El dramaturgo que no sabía hacer otra cosa
Recordamos la vida y obra del estadounidense Edward Albee, a 91 años de su nacimiento.
marzo 12, 2019

En cierta ocasión, el dramaturgo estadounidense Edward Albee dijo que, “probablemente no sabía cómo ser un hijo”, dada la poca sensibilidad de sus padres adoptivos, la socialité Frances Cotter y el reconocido heredero Redd A. Albee, de quienes escapó a los 18 años.

Tampoco se sentía cómodo al ser considerado un emblema de la comunidad LGBTIQ, a la que no sólo pertenecía desde los doce años, también había representado en algunas de sus obras. Incluso en algún momento pensó que había fracasado en lo único para lo que consideraba que era bueno: la dramaturgia.

Gracias a su abolengo, Albee, nacido como Edward Franklin Albee el 12 de marzo de 1928, tuvo acceso a las mejores escuelas del país. Estudió en la Secundaria Clinton y la Escuela Lawrenceville, de donde fue expulsado. Asistió también a la Academia Militar Valley Forge y la Escuela Choate. Sin embargo, su expulsión del Colegio Trinity en Connecticut y su abrupta salida de casa de sus padres lo obligaron a iniciar otra vida, una sin tantos privilegios, pero más satisfacciones.

A fines de los años cincuenta, Albee se mudó a Nueva York para trabajar en una pasión que había descubierto recientemente: la dramaturgia. Para mantenerse, mientras escribía los borradores de las que serían sus primeras obras de teatro, el joven trabajó como mensajero para Western Union, recorriendo las calles de la Gran Manzana mientras diversas ideas retóricas sobre su sociedad llegaban a su cabeza.

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Edward Albee en su juventud – Fotografía: Wikimedia

En 1958, tras tres semanas de escritura, el ahora dramaturgo terminó su primera obra El cuento del Zoo, en la que proponía el encuentro entre un hombre de clase media y un atolondrado hombre, en una banca de Central Park. La pieza, representada por primera vez en Alemania en 1959, fue considerada una de las grandes obras de la década de los cincuenta. Un año después de su primer montaje, El cuento del Zoo estrenó en Nueva York, desatando una especie de fascinación alrededor del nuevo escritor, quien además había conquistado el premio Vernon Rice del Drama Desk de NY.

Su fama como una nueva voz en la tradición del gran teatro estadounidense continuó durante los primeros años de los sesenta, donde trabajó textos como La muerte de Bessie Smith, de 1960, y El sueño americano, de 1961. Sin embargo, ningún trabajo sería tan importante como el que presentó en 1962: ¿Quién teme a Virginia Woolf?

En la obra, estrenada el 13 de octubre de 1962 con Uta Hagen, Arthur Hill, Melinda Dillon y George Grizzard en los roles principales, Albee relataba una explosiva cena entre un matrimonio maduro y una pareja de jóvenes recién casados, en donde los reproches, odios y verdades ocultas salían como balas de una metralleta. Con semejante texto, el dramaturgo se consagró como uno de los mejores escritores teatrales de los Estados Unidos, además de que recibió el Tony a la Mejor Obra, el Premio del Círculo del Críticos Teatrales de Nueva York y fue candidato al Pulitzer, premio que no obtuvo dado a la negativa de la Universidad de Columbia de reconocer a una obra que usaba malas palabras y abordaba temas sexuales.

Una versión cinematográfica de la obra de Albee llegaría a las salas de cine en 1966, impulsando aún más el valor del trabajo del dramaturgo. La cinta, protagonizada por Elizabeth Taylor, Richard Burton, George Segal y Sandy Dennis, fue nominada a 13 premios Óscar y reconocida con 5, incluyendo Mejor Actriz para Elizabeth Taylor. Sin embargo, la película no fue del agrado de Albee, quien carismáticamente decía que él “había escrito una obra a colores, no en blanco y negro”, haciendo referencia a la fotografía primaria de la cinta de Mike Nichols.

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Elizabeth Taylor en una escena de ¿Quién teme a Virginia Woolf? – Fotografía: Warner Bros. Pictures

Los siguientes años fueron irregulares para el dramaturgo. En 1967 ganó finalmente el Pulitzer por la obra A Delicate Balance; en 1975 volvió a recibir tal premio por su obra Seascape y en 1976 regresó a los premios Tony para competir por el premio a Mejor Director en una reposición de su famosa obra Who’s Afraid of Virginia Woolf? Aún así, Albee comenzó a pensar que había perdido el toque que lo había puesto hombro a hombro con figuras de la talla de Arthur Miller y Tennesse Williams.

Durante las décadas de los setenta y ochenta, estrenó once obras —incluyendo una adaptación a la novela Lolita, de Vladimir Nabokov— algunas de ellas con muy poco éxito. Poco después, una idea comenzó a rondar la cabeza de Albee, quizá no era tan buen dramaturgo como lo había pensado. Dicha premisa se evaporó rápidamente en 1991, cuando estrenó la obra Tres mujeres altas, en la que retrataba las relaciones personales de tres mujeres, sin nombre y de diferente edad, ubicadas en un mismo espacio. La pieza, que confrontaba a sus personajes con las distintas teorías de la vida femenina, le valió al autor el Pulitzer y más de una decena de reconocimientos.

La fortuna de Albee se extendería a lo largo de sus últimos años de vida de diferentes formas. En 2002 ganó el Drama Desk y el Tony a la mejor obra por La cabra o ¿quién es Sylvia? en la que mostraba la espiral de infortunios que vivía un exitoso arquitecto después de confesar que estaba enamorado de una cabra.

Previo a su muerte, el 16 de septiembre de 2016, Edward Albee encontró otro espacio donde se sentía cómodo, donde podía ser bueno, donde podía dejar algo más que sus textos para las futuras generaciones: fue maestro de dramaturgia en la Universidad de Houston. Ahí el dramaturgo que creyó que sólo servía para eso, se convirtió en algo más. Se volvió un guía, mucho más de lo que decía ser.

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Edward Albee – Fotografía: Wikimedia

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Uno de sus alumnos más cercanos durante esos cursos de dramaturgia fue el actor, director y adaptador mexicano Victor Weinstock, quien ha sido responsable del montaje de textos como Tres mujeres altas, La cabra o ¿quién es Sylvia?, ¿Quién teme a Virginia Woolf? y En Casa, en el Zoo, obra que mezclaba en dos actos el último y el primer texto de Albee.

En entrevista con Gatopardo, Weinstock recordó su época de trabajo bajo el cobijo del dramaturgo, a quien llamó en 2015 un segundo padre, y habló sobre las obras de Albee que podrían encontrar un nuevo público y sentido en estos momentos.

“Yo creo que en México nos hace falta conocer más sus otros dos Pulitzer, Marina (Seascape), que nunca se ha montado, sobre una pareja de viejos que se topan con una pareja de lagartos que han salido a evolucionar; y Delicado equilibrio (A Delicate Balance), que hace un par de décadas se montó. Y también La obra del bebé (The Play About the Baby), que toma la anécdota de ¿Quién teme a Virginia Woolf? y la descarna, la deja en los huesos y pasa de una forma mucho más dura y abstracta. Tiene una dualidad y delicado equilibrio en el absurdo. En La obra del Bebé, Albee se regresa a sus orígenes absurdos y busca descubrir qué es verdad y qué es mentira”, señala Weinstock. “Esa también me parece fundamental para entender su estructura y su obra”, sentencia.

 

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