La película Dune: la nueva jaula de las franquicias del cine

Dune: la nueva jaula de las franquicias

Este fin de semana se estrena lo nuevo de Denis Villeneuve, Dune, una película que termina siendo predecible, aséptica: el producto de un estudio obsesionado con mimar a la audiencia para venderle más boletos. Quizá sea pronto para saberlo, pero es oportuno temer que Hollywood recluya a su mejor cineasta en la jaula de las franquicias.

Es difícil definir la autoría cinematográfica. Durante los años cincuenta, los críticos de Cahiers du cinéma sentenciaron que los directores eran tan autónomos como los novelistas, ignorando que muchas veces obedecían a las necesidades comerciales de los productores, o que a menudo los guionistas y los editores ayudaban a definir los estilos de las películas. Sin embargo es verdad que la colaboración no diluye la perspectiva, y que muchísimos cineastas, de Méliès a Schanelec, poseen, al menos, la mayoría de sus imágenes.

Una película de Bong Joon-ho nunca va a hablar bien del capitalismo, y una de Almodóvar jamás va a celebrar el franquismo porque ambos, autores innegables, emplean el cine como un medio de expresión formal y filosófica, a veces variable, pero nunca contradictorio. En cambio, se me dificulta asumir como autores a formalistas que a lo largo de sus carreras sostienen una coherencia estilística pero evitan explorar sus preocupaciones, como si trabajaran solamente por encargo.

Denis Villeneuve representa esto último, aunque no siempre fue así. Sus primeros largometrajes son el producto de un cineasta desquiciado y provocador que, en Maelström (2000), por ejemplo, nos enseñó cómo un pez horroroso contaba una historia de amor salpicada de aborto, homicidio y destino. Antes de esa película realizó Un 32 août sur terre (1998), protagonizada por una modelo que, después de un accidente, decide embarazarse de su mejor amigo en un planeta Tierra donde las fechas llegan no sólo al 32 sino hasta el 38 de agosto. Los largos meses, por alguna razón, no trastocan la trama. A pesar de sus deficiencias, estos primeros pasos del director quebequés son igualmente excéntricos y revelan un interés por el destino, palpable en choques automovilísticos y en los afectos inesperados que provocan. El montaje caótico apenas le da claridad a las tramas, pero por torpes que sean, las películas muestran una convicción revoltosa y original.

A partir de Polytechnique (2008), una película de encargo, se notó una diferencia: Villeneuve comenzó a narrar de manera más convencional y a abandonar los guiones originales. Quizá debido al éxito posterior de Incendies (2010), un melodrama complejo sobre exiliados árabes en Canadá, el director empezó a escoger guiones laberínticos de distintos géneros —sobre todo crimen y ciencia ficción—, capturados por la cámara con una rigidez peculiar, abundante en claroscuros y planos prolongados que apaciguaran los giros de tuerca. Sólo Enemy (2013), basada en El hombre duplicado, de José Saramago, evoca los primeros trabajos de Villeneuve, aunque eso no demerita sus otras películas. Por ejemplo, Arrival (2016) y Blade Runner 2049 (2017) me parecen especímenes notables de la ciencia ficción hollywoodense actual, aunque ni por compartir el mismo género llevan tatuada una perspectiva uniforme. Puedo extender la misma observación a todo el periodo hollywoodense de Villeneuve, que empezó con Prisoners (2013) y que quizá no acabe nunca.

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