Quietud de la metamorfosis - Gatopardo
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Quietud de la metamorfosis

Su nombre era un secreto a voces entre los colombianos aficionados a la literatura, pero desde que la editorial española Alfaguara lo publicó en 2011, Tomás González ha ganado una fama repentina alrededor del mundo.

Tiempo de lectura: 24 minutos

Tomás González vive en una casa de techo rojo de zinc y paredes blancas, entre cafetales y nísperos, cerca de un río que baja torrentoso. Para llegar a su casa —rodeada de follaje y de la niebla andina— hay que viajar en auto desde Cachipay, un pueblo a tres horas de Bogotá, Colombia, penetrar en la montaña, pasar un puente, caminar cuesta arriba, atravesar una portada de madera y llegar al mirador. Hay allí una mesa larga, un par de sillas, un cenicero con un cigarrillo a medio fumar, una hamaca, helechos, enredaderas que se entreveran en los pilares de tronco grueso.

Ahora, González está en la cocina. Amparo, su pareja, está en su cuarto. Aquí, en la terraza, él suele sentarse a ver el follaje. En la casa hay tres gatos —Silvestre, Pacho, Úrsula—, una lora —Violeta— y una perra: Sombra. Cuando nadie habla, hablan los perros, el río, los plátanos que se mecen, el silencio de las montañas. Tomás González —de barba entrecana, párpados pesados, cara grave— trae dos cafés. Se sienta y acaricia a la lora, que inclina la cabeza.

Dice, mientras conversa, que han criticado su literatura. Dice que por provinciana.
—Yo soy de pueblo. Mientras más miedo les tienen a los montañeros, más montañeros son.

Se levanta de su silla y se acerca a Violeta, la lora.
—Sí, sí, sirí, sí. Cuando van en bandada —dice sin mirar, tocando el lomo de la lora— se acicalan entre ellas. Ésta está triste, sola.

Arruga el ceño, frunce los labios. Mira al suelo, o a la mesa, o a la nada. O no mira, piensa. O no piensa, mira. Lleva las tazas a la cocina. Al rato se asoma y dice:
—Vamos a salir a caminar. ¿Se anima?

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