Rótulos contra viento (digitalización, autoritarismo) y marea - Gatopardo

Rótulos contra viento (digitalización, autoritarismo) y marea

Esta es la historia de tres exponentes de la gráfica popular, un viejo oficio que se resiste a ser un episodio del pasado de la Ciudad de México.

Tiempo de lectura: 9 minutos

“Un día despertamos y los rótulos ya no estaban”. Esta afirmación distópica la hicimos hace algunas semanas, cuando notamos que la administración actual de la alcaldía Cuauhtémoc, en la Ciudad de México, había arrasado con la gráfica popular de puestos de comida y servicios de la vía pública, mercados y hasta carritos de tamales, para imponer superficies blancas y el logo espantoso de la demarcación, color gris. Una pesadilla estética y autoritaria. 

Los rótulos son anuncios pintados a mano que comunican cuál es el giro de los negocios e invitan a la potencial clientela a consumir ahí. Es publicidad artesanal que, a diferencia de los anuncios y diseños de las corporaciones, no pasa por los filtros de la academia ni del marketing. Es directo: ¿vendes tortas? Dibujemos una apetitosa telera rellena de jamón y queso. ¿Y cómo diferenciarte de los otros puestos? Con un nombre: Tortas El Paisa III. De esa ejecución se encargan los rotulistas, expertos en letras y dibujos llamativos y duraderos. 

La ocurrencia de acabar con ellos se sumó a una serie de amenazas y procesos que han ido reduciendo la cantidad de rótulos y desplazándolos hacia las periferias: intentos gubernamentales de prohibirlos con pretexto de “embellecimiento” y “limpieza”, precarización del oficio, persecución policial y la creciente oferta de impresiones digitales sobre lonas de plástico o vinil, que son más baratas, aunque duren menos. Paradójicamente, el escándalo ha servido para visibilizar este tipo de trabajos y para que más personas los valoren y los busquen. El reto, sin embargo, es la continuidad del oficio. Lo dimos por sentado demasiados años y ahora está en peligro de extinción. 

 

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En los años ochenta, salir de la escuela en una tarde calurosa significaba pasar por una nieve en el camino a casa. Antes que las papilas gustativas, los ojos eran los que recibían el premio. Porque las paleterías estaban retacadas de rótulos brillantísimos, con letras metálicas con las que daba gusto poner en práctica lo aprendido en la clase de español. Se antojaba lamer esas palabras: limón, fresa, tamarindo, grosella. 

Gran parte de esa alegría visual se la debemos a Melquiades García, un maestro rotulista. Trabaja despacito a sus 73 años, cariñosamente, con sus manos hábiles, aunque desgastadas. “Ya no tengo huellas digitales, luego voy al banco y ya no sirven, ¡se borran por los solventes!”, dice con una sonrisa que se contagia a pesar del cubrebocas. Originario de Michoacán, llegó a la Ciudad de México a los doce años y se quedó pasmado con los anuncios espectaculares. El que más recuerda es el de la Coca-Cola que adornaba la fachada norte del Edificio Ermita, en Tacubaya, esos 140 m2 de juegos y cambios de luces lo hipnotizaron. Aún no sabía cómo, pero quería emular ese resplandor, aunque fuera en chiquito. 

Rótulos contra viento (digitalización, autoritarismo) y marea

Taquería con un rótulo hecho por el maestro Melquiades García, en el centro de la Ciudad de México.

Años después empezó a notar cierto tipo de rótulo que adornaba el interior de los negocios citadinos. Eran letras brillantes y geométricas sobre fondos de color sólido, con un efecto tridimensional. Le parecían hermosos, aunque perfectibles. “Eran un poquito burdos. Dije: ‘Yo creo que los puedo hacer mejor’”, recuerda. Sin ninguna guía, por pura intuición, se lanzó a comprar papel de estaño, vidrios, esmalte, pegamento. De forma autodidacta, a puro ensayo y error, se puso a imitar aquellos cuadros, hasta que le quedaron tan hermosos como los que había visto. O más. Melquiades lo hizo tan, pero tan bien que la cadena de paleterías La Michoacana lo contrató para decorar sus tiendas de todo el país. 

Esta técnica es la versión económica de la rotulación con hoja de oro sobre cristal, muy popular en Inglaterra en el siglo XIX y que llegó al país con el porfiriato. Acá se empezó a usar el papel de estaño, el mismo con el que se envuelven los chocolates, para que saliera más barato. Fue muy común entre los años cincuenta y ochenta, pero con la llegada de la impresión digital, en los noventa, la demanda decayó. Melquiades cambió de giro y, después de haber visitado tantas paleterías y heladerías y aprendido como por ósmosis, le entró a ese negocio. Cambió el papel metalizado por pulpa de fruta, el barniz por azúcar, el pincel por el funderelele. 

Mientras Melquiades servía aguas frescas y helados triples, la ciudad se “modernizaba” y los anuncios de estaño desaparecían poco a poco. Algunas personas se preguntaban adónde se habían ido aquellos rótulos y, lo más importante, cuál era su origen. Una de ellas fue la investigadora y editora Marie-Aimée de Montalembert, autora de Miscelánea. Guía del comercio popular y tradicional del Centro Histórico de la Ciudad de México (Ediciones El Viso, 2013). Después de tanto recorrer las calles chilangas para la investigación de su libro y de notar la escasez de letreros artesanales, estuvo indagando hasta dar con el autor. Ella fue la primera persona que lo contactó para encargarle un rótulo, ya no para publicidad, sino como objeto artístico: una versión en estaño de la portada de su libro, en la que aparece Quetzalcóatl entrelazado con las líneas del metro capitalino. De ahí se empezó a correr la voz entre mexicanos y extranjeros, que le han encargado obra para llevársela a otros países. Melquiades colaboró también con el estudio de arte y diseño TodoBien, de Brenda Rodríguez y Óscar Reyes. De manera conjunta hicieron la portada del álbum Disco popular, de Instituto Mexicano del Sonido, y la serie Cuadros exquisitos, con frases mexicanas escritas a todo fulgor. 

Ahora la clientela le llega por Instagram (@rotulacion_artesanal). Dice que extraña “andar de vaguito”, pero ya le cuesta estar parado mucho tiempo, así que está a gusto trabajando en el taller que tiene en su casa. Le encanta hacer rótulos para restaurantes porque ama la publicidad y sabe que de la vista nace el amor, pero también lo hace sentir muy feliz que le hayan encargado cuadros para adornar cuartos de bebés recién nacidos. Esos bebés, cuando sus ojitos puedan enfocar, quizá se maravillen con las brillantes obras de Melquiades, igual que él se fascinó con los anuncios luminosos de los sesenta. 

Barbería con un rótulo hecho por Alina Kiliwa, en Nezahualcóyotl, Estado de México.

Barbería con un rótulo hecho por Alina Kiliwa, en Nezahualcóyotl, Estado de México.

 

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La calle de República de Perú, en la Lagunilla, alguna vez fue constelación de rotulistas. En un tramo de dos cuadras llegó a haber hasta once talleres, cada uno con varios maestros, estilos, técnicas y especialidades: letreros, dibujos y hasta retratos sobre manta, terciopelo, metal o cristal. Así recuerda su juventud Martín Hernández, que creció entre pinturas y pinceles. Aprendió el oficio de su papá, Eduardo Cerón, y de otros artistas que, en tiempos de bonanza, se rolaban clientes y conocimientos. Hoy Martín es dueño del único taller que sobrevive de la zona. Un taller que, por cierto, lleva clausurado algunos meses por la misma alcaldía que se ha empeñado en borrar cientos de rótulos artesanales. 

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