Ritmos para el paraíso: Migrantes africanos en España

Ritmos para el paraíso

Los migrantes llegados a España desde el África Subsahariana ofrecen una mirada a la cultura europea en contraste con las memorias de su tierra.

“El hombre blanco ha gozado durante siglos del privilegio de ver sin que lo vieran”, escribía Jean Paul Sartre en 1948. Más de medio siglo después, el primer mundo posa sus ojos en los migrantes del Sur para explicar los males de la globalización. En el reportaje novelado Ritmos para el Paraíso, personas llegadas del África Subsahariana a la ciudad de Barcelona ofrecen su mirada sobre la cultura europea que habitan desde hace años y responden con las memorias de su tierra natal algunas preguntas que se esconden debajo de muros, vallas y leyes antimigratorias. Este capítulo es un fragmento del reportaje publicado por la Editorial Base en el libro “Ritmos para el paraíso y otros relatos de periodismo literario” en noviembre de 2016. 

Hay un ár-bol gran-de ahí
Nos sentamos en unas rocas, en la playa de la Mar Bella. Souleymane se acomoda de cara hacia el Mediterráneo y hunde las manos en los bolsillos de su chaqueta impermeable, que parece recién salida de la tienda. Tras unos pocos minutos de conversación, saca su mano derecha del bolsillo, se inclina hacia la arena y dibuja allí un rectángulo. Después le traza dos líneas horizontales y dos líneas verticales, dividiendo la figura en seis partes, y clava su dedo índice justo en la intersección que acaba de formarse entre la línea horizontal inferior y la línea vertical izquierda.

—Hay un ár-bol gran-de ahí —me dice—. Bueno, en los pueblos tenemos un ár-bol muy gran-de, así, sabes que en Senegal hace mucho calor ahí. Come-mos en la sombra, estamos en la sombra para tomar el té juntos, toda la fa-milia. Bueno, no solamente la fa-milia: todos los vecinos, entre todos.

Mientras habla, Souleymane mantiene la estructura rígida de sus hombros robustos que, junto a la pequeñez de su rostro asomando por encima, dibujan una percha perfecta para su chaqueta. Para cubrirse del invierno la lleva cerrada hasta el cuello, donde el negro brillante de la tela da paso al negro opaco de su piel y, más arriba, al negro profundo que se condensa en su capucha de rulos pequeños y amuchados.

—Aquí, por ejemplo, si no estás invitado me pa-rece que no se puede ir, pero ahí no. Cuan-do llega la hora de comer, así, todos come-mos. Puede pasar una persona y le llama-mos: ¡Amigo! Ven, ven, ven a comer —dice elevando el tono de voz y haciendo un movimiento con la mano, como si el desconocido estuviera aquí, a unos metros de nosotros, a cuatro mil kilómetros del árbol.

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