Dejamos aquí. El laberinto en el diván – Gatopardo

Dejamos aquí

El laberinto en el diván. La voz de los pacientes que no suele escucharse. El escritor y periodista mexicano, Guillermo Osorno, hace una aproximación al psicoanálisis lacaniano a partir de sus vivencias personales.

Tiempo de lectura: 11 minutos

 

 

 

Permítanme contarles la historia de mis intentos y fracasos por psicoanalizarme. Diré que el primero de mis analistas era un hombre barbado, que tenía incluso cierto parecido con Sigmund Freud. Recibía en un consultorio en una colonia elegante a las afueras de la ciudad y cada viaje hasta allá era una proeza, pero yo iba dos o tres veces por semana, dependiendo de la urgencia. “Barragán” lo llamaré, en honor a la colonia Doctores, donde vivo. A veces llegaba a su consultorio y la sesión anterior no había terminado; podía escuchar el relato del otro paciente ensimismado. Trataba de no prestar atención, por pudor, pero también por la creencia extraña de que su discurso podía contaminar mis rumiaciones, el miedo a que la sesión no se tratara de mí sino de lo que había oído; en fin, era una de las miles de cosas insignificantes que me preocupaban. 

Un dato importante es que era análisis lacaniano. Yo no sabía nada de teoría psicoanalítica. Mi fantasía sobre los lacanianos era que hacían un turboanálisis, algo mejor, digamos, que los freudianos; algo más intelectual, propio de mis aspiraciones de escritor que entonces estaban en juego. Eso era su marca: un espejismo que se deriva de la propia figura de su fundador, Jacques Lacan, y del círculo intelectual al que pertenecía. 

Tenía veintitantos años y detestaba ser funcionario público. Viví tres años en el extranjero, primero por trabajo y luego, como estudiante de maestría. A veces viajaba a México sólo para tener una sesión de análisis y aprovechaba para hacer otras cosas, nunca al revés. Fui haciéndome viejo en el diván de Barragán. Mi encuentro con el periodismo me acercó al oficio de escritor y comencé a tener trabajos más interesantes. Fundé una empresa editorial y allí estaba él; la empresa creció y yo seguía con Barragán, como algo que uno hace ya por costumbre, un ruido blanco que enmascara otros sonidos indeseables. Pasaron más o menos veinte años. ¡Veinte años! Pero un día, no me acuerdo muy bien por qué, dejé ese análisis, me liberé de la servidumbre de ir dos veces por semana a un consultorio, con la misma infelicidad a cuestas, pero con signos externos de éxito. Tal vez estaba fatigado del sonido de mis propios problemas: quedé neurótico como siempre. Fuera del análisis, terminé de escribir un libro. De alguna manera, me había convertido en escritor.

A mi segunda analista la llamaremos “Lavista”. También es de la escuela lacaniana. Me la recomendó un amigo psiconalista con quien había cursado la preparatoria y mantenido una relación estrecha en los años universitarios. El consultorio de Lavista estaba en un edificio localizado en una colonia céntrica de la ciudad. La puerta de la entrada se abría a un vestíbulo donde estaba el ascensor que me escupía a otro lleno de puertas, donde debía tocar un nuevo timbre. Lavista abría la puerta y me daba la mano con una sonrisa. Siempre me maravilló esta coreografía de timbres y puertas. Entraba a un espacio amplio y pulcro; ella me conducía hacia un estudio al fondo a la derecha, ahí estaban el sillón donde se sentaba y el diván. Una vez que me acostaba, miraba un grabado que colgaba del muro, una figura indeterminada como si fuera una mancha en una prueba de Rorschach en la que uno proyecta sus ansiedades.

Había regresado al psicoanálisis luego de una decepción amorosa, con la misma sensación vaga de que, a pesar de que las cosas no iban mal, tampoco estaban bien. Luego de publicar el libro, decidí renunciar a la editorial que había fundado. Estaba cansado de la mala administración del negocio, que caía fuera de mis manos. También pensé que había tenido mi cuota de editor. Pasaba demasiadas horas preocupado por los textos ajenos y me daban ganas de dedicarme a los míos. Pero en lugar de seguir escribiendo, en vez de cumplir con los contratos que firmé con la editorial para entregar dos libros más, fundé otro emprendimiento y me entregué a un nuevo laberinto administrativo de abogados, accionistas, asambleas, consejos de administración, balance de resultados, al que había que agregarle algunas labores de revisión de textos. Otra vez, desde afuera, la cosa tal vez no se veía mal. El nuevo sitio editorial le daba voz a un grupo nuevo y radical de escritores y periodistas, además de que tenía un modelo de negocios lindo, con un foro para animar discusiones públicas, salones de clase y un café. Pero las crecientes responsabilidades comenzaron a cobrarme su cuota. Empecé a beber mucho, a tomar decisiones de negocios cada vez más irresponsables y arriesgadas.

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