Entre la vida y la muerte

David Lida
Ilustraciones de Charles Glaubitz

¿Qué ha pasado con la pena de muerte en Estados Unidos desde que Trump fue elegido presidente?

El único crimen para el cual es aplicable la pena de muerte en Estados Unidos es el homicidio. Durante once años, el escritor David Lida ha trabajado como mitigation specialist en más de 20 de estos casos. Ha investigado la vida de acusados mexicanos, centroamericanos y árabes. Su trabajo consiste en encontrar las circunstancias atenuantes que pueden salvar a alguno de ellos de recibir la pena capital. En este ensayo recuerda su experiencia y se pregunta qué pasará durante lo que queda de la administración Trump. Para Lida, en estos casos pesan más las razones económicas que las políticas.

Era un viernes, alrededor de las 8:30 de la noche, hace diez años. Los primeros invitados de la reunión que organicé ya habían llegado cuando el teléfono sonó. La llamada era de un investigador, asistente de una abogada con quien estuve trabajando. Me avisaba que Juan, nuestro cliente —un mexicano indocumentado, acusado de asesinato en Texas—, no iba a morir. Ese día, el jurado le había dado una sentencia de cadena perpetua. Y no, como yo esperaba, la pena de muerte.

Fue una sensación extraña. Los invitados que llegaban, los que iban a llegar, toda la fiesta —quizás toda la vida más allá de ese veredicto— perdió su sentido después de la llamada. Sonreí y platiqué con los amigos, pero ya nada me importaba tanto, por primera vez había ayudado a salvarle la vida a alguien. Sentí que, por fin, había logrado algo. 

Cabe anotar que en ese momento ya no era joven: tenía más de cuarenta años. Mi vida, hasta entonces, había sido bastante ajetreada, con sus sucesos y logros. A los treinta años me mudé de Nueva York, mi ciudad natal, a Ciudad de México. Había publicado tres libros y un sinfín de notas periodísticas, en dos idiomas y varios países. Estuve casado durante diez años, y además tuve otras relaciones con distintas mujeres. Pero repentinamente nada de eso pareció importante.

El caso, por decir lo menos, no tuvo un inicio prometedor. Además de ser indocumentado en Estados Unidos, Juan tenía antecedentes penales, principalmente por posesión de marihuana. Las autoridades migratorias lo habían detenido siete años atrás y lo deportaron a México. En esa nueva ocasión le imputaron cargos por “indecencia con una menor de edad”: el tenía 19 y la chica, 12. Sin embargo, Juan volvió a cruzar la frontera. 

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