Evo Morales no sabe perder - Gatopardo

Evo Morales no sabe perder

Evo Morales dice estar casado con Bolivia y sus luchas. ¿Hasta qué punto el líder indígena y presidente de Bolivia llevará sus pasiones?

Las cámaras apuntan a una silla vacía que pronto ocupará el presidente de Bolivia, Evo Morales. Los periodistas que están en el Salón de Los Espejos de Palacio Quemado esperan que admita su derrota, su primera derrota. Es media mañana del 24 de febrero de 2016 y la luz azulada que rocía la ciudad de La Paz no penetra los vidrios antibala. Adentro, la espera es ámbar. El centenar de reporteros ha desbordado la plataforma instalada en el centro del salón y ha formado una media luna desordenada. Los espejos ovales de las paredes los multiplican y los vuelven legión. Cuando Evo Morales entra y saluda con el acostumbrado “buenos días, jefes”, la silla desaparece detrás del hombre que lleva puesto un traje negro opaco con bordados de soles cuadrados color terracota. Está serio, tiene la cara hinchada y su nariz es un ancla entre los ojos achinados, tristones. Parece que no ha dormido bien. Nunca duerme bien, no puede haber dormido bien hoy, después de saber que ha perdido, que por primera vez ha perdido. Pocos días antes, el 21 de febrero, los bolivianos votaron en un referendo en el que se les preguntaban si, en 2019, Evo Morales podría presentarse como candidato a presidir Bolivia hasta 2025. En la medianoche del 23 de febrero el Tribunal Supremo Electoral confirmó que el No había ganado con un 51.3% frente al 48.7 del Sí.

Esta mañana Evo Morales tiene la voz ronca, como la que se les escucha a los funcionarios públicos paceños después de un fin de semana de ron, desvelo y cigarrillos. Con palabras grumosas dice que perdió sólo por dos puntos y que el voto duro de su partido es de casi el cincuenta por ciento. Con un trabalenguas explica que aunque haya ganado el No, su vida y su lucha no cambian, que ya supo sobrevivir a un intento de golpe de Estado, a una guerra económica y a un referendo revocatorio de mandato. Dice: “Hemos perdido una batalla, pero no la guerra”.

Con cada respuesta, Morales crece, empieza a gustarse a sí mismo, se suelta. Su voz se aclara. Bromea con una reportera prometiéndole que la invitará a cocinar en el hotel que construirá en Chapare cuando deje de ser presidente. Los periodistas entienden que es una propuesta sexual y murmuran. Él no se detiene. En el momento en que un reportero le pide que admita que fue un error convocar a este referendo cuando llevaba diez años en el poder y aún le quedaban cuatro más de mandato, Evo Morales ya es un gigante con una voz potente como dinamita y que no sabe de derrotas: “¿Qué he entendido, compañeros?” —se pregunta levantando el dedo índice derecho como un predicador que anuncia la palabra de Dios— “Los que dijeron Sí, es para que siga el Evo. Los que dijeron No, es para que no se vaya el Evo”.

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La primera victoria de Evo Morales fue no morir el 26 de octubre de 1959 a las 10 de la mañana. Mientras Fidel Castro convocaba a un millón de cubanos a una manifestación en la Habana en la que Camilo Cienfuegos pronunciaría su último discurso, en Bolivia, la tierra donde nueve años más tarde matarían al Che Guevara, nacía el hombre que levantaría las banderas derrotadas del socialismo. Fue en medio del altiplano, en Isallavi, una comunidad del ayllu Orinoca, distante 180 kilómetros de la ciudad de Oruro. Era una mañana soleada, pero en la casa de la familia Morales Ayma recuerdan que hacía frío.

El nacimiento de un hijo varón era el sueño de Dionisio Morales Choque, un orinoqueño que se había casado con María Ayma Mamani, una mujer 15 años mayor que él. Iván Canelas, periodista, gobernador de Cochabamba y biógrafo oficial de Evo Morales, recuerda en Mi vida, de Orinoca al Palacio Quemado (2014), que en el pueblo se rumoreaba que María metía a Dionisio entre sus polleras para ocultar el romance de las habladurías de la gente.

Antes de que naciera Evo, sus padres habían traído tres niños al mundo. Daniel y Eduvé fueron los primeros, pero murieron. Sobrevivió Esther, que tenía diez años esa mañana de octubre cuando su madre sintió los dolores de parto. La niña corrió a buscar a su tía Luisa, que era partera, mientras Dionisio se desplazaba hacia un pueblo cercano en busca de un curandero. Orinoca, el pueblo más grande de la zona, está a unos 10 kilómetros de la casa de los Morales Ayma, pero allá tampoco había un médico. La tía Luisa se encontró con una mujer embarazada que sangraba, a punto de morir. “Tal vez te antojaste de algo, por eso tu hijo no puede nacer”, le dijo a María. “He visto hornear pan en Orinoca y no me han querido vender. Eso debe ser”, respondió María. Esther recuerda que la mandaron a buscar una olla de barro y mezclaron allí harina y alcohol y pusieron ese engrudo en el fuego. “Éste es el pan que querías. Come”, le ordenaron a María Ayma, mientras Evo Morales anunciaba su llegada al mundo con un berrido saludable.

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