Irma Pineda, poeta zapoteca de Juchitán, Oaxaca – Gatopardo
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Reportajes

Irma Pineda: la voz de Juchitán

Irma Pineda empezó su vida escuchando los poemas en español que le leía su padre y nutriéndose del idioma diidxazá que oía de su madre. Todo cambió el día en que el ejército irrumpió en Juchitán y se llevó a su padre para siempre. La poeta zapoteca es heredera de una tradición combativa, de protesta y de organización política y social; tanto su cultura como su militancia le han permitido hacerse de un lugar digno en el mundo. Hoy representa a los pueblos indígenas de América Latina y el Caribe ante la ONU.

Tiempo de lectura: 17 minutos

 

Dxi naa guca’ xcuidi / En los días de mi infancia
Nanadxiichepia’ ca biulú ca / tuve la certeza de que los colibríes
nabépe nadidi ruaaca’/ eran aves de boca larga
cadi tisi siualani que/ no sólo porque era largo su pico
tisi guirá ni rúnidu riní’ ca’. / sino porque todo contaban. 

Irma Pineda, “Dos es mi corazón”

Irma Pineda Santiago estaba a unos meses de cumplir cuatro años. Cuando no estaba alfabetizando, educando políticamente o asesorando a campesinos comuneros en su papel de promotor agrario, durante las tardes calurosas en Juchitán de Zaragoza, Oaxaca, su padre, el maestro de primaria y dirigente político Víctor Pineda Henestrosa —conocido por su apodo: el Biga (zurdo) Yodo— solía mecerse en una hamaca y colocar sobre su panza a su pequeña hija, mientras le leía en voz alta a los poetas españoles de la Generación del 27. La niña escuchaba la cadencia en su voz, hasta quedarse plácidamente dormida, mientras se familiarizaba con la rima y la musicalidad. Para ella, la poesía quedó asociada al amor y el cuidado paternos. 

Aunque era muy apegada a su papá, Irma recuerda que su madre, también maestra, Cándida Santiago Jiménez, así como sus abuelos por ambas líneas, le contaban muchas historias y leyendas sobre las raíces de la cultura binnizá (zapoteca). Al escuchar a sus abuelos y abuelas monolingües relatarle la historia del origen de su pueblo en diidxazá —“lengua de las nubes”, “palabra-nube”, en su variante de la planicie costera, en el Istmo de Tehuantepec—, la futura poeta aprendió su lengua y a ser fuerte: “Firme como las piedras, orgullosa como los árboles, aguerrida como el jaguar y el ocelote…”.

—No sé si así ocurre en todas las culturas, pero en la mía así fue: crecí con esas certezas. Eso ha ayudado a los zapotecas a salir y dar la cara al mundo, tal vez con menos temor y menos miedo.

Esa vida familiar, de la que también formaba parte un bebé de apenas un año —su hermano Héctor “Yodo” Pineda—, se vio interrumpida de manera abrupta y violenta el 11 de julio de 1978, cuando un comando del Ejército mexicano, en pleno centro de Juchitán, a plena luz del día y frente a múltiples testigos, bajó al Biga Yodo de su auto y se lo llevó por la fuerza a causa de su destacado papel en la Coalición Obrero, Campesino, Estudiantil del Istmo de Tehuantepec (COCEI), uno de los movimientos pacíficos de izquierda más activos de América Latina. Nunca más se volvió a saber nada de él. El nombre de Víctor Pineda Henestrosa forma parte de una larga lista de líderes políticos de oposición víctimas de la desaparición forzada en México. Las respuestas gubernamentales han sido inverosímiles o insatisfactorias; por eso, año con año, Irma se ha unido a su familia para encabezar numerosos mítines y manifestaciones en los que exigen justicia y la presentación con vida de Víctor Yodo. A pesar de las décadas transcurridas, el caso continúa abierto.

La repentina ausencia del padre resultó en un trauma tal que la niña dejó de hablar. Irma Pineda ni siquiera menciona el impedimento físico que sufrió aquellos años. Fue Na Cándida, su mamá, quien le relató el episodio a Francisco López Bárcenas, profesor e investigador en El Colegio de San Luis y asesor de diversas comunidades indígenas. “Estaban tan asustados por el mutismo de la niña que su mamá y su abuelo, Ta Toño, la llevaban a la ciudad de Oaxaca para que la atendiera un psiquiatra”. Su madre afirma consternada: “Ese silencio del que se habla en la infancia de Irma no fue algo metafórico”.

Cuando Irma cursaba la educación primaria y ya había aprendido a leer y escribir en español, optó por refugiarse en la lectura de los libros de los poetas españoles que luchaban contra el franquismo y cuyo contenido empezaba a comprender. 

—Y les encontré mucho sentido —explica la poeta zapoteca— porque me tocó nacer en el contexto de la lucha de la COCEI.

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