Reportajes

Juan Manuel Santos, la vía del elegido

¿Cómo llegó el presidente Juan Manuel Santos, uno de los favoritos de la élite colombiana, a ganar el Premio Nobel por negociar la paz con las FARC?

El poder es una cuestión de segundos. Faltan menos de diez minutos para que sean las ocho de la mañana y la neblina todavía cubre gran parte de la pista de despegue de la base militar CATAM. Se perciben los rezagos de una gélida madrugada en Bogotá: una fina capa de escarcha cubre las ventanas y el piso. Marzo de 2016 ha sido un mes con cambios climáticos abruptos y ha llovido poco. El país sufre una sequía inquietante. La escasez de agua tiene a Colombia al borde de una crisis energética y, por su cuenta, el gobierno de Juan Manuel Santos enfrenta uno de sus peores momentos.

Un grupo de cuarenta personas esperamos sentados en el FAC 0001, un Boeing 737 que sirve como avión presidencial desde 2005. Entre los tripulantes de la cabina están algunos asesores de Presidencia, periodistas, viceministros, agentes de seguridad, comandantes del ejército y varios ministros. Alcanzo a ver a Mauricio Cárdenas, de Hacienda, a Juan Fernando Cristo, de Interior y a Luis Felipe Henao, de Vivienda. También está María Lorena Gutiérrez, ministra de la Presidencia y una de las colaboradoras más cercanas de Santos (pocos meses después dejará esa posición en medio de una tormenta política). Aguardamos la llegada del Presidente para volar hacia Cartagena de Indias: es el único pasajero que falta. El ambiente es tenso pues debe estar a las diez de la mañana en el Congreso Nacional de Municipios, un encuentro que reúne, una vez al año, a los alcaldes de los 1,122 municipios de Colombia. Este año, la reunión es vital pues el Presidente debe contar con todo el apoyo posible en las regiones. Pero el retraso implica que la comitiva presidencial llegará tarde al encuentro. Durante las diferentes ocasiones en las que me he encontrado con Santos en los últimos meses, el tiempo siempre es un factor determinante.

Juan Manuel Santos

Retrato en el despacho del Presidente en la Casa de Nariño, en octubre de 2016. Por Ricardo Pinzón.

Finalmente, entre la bruma, se acerca la caravana que viene desde la Casa de Nariño, la residencia oficial del Presidente de la República y la sede de gobierno del país. Escoltado por varias camionetas blindadas, motos y una ambulancia, un vehículo negro se detiene frente al avión. El Presidente desciende y sube las escalinatas trotando. Casi simultáneamente se encienden las turbinas. Santos entra a la oficina privada, ubicada a un costado de las sillas de los ministros. La crisis energética es su mayor preocupación. Después del despegue pide reunirse con su círculo más cercano para discutir las salidas. A principio de año, un incendio afectó a la hidroeléctrica Guatapé, una de las mayores suministradoras de energía. Las lluvias no aparecen y los embalses están en niveles críticos. Todo hace prever que habrá racionamientos. Esa posibilidad angustia a todos pues sería un golpe para la popularidad del gobierno, bastante disminuida en este momento. Las encuestas muestran que apenas el 20% de los colombianos apoya la segunda gestión de Santos.

Ya en el aire, sin embargo, los ánimos se calman. Una funcionaria encargada de protocolo, de unos treinta años, me dice que los vuelos son su momento favorito. Sólo ahí puede comer, descansar y olvidarse de su teléfono. Todos los días, antes de las seis de la mañana y hasta la medianoche, el equipo recibe mensajes de Whatsapp desde el despacho del Presidente. Otro funcionario me cuenta que la presión que viven es agotadora. Pero que el Presidente es un buen líder, centrado y con una estrategia clara. Incluso en los peores momentos nunca lo ha visto alterado. En esto coincide con muchos otros entrevistados: Juan Manuel Santos es un hombre, ante todo, analítico.

El Presidente me invita a pasar a su oficina poco antes de terminar el vuelo. Lo encuentro sentado, revisando la versión final del discurso que presentará frente a los alcaldes. A un lado hay una cama sencilla. Del otro, un escritorio y un baño. Pocas semanas antes de cumplir 65 años, y tras cinco y medio de asumir como Presidente, parece muy vital. Viste un pantalón caqui y una camisa blanca con mensajes alusivos a la paz y al ahorro de energía estampados en la espalda. Su mirada, detrás de sus párpados pesados, es profunda.

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