El feminismo y las políticas de lo común - Gatopardo

El feminismo y las políticas de lo común

Las mujeres han dependido en mayor medida que los hombres del acceso a los recursos comunes y han estado más comprometidas con su defensa. Históricamente han liderado esfuerzos para colectivizar el trabajo reproductivo —piedra angular sobre la que se construye la sociedad— para protegerse de la pobreza, de la violencia estatal y de la ejercida por los hombres. Éste es un ensayo feminista sobre las luchas de nuestro tiempo.*

Tiempo de lectura: 23 minutos

La manera en la que tanto los trabajos de subsistencia como la contribución de los comunes a la supervivencia concreta de los habitantes locales se invisibiliza mediante su idealización no es sólo similar sino que tiene las mismas raíces […].

En cierto modo, las mujeres son tratadas como comunes y los comunes son tratados como mujeres.

–Maria Mies y Veronika Bennholdt-Thomsen, Defending, Reclaiming, Reinventing the Commons, 1999.

 

La reproducción precede a la producción social. Si tocas a las mujeres, tocas la base.

–Peter Linebaugh, The Magna Carta Manifesto, 2008.1

 

***

 

¿Por qué lo común? 

 

Al menos desde que los zapatistas conquistaron la plaza del Zócalo, el 31 de diciembre de 1993 en San Cristóbal de las Casas, para protestar por la legislación impuesta que disolvía el sistema mexicano de ejidos,2 el concepto de “lo común” ha ganado popularidad dentro de la izquierda radical, tanto en Estados Unidos como internacionalmente, emergiendo como punto de encuentro y campo de acción común entre anarquistas, marxistas-socialistas, ecologistas y ecofeministas.3

Existen razones de peso que justifican el arraigo e importancia que estas ideas, aparentemente arcaicas, han adquirido dentro de los movimientos sociales contemporáneos. Dos de ellas destacan en particular. Por un lado, se ha producido la desaparición del modelo revolucionario estatista que durante décadas había conformado los esfuerzos de los movimientos sociales radicales para construir una alternativa al capitalismo. Por otro, el intento neoliberal de subordinar todas y cada una de las formas de vida y de conocimiento a la lógica del mercado ha incrementado nuestra conciencia del peligro que supone vivir en un mundo en el que ya no tenemos acceso a los mares, los árboles, los animales ni a nuestros congéneres excepto a través del nexo económico.

Los “nuevos cercamientos” también han visibilizado un mundo de propiedades y relaciones comunales que muchos consideraban extinto o al que no habían concedido importancia hasta que se ha cernido sobre ellos la amenaza de la privatización.4 Irónicamente, los nuevos cercamientos han demostrado no sólo que las propiedades comunales no habían desaparecido, sino que se producen de manera constante nuevas formas de cooperación social, incluso en áreas que previamente no existían, como el internet.

La idea de lo común/los comunes, en este contexto, ha proporcionado una alternativa lógica e histórica a los binomios Estado y propiedad privada, Estado y mercado, permitiéndonos rechazar la ficción de que son ámbitos mutuamente excluyentes y de que sólo podemos elegir entre ellos, en relación con nuestras posibilidades políticas. También ha realizado una función ideológica, como concepto unificador prefigurativo de la sociedad cooperativa que la izquierda radical lucha por construir. Sin embargo, existen tanto ambigüedades como diferencias significativas en las interpretaciones dadas a este concepto, que hay que aclarar si queremos que el principio de lo común se traduzca en un proyecto político coherente.5

Por ejemplo, ¿qué constituye lo común? Abundan los ejemplos. Tenemos aire, agua y tierras comunes; bienes digitales y servicios comunes; también se describen a menudo como comunes los derechos adquiridos (por ejemplo, las pensiones de la seguridad social), del mismo modo que se recogen bajo esta denominación las lenguas, las bibliotecas y las producciones colectivas de culturas antiguas. Pero, ¿se encuentran al mismo nivel todos estos comunes desde el punto de vista de una estrategia anticapitalista? ¿Son compatibles todos ellos? Y ¿cómo podemos estar seguros de que no se está proyectando una imagen de unidad que aún está por construirse?

Teniendo en mente estas cuestiones, en este ensayo se analizan los comunes desde una perspectiva feminista, en donde “feminista” se refiere a un punto de partida conformado por la lucha contra la discriminación sexual y por las luchas sobre el trabajo reproductivo, que (en palabras de Linebaugh) es la piedra angular sobre la que se construye la sociedad y desde la que debe de ser analizada toda organización social. Esta intervención es necesaria, desde mi punto de vista, para definir mejor estas políticas, expandir un debate que hasta ahora han dominado los hombres y aclarar bajo qué condiciones los principios de lo común pueden constituir los cimientos de un programa anticapitalista. Al día de hoy existen dos conflictos que hacen que estas tareas sean especialmente importantes.

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