

Jorge Álvarez: Una de rock por las que van de letras

Revolucionó la industria editorial argentina en los setenta y la música en España en los ochenta.

La sala está en penumbra y él, parado en el centro de un círculo de sillas, sostiene el micrófono como si fuese a cantar.

—Hoy he escuchado tanto “Jorge Álvarez” que me siento abrumado.

Gira el cuerpo lentamente, abarcando con su mirada la ronda completa de invitados.

—…pero para que el acto de recordar sea sano: ¿no tendríamos que empezar de nuevo?

Afuera soplan los primeros vientos de otoño del 22 de marzo de 2012. En la ciudad de Buenos Aires, la sala de la Biblioteca Nacional está repleta de escritores, editores, críticos, músicos y periodistas que se reunieron para homenajear a este argentino de setenta y nueve años que, entre 1963 y 1969, con una editorial independiente llamada Jorge Álvarez, revolucionó la edición tal como se la conocía hasta entonces —entre otras cosas, fue pionero en pagar adelantos por obras aún no escritas—, publicó a autores todavía inéditos como Manuel Puig y Ricardo Piglia, fue el primero en reunir en libro la tira cómica de Mafalda, de Quino. Y con apenas trescientos títulos sentó las bases de una leyenda: la de su editorial como creadora del mapa del futuro literario de Argentina, la de su librería como epicentro del mundo cultural de los años sesenta, y la de ambas cosas como uno de los motores de lo que el semanario Primera Plana, dirigido por Tomás Eloy Martínez, en aquel tiempo bautizó “el boom del libro argentino”, basado en la existencia misma de la editorial de Jorge Álvarez, en las ventas fabulosas de la editorial Sudamericana —que publicaría Cien años de soledad de un novatísimo Gabriel García Márquez en 1967—, y en la fundación de las editoriales Eudeba y Centro Editor de América Latina, que en su Serie del Encuentro lanzada en 1966 publicó a cuarenta y tres autores argentinos.

Jorge Álvarez fue uno de los artífices de esos años en los que el libro se hizo fuerte en el país y comenzó a trascender sus fronteras. Pero hizo algo más: en 1968 fundó Mandioca, un sello discográfico que produjo los primeros trabajos de bandas y músicos como Vox Dei, Manal o Miguel Abuelo, próceres en embrión de lo que sería el rock nacional.

—Yo sólo he sido un facilitador para que se crearan cosas maravillosas —dice Álvarez frente al micrófono.

Los invitados aplauden, él agradece, las luces se encienden, los mozos sirven champagne. Es la inauguración de la muestra “Pidamos peras a Jorge Álvarez” que organizó la Biblioteca Nacional para recibirlo ahora que regresó al país después de treinta y cinco años. En la sala, las vitrinas guardan una selección de obras que son parte de la historia: Los oficios terrestres, de Rodolfo Walsh; La traición de Rita Hayworth, de Manuel Puig; La invasión, de Ricardo Piglia; Responso, de Juan José Saer, y algunos de los discos seminales de Mandioca. Álvarez camina rodeado de periodistas y una cámara que filma sus gestos teatrales, y dice que decidió volver para provocar un pequeño desastre en el mundillo cultural.

—Parecerá pedante, pero esta década necesita a alguien como yo.

Jorge Álvarez Mecano, int1b

* * *

Jorge Álvarez se fue de Argentina en 1976, al comenzar la dictadura militar que terminaría recién en 1983. De la leyenda que dejó tras de sí se habla tanto en estos días que las tres décadas y media parecen desvanecerse. El escritor Ricardo Piglia dice que Álvarez “no sólo publicó mi primer cuento sino que a los veinte años me ofreció un trabajo en su librería”. Nito Mestre dice que Sui Generis, el grupo que creó con Charly García a los diecinueve años, le debe a Álvarez ser un hito del rock a partir de Vida, el primer disco que Álvarez les grabó en 1972 en el sello Talent, que fundó para Microfón tras el cierre de Mandioca. Horacio González, el director de la Biblioteca Nacional, entra a la sala de reuniones y ofrece café.

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