¿Qué está pasando en Coahuila que genera esta tipo de escritores?

La golden age coahuilense

¿Qué está pasando en Coahuila que genera esta clase de escritores? Nos adentramos en la “golden age coahuilense”.

Venía de la cantina con unos whiskies encima. Llegó con las gafas de sol puestas, jeans y una playera anaranjada que resaltaba su complexión media. Se había comido un molcajete de rib eye y todavía no hacía la digestión como para dar entrevistas, me dijo Carlos Velázquez al sentarnos en el café de una librería del Fondo de Cultura Económica al sur de la ciudad de México. Te voy a decir puras sandeces, dijo. Fue la primera vez que lo entrevisté, en octubre de 2011.

Velázquez proviene del estado fronterizo de Coahuila, al norte de México, y Coahuila había sido entonces la región más calurosa del país: había alcanzando los cuarenta y dos grados centígrados en abril.  El suelo de la región se ponía a hervir al mediodía y, en los cruces de calles o de carreteras, afuera de un restaurante o centro comercial, caían casquillo-tras-casquillo cerca de un cuerpo o vehículo baleado. La Laguna, zona metropolitana de Torreón, una ciudad fundada en el cruce de los ferrocarriles en su paso al norte, cerraba 2011 con mil homicidios. Tenemos todos los récords nacionales, dijo bromeando Velázquez.

Promocionaba entonces la reedición de su libro La Biblia Vaquera con Sexto Piso, una colección de cuentos que había publicado ya en 2008 —pero con distribución limitada, ya que fue editada por el Fondo Editorial Tierra Adentro—. El editor Diego Rabasa había rescatado el libro y quedó asombrado por el juego irreverente de estereotipos norteños. “Es un escritor que no tiene conciencia de serlo, mucho menos de su versatilidad para deformar la realidad”, dice Rabasa. En un cuento ponía al famoso cantante de corridos El Viejo Paulino vendiéndole su esposa al Diablo a cambio de unas buenas botas vaqueras. “Se te va la tonada, Paulino, se te va la tonada”, exclamaba su mujer.

Velázquez se quitó las gafas y comenzó a fanfarronear. Me contaba que había una especie de “golden age coahuilense”, que a simple vista sonaba a disparate. Ha de ser la digestión, pensé. Hablaba de un grupo de ocho escritores, amigos, que están entre los treinta y cuarenta años —la mayoría nombres desconocidos—, que se dedican a escribir por separado y con intereses distintos. Escriben desde ese lugar donde se encuentran las carreteras del centro que llegan a Ciudad Juárez y las que vienen del Pacífico y van a Texas —territorio en disputa entre el Cártel de Sinaloa, el Cártel del Golfo y los Zetas—, ese pedazo de tierra donde se decide a balazos el futuro de este país: un mundo sórdido y violento.

“No se trata de un movimiento, mucho menos de un bloque cultural —dijo Velázquez—, sino de una gran coincidencia: nacimos todos en los años setenta y hemos crecido y escrito sobre y desde Coahuila. Ninguna región del norte tiene hoy una generación tan sólida como la nuestra: Julián Herbert, Alejandro Pérez, Daniel Herrera, Carlos Reyes, Vicente Alfonso, Carlos Velázquez, Luis Jorge Boone y Wenceslao Bruciaga”. Es un grupo que irrumpe como golpe de mesa, tan lejos de la élite literaria que se reúne —religiosamente— en el centro del país. “Un grupo —dice Diego Rabasa— que nos está mostrando que hay algo más importante que la estadística de asesinatos. Está también su realidad”.

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