Memoria para hacer ficción
El nervio principal, la segunda novela de Daniel Saldaña Paris.
noviembre 14, 2018

En el departamento de Daniel Saldaña entra mucha luz. Se llega en un elevador viejísimo, de ésos que tienen botones redondos con el número del piso y brincan cuando llegan al elegido, provocando un pequeño paro cardiaco al viajero. Su timbre también suena a viejo, con un repique grave y fuerte, como el de una máquina que se traba. Pero adentro hay mucha luz, un balcón lleno de plantas, algunos sillones y una máquina antigua para secar negativos fotográficos que ahora usa de mueble, y que planea algún día convertir en una especie de refugio antitemblores. Él usa lentes redondos y está despeinado… Sí parece escritor.

Esta máquina hace pensar que quizá el protagonista principal de su último libro, El nervio principal, tiene algo de autobiográfico. Es un niño al que le gusta el origami, pero no le sale, que tiene una “cápsula de luminosidad cero” (que es un clóset con un hilito para poder cerrar la puerta desde adentro y dejar completamente oscuro, en la que se encierra por muchas horas para intentar borrar su existencia); es alguien a quien le gusta extraer el peciolo (rabillo que une la lámina de una hoja a su base foliar o al tallo) y el nervio principal de la hoja (la línea que divide la hoja en dos) y guardarlos en los bolsillos de sus pantalones, cada parte en un lado diferente.

Esta simetría con la que se obsesiona el personaje principal, de ocho años, es uno de los elementos que conforman la novela. La historia de una familia, conformada por padre y madre, hija e hijo. Las personalidades de las mujeres son fuertes, abiertas, confrontativas; mientras que las de los hombres, en general son débiles, aunque detrás de una máscara de rudeza y estabilidad, con lo cual el autor intenta poner en crisis la estereotípica masculinidad mexicana.

El nervio principal, int1

La historia comienza cuando Teresa, la madre, se va de su casa para ir a apoyar el levantamiento zapatista, en Chiapas. Treinta años después, desde su cama, el niño abandonado reconstruye la historia sin más instrumentos que el de su memoria. Así es como cuenta este mundo de angustia en el que de pequeño se sumergía, lleno de obsesiones y artilugios que se inventó para aceptar que su madre lo dejó: “Un martes de julio o agosto de 1994, ella —mi madre, Teresa— se fue de campamento”, se lee en la primera página del libro. 

Para escribir esta segunda novela, Saldaña quería tener a un niño como protagonista y en el reto de encontrar la voz —no deseaba que fuera tal cual la de un infante porque entonces la prosa, el tipo de palabras y las ideas que podría utilizar se verían muy limitadas— se dio cuenta de que se trataría de una novela sobre la niñez, aunque no contada por un niño, y esto le develó la columna vertebral del libro. “Esta distancia que se abre entre el personaje niño y el personaje de adulto me permitió encontrar, no sólo la voz, sino romper también un poco el realismo de la historia, porque aunque es una novela bastante realista, como trata de la memoria, se vuelve un poco ficción porque nunca está claro qué tan fieles son los recuerdos”, dice en entrevista para Gatopardo.

La época en la que está situada la novela, principios de los años noventa, también es un juego con la memoria. Ese año que el Ejército Zapatista de Liberación Nacional se alzó en armas contra el gobierno, Colosio fue asesinado, Ernesto Zedillo ganó las elecciones, y el primer Tratado de Libre Comercio entró en vigor. El autor utiliza este contexto para crear una línea de recuerdo también entre los lectores y la novela, que permite que parte del mundo literario se ilustre a partir de la remembranza. Utiliza el recurso de algunas novelas que exploran el efecto de fenómenos sociales o guerras en niños, “una estirpe narrativa en la cual me interesaba inscribirme, aunque fuera tangencialmente”, explica el autor.

Saldaña ha sido becario del programa Jóvenes Creadores del FONCA y de la Fundación para las Letras Mexicanas, y en 2017 fue nombrado por el Hay Festival como uno de los mejores escritores de América Latina de menos de 40 años. Sus publicaciones anteriores son el libro de poemas La máquina autobiográfica y la novela En medio de extrañas víctimas. Asegura que tiene pésima memoria, y que a falta de ésta, ha desarrollado una extraordinaria capacidad de reconstruir con ficción, tal como lo hace su protagonista de El nervio principal.


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