Babasónicos: 21 años negando la vanguardia

Esta banda argentina no ha seguido el camino de la mayoría de los rockeros. Han sabido darle la espalda al pasado e ir encontrando un estilo único, que lo mismo incluye pop, punk y un lenguaje inventado que brillitos en la ropa.

Por Wenceslao Bruciaga / Fotografía David Franco
"Somos simplemente una banda de buscadores..."

“Somos simplemente una banda de buscadores…”

Actualmente en los Babasónicos hay un Adrián, un Mariano, un Gustavo (al que también le dicen Tuta) y tres Diegos. Uno de ellos es el que ha quedado casi desnudo: en calcetines y una trusa verde yerbabuena de resorte blanco, calzón que parece haber salido de un empaque de American Apparel; es el Diego Uma, el menos extravagante o el que no echa mano de brillitos en su outfit, al menos en lo que va de esta sesión de fotos.

En el escenario suele darle continuidad a su estilo sobrio, y lleva un corte de cabello sencillo. Si no supiera que es un babasónico, uno de los miembros originales, fundadores, de los que dieron guitarrazos conectados a un pedal Dunlop en aquel primer y seminal álbum Pasto de 1992, bien podría confundirse con uno de esos argentinos bien vestidos que abren alguna tienda de chácharas de diseño industrial.

El resto de la banda sí encarna una imagen más convencional del rockstar que llena estadios: prendas de vestir que rebotan destellos de luz, como una bola disco (el mejor ejemplo de esto son los pantalones de otro de los Diegos, Panza Castellano, cuya parte trasera es blanca mientras que la montura frontal es de un dorado que encandila), zapatos afilados, lo más puntiagudos posibles, y gafas oscuras, muchas gafas oscuras. El ancho de las micas es tan grande como lo abultadito de sus barrigas: ninguno de los babas tiene estómago plano o cuerpo atlético. Supongo que cuando estás promocionando el disco número once y tienes una carrera de veintiún años puedes darte el lujo de no moldear tu figura. Otro dato voyeurista: al parecer, ninguno de los babas ha pasado por la aguja del tatuaje.

Yo estoy sentado al centro de este cuarto improvisado como camerino y, de pronto, es como si mis propias letras sobre las hojas blancas se convirtieran en diminutas hormigas a punto de abandonar mi cuaderno e hicieran una hilera en dirección de las carnes frías y las frituras que la producción ha dispuesto para saciar el apetito de la banda argentina.
He perdido por completo la concentración.

El Diego de la sobriedad textil, Diego Uma Rodríguez, dice:
—Sí, bueno, pero volviendo a tu pregunta… espera, ¿de qué estábamos hablando?
—Espérenme, para ser honestos ya me puse nervioso…

Apenas escucha la palabra “nervioso”, Adrián Dárgelos Rodríguez, el vocalista de los Babasónicos, saca velozmente la cabeza que tenía hundida en el monitor de su smartphone trazando una extendida pero malévola sonrisa, como de comercial de algún dentífrico con el poder de sacarle chispas a los dientes de enfrente. Adrián es de esos rockeros que disfruta poner en aprietos a los periodistas. Hoy trae un ligero tufo alcohólico.

—Así que te hemos puesto nervioso. ¿No es muy de diecisiete años ponerse nervioso con una banda de rock? ¿Qué querés que haga para que te tranquilices?—me pregunta Adrián en un tono de sarcasmo diabólico, pero delicioso, sin duda.
No soy un adolescente, les dije. Resulta que soy gay.

Entonces los Babasónicos, famosos por sus aventurillas en plan Hugh Hefner,  acostumbrados a ser entrevistados por chicas periodistas con flecos geométricos y pinta de modelos, a conversar sobre chicas —tanto musas como groupies—, acostumbrados a las chicas, simplemente tratan de descifrarse las miradas al mismo tiempo que se les enreda la lengua; es obvio que no quieren soltar alguna declaración políticamente incorrecta. Hoy en día los rockeros tienen que andar promoviendo el discurso de la tolerancia y todo eso. No era mi intención ponerlos en aprietos, en verdad me había ganado la excitación. Al final, los Babasónicos terminan riendo, nerviosos, incluyendo a Adrián.

Recuerdos de punk sónico
Llegué con los Babasónicos cargando un libro bajo el brazo, Derrumbando la Casa Rosada: mitos y leyendas de los primeros punks en argentina 1978-1988, compilado por Daniel Flores para la editorial Piloto de Tormenta. Dentro de mi maletín también llevaba un ejemplar de Arrogante rock. Conversaciones con Babasónicos, de Roque Casciero, una larga entrevista de doscientas veinticuatro páginas con los miembros de la banda en aquel 2008 (hoy tienen un nuevo integrante). Pero de haberlos sacado, habría provocado, imagino (puede ser que me equivoque), que repitieran un discurso onanista que les es cómodo y habitual; por ejemplo, que el nombre de la banda es un juego de palabras inspiradas en el líder espiritual Sai Baba y la caricatura de Hanna-Barbera, Los Supersónicos, o que para ellos no hay un antes y un después del disco Jessico (2001).

