Rodolfo Walsh, defensor de las causas perdidas - Gatopardo
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Rodolfo Walsh, defensor de las causas perdidas

Activista desde la literatura y férreo contestatario de la dictadura en Argentina, enseñó a sus lectores a considerar la trama de lo imposible. A más de 40 años de su asesinato, seguimos dudando de lo razonable a través de sus libros.

En la narración de un crimen, más que en el entramado de presuntos culpables, el enigma está en las causas. Eso lo sabía bien el escritor y periodista argentino Rodolfo Walsh (Río Negro, Argentina 1927-1977), quien dedicó la mayor parte de su vida y obra a develar estas motivaciones, a través de la literatura policial y el periodismo de acción. 

El 5 de abril de 1937, tras una fuerte crisis económica en la familia, su padre lo llevó junto a uno de sus cuatro hermanos a la Capilla del Señor, un colegio irlandés para niños huérfanos y pobres. Cada noche, Walsh recibía de las monjas un plato de zinc con un repugnante montículo de sémola. Después de cien noches enfundado en su guardapolvo gris, Rodolfo pasó cinco días en huelga de hambre hasta recibir un caldo desabrido con una papa. Esa huelga fue el primer encuentro de Walsh con la protesta y su vínculo con los desgraciados y el poder. 

Su padre, que los visitaba esporádicamente en el colegio, les hablaba del River y de la política radical que profesaba. “La primera mala palabra que aprendí en casa fue uriburu”, dice una citada frase de Walsh. En esas visitas, Rodolfo aprendió a leer en los gestos de su padre los motivos que lo pusieron en ese colegio: el hambre y el desempleo. Sin embargo, su destino cambió. Entre 1938 y 1940 Walsh se mudó al Instituto Fahy de Moreno, un colegio de curas irlandeses. Esos años viviendo entre los polos de las promesas eclesiásticas y la realidad argentina, lo llevaron a llenar sus libretas de anotaciones, y en 1964 a comenzar su serie de cuentos sobre los irlandeses, relatos con grandes pronunciamientos políticos.

Tiempo después, a los 17 años, Walsh comenzó a trabajar en la editorial Hachette, donde fungía como corrector de pruebas de imprenta, antologador y traductor. En 1950, decidió entrar a un concurso de cuento organizado por la revista Vea y Lea y la editorial Emecé, con un relato policial llamado “Las tres noches de Isaías Bloom”, escrito bajo el pseudónimo de Simbad. Un jurado, compuesto por Jorge Luis Borges, Adolfo Bioy Casares y Leónidas Barletta, le otorgó la mención honorífica. A partir de 1951 comenzó a publicar con mayor frecuencia relatos policiales en las revistas Leoplán, Panorama y Vea y Lea. Ambos trabajos ejercitaron en Rodolfo Walsh algo fundamental para su escritura en el futuro: la sospecha. Así, el autor –como su personaje Daniel Hernández– empezó a desarrollar su capacidad detectivesca gracias a su trabajo diario de minuciosa observación y lectura. Siendo un corrector hábil, aprendió a leer de la forma más aguda: con suspicacia y malicia. 

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