Mauricio Rocha
Reportajes

Diseñar lo intangible

Mauricio Rocha es una de las voces más importantes de la arquitectura en México. Su trabajo al frente del Taller que dirige junto a su socia Gabriela Carrillo abandera una arquitectura de fuerte compromiso social a través de espacios que invitan a la reflexión y no al espectáculo.

Era 1969 y sus padres organizaron en casa una tremenda fiesta por la llegada del hombre a la luna. Ahí estuvieron el artista Felipe Ehrenberg, el actor y cineasta Alfredo Joskowicz, y es difícil saber quién más, pues ninguno de los hermanos Rocha Iturbide —Manuel, Claudia y Mauricio— tenían edad para entender qué estaba pasando y, como era de esperarse, los mandaron a dormir temprano. Se rumora que fue una noche legendaria, en la que hubo de todo un poco.

Manuel, el mayor, iba en primero de primaria y empezaba a leer. A la mañana siguiente, ya listo para la escuela, descubrió las huellas de la resaca en las paredes. Había dibujos de la luna y frases escritas para ella. Algunas de tinte político, otras más poéticas. Él trataba de leerlas para poner a prueba su recién adquirida habilidad, pero no se preocupó demasiado por interpretarlas. Después de todo, aquella no debió ser una noche tan extraña en su familia. 

Por esos años, su madre, Graciela Iturbide Guerra, los dejaba en la escuela por la mañana y luego se iba al estudio del fotógrafo Manuel Álvarez Bravo, para quien trabajaba como asistente. Después pasaba por ellos y los llevaba a casa, en la colonia Irrigación, antes de irse de nuevo, esta vez a estudiar, pues era alumna de la Escuela Nacional de Artes Cinematográficas de la UNAM. 

Mientras tanto, su padre, Manuel Rocha Díaz, se abría camino como arquitecto y pocos años después ganaría un concurso para hacer el Club de Golf Bellavista, y de 1973 a 1980, se encargó del proyecto de la Cineteca Nacional. 

Los niños iban a una escuela abierta, diseñada por una generación de padres que participaron en el movimiento estudiantil de 1968 y que querían romper con el mundo burgués de finales de los sesenta, por lo que abrieron para sus hijos una opción educativa más libre, humanista y con una ideología de izquierda. Los niños del colegio Cipactli rompían piñatas de Nixon, Pinochet y Franco, y cantaban de memoria “La Internacional”, himno del comunismo y el movimiento obrero, pues era también el de su escuela. 

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