Yásnaya Elena A. Gil: Una Mesoamérica futura – Gatopardo

Una Mesoamérica distópica

Imaginar un mundo sin capitalismo, colonialismo ni patriarcado. Un ejercicio así parece ir contra la noción misma de Mesoamérica, porque cualquier universo por construirse en el futuro está secuestrado por los mismos sistemas que nos oprimen en el presente.

El futuro como espacio

El tiempo es un concepto tan abstracto que, para poder refe­rirnos a él, necesitamos utilizar metáforas de espacio. Yo no sé lo que es el tiempo si no lo pienso en términos de una línea —la línea del tiempo—, el transcurso de las manecillas del reloj del campanario, el calendario, las casillas que recorren mi agenda. Durante una época, estuve obsesionada tratando de averiguar cómo se dibujaba el transcurrir de un año en la mente de las personas. En el dibujo imaginario que cargo en la mente, el año es un polígono irregular de cuatro lados: diciembre y enero forman uno de los lados; febrero, marzo, abril, mayo y junio constituyen el lado derecho; julio y agosto conforman la base del polígono, mientras que septiembre, octubre y noviembre cierran la figura del lado izquierdo.

A través de las lenguas del mundo, queda claro que necesitamos metáforas de espacio para dar cuenta del tiempo. La propia conjugación del español transparenta la manera en la que nos movemos por un espacio determinado cuando utilizamos el verbo “ir” en la formación del tiempo futuro: vamos a leer un libro, iré a un concierto, vas a trabajar mañana. El futuro es un universo que se crea a partir de un acto de enunciación, todo aquello que sucederá una vez que se enuncia. Si un hecho sucede el último día de enero de 1945, el futuro incluye todo lo sucedido en adelante; pero si sucede el último día de enero de 2019, a ese futuro se le cercenan las décadas que el de 1945 sí incluye. Así que podemos decir que el futuro está siendo fagocitado imparablemente por esa boca llamada presente que la digiere y entrega en forma de pasado.

Mientras que en lenguas como el español, las metáforas del tiempo privilegian la imagen de una línea horizontal en donde el futuro está por delante y el pasado quedó atrás, en lenguas como el aimará, que se habla actualmente en Bolivia, Perú, Argentina y Chile, las metáforas utilizan la idea de una línea horizontal, pero el futuro queda atrás, a nuestras espaldas porque, al no ser cognoscible, es imposible mirarlo; el pasado se coloca, en cambio, por delante, porque ya lo experimentamos y, por lo tanto, es conocido y escudriñable a la vista. Otras lenguas, como el mixe, mi lengua materna, que se habla en el estado de Oaxaca, al sur de México, utilizan también una metáfora lineal, solo que ésta se coloca en posición vertical y el futuro nos va cayendo, atravesando el cuerpo y bañándonos de tiempo: menp këtäkp. Las meras posibilidades que nos ofrecen la lengua o lenguas que azarosamente hablamos nos proveen de las metáforas iniciales para hablar del futuro.

Pero estas narraciones complejas se constituyen desde distintos lugares de enunciación que crean un universo de entramados narrativos en disputa. El futuro, ese espacio vasto con posibilidades infinitas, se va plegando a la rigidez de los hechos mientras van sucediendo. Y en lo que sucede, es un territorio donde diversas narrativas tienen lugar y la potencia de unas voces narradoras puede ahogar el porvenir de otras.

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