Mis preguntas estaban más bien influidas por aquella primera impresión que tuve de los Babasónicos cuando escuché, a inicios de los noventa, los álbumes Pasto (de 1992, en el que estuvo involucrado Gustavo Cerati) y Trance Zomba (1994) grabados en un solo casete virgen de noventa minutos. Las guitarras tenían un sonido punk, parecido a sus paisanos de 2 minutos o Ataque 77, pero el grupo también utilizaba el ruido de viniles rasgados en una tornamesa y a un vocalista de garganta bipolar como Adrián Dárgelos, que posee la cualidad —casi andrógina— de alcanzar varios matices de voz. Cuando escuché por primera vez “Patinador sagrado”, el track número seis del Trance Zomba, juré que se trataba de dos hombres rapeando, pero era el mismo Dárgelos que engrosaba las cuerdas vocales en varios segmentos para sonar quizás más malote.

Algunos críticos ubicaron a los Babasónicos entre el punk y lo inclasificable. Su carrera se ha caracterizado por grabar discos de géneros abismalmente distantes. Un ejemplo es la diferencia entre Babasónica (1997), un disco crudo, casi siniestro, punk rudo, más bien heavy metal o thrash metal, y Miami (1999) de un pop próximo al easy listening y la psicodelia à go-go, estilos que combinados con algunos sampleos de electrónica pop llegó a un exitoso clímax en el álbum Jessico, de 2001. Desde entonces algunos consideran que han encontrado una zona de confort en esta fórmula musical.

Quería averiguar qué tanto había de punk en los Babasónicos. Después de todo, su carrera empezó alimentando carteles de festi-punks de Buenos Aires y otras provincias de Argentina. Incluso, los Babasónicos tocaron por primera vez en la ciudad de México en la Preparatoria Popular Mártires de Tlatelolco, la famosa Prepa Fresno, ubicada cerca de la estación del metro Tlatelolco, donde bandas como Seguimos Perdiendo, Rebel Cats e incluso El Tri son invitados habituales.

Es más: Romantisísmico, el disco que ahora están promocionando, fue codirigido y correalizado por Andrew Weiss, guitarrista que formó parte de la alineación de bandas no sólo punk sino hardcore del más puro y rudo, como Black Flag o The Rollins Band, además de haber producido los álbumes de otros artistas cercanos al punk sucio y alterado como Jello Biafra (vocalista de los Dead Kennedys), Ween y los Butthole Surfers. En realidad, Weiss ya es un viejo amigo del quinteto argentino, ha trabajado con ellos en seis producciones de estudio.

Me da la impresión de que los Babasónicos no quieren hablar del punk o no lo ven con buenos ojos. Como si fuera parte de un pasado vergonzoso o cándido, Dárgelos responde:
“El punk son de esas cosas que simplemente pasan. Tiene que ver con la retrospectiva estética con la que vos lo veas. Normalmente te interesa lo que está pasando aquí y ahora. Son interesantísimas las cosas que están pasando aquí y ahora. Cuando nosotros teníamos trece años era muy interesante ver a bandas como Sumo y otros tantos de punk-rock que hay en Argentina. En Argentina hay grandes exponentes del punk-rock que conocí, y crecí con ellos. De alguna manera son parte de nuestra generación, quizás un poco antes, pero yo no me compro la idea de que algún estilo dictamina conductas políticas. El punk es sólo una estética que no contiene ninguna crítica. Así que de este libro que nos enseñás, sólo puedo decirte que no lo he visto en las librerías de Buenos Aires y yo voy cada semana, seguro no deben tener más de 500 ejemplares.”

La vanguardia después de la muerte de Lou Reed
Pasan de las cinco de la tarde de un martes que está a la mitad entre lo asoleado y la amenaza de lluvia. Los Babasónicos se han instalado en este cuarto del Auditorio BlackBerry, donde es la sesión de fotos, que funciona lo mismo de camerino o salón de belleza que de catering o centro de entrevistas. Sus personalidades son las siguientes: Diego Uma es el más dispuesto y relajado a responder preguntas, también es el menos estrafalario, el más flaco, el que me gustó. Gustavo Tuta es el nuevo integrante, bajista que lleva el pelo más rizado y calcula muy bien sus respuestas, abre la boca y de inmediato se retracta, como si acomodara las palabras en su mente. Diego Panza Castellano, el más canoso y el que da las respuestas breves pero contundentemente babasónicas, el que domina la metafísica de la banda, a diferencia de Mariano Domínguez, otro de los guitarristas fundadores, que por inercia se acomoda en el sillón lo más lejano al dispositivo que graba esta entrevista y sólo interviene cuando presiente que las preguntas son tendenciosamente provocadoras. Y finalmente Adrián Dárgelos Rodríguez, el cerebro sónico, el líder y vocalista, el que derrite a la chicas con su garbo atípico, más dandi que guapo. También es el más arrogante, su presencia impone un poco al resto de los Babasónicos y a cada pregunta contesta con una ironía calculadamente corrosiva. Responde distinto si los periodistas son mujeres u hombres, a estos últimos les suele soltar uno que otro maltrato. No lo hace nada mal, para ser honestos. Cada latigazo de aticismo pasa por su filtro académico. Adrián estudió semiótica en Inglaterra y su padre tenía una librería en Lanús, el barrio dónde surgió la historia babasónica.

Tanto Dárgelos como los Babasónicos originales crecieron en Lanús, un típico barrio suburbano de las afueras y al sur de Buenos Aires, habitado por una clase media de donde es raro que surja una banda como Babasónicos, asegura Alejandro Tevez, Ale para los amigos, productor de Que sea lo que el rock quiera, programa radiofónico de rock especializado en bandas underground que se transmite todos los viernes de las nueve hasta la media noche por el 89.1 del FM bonaerense, una estación universitaria, aunque también se puede escuchar a través de la página www.ru891.com.ar. Ale es uno de los especialistas más quisquillosos de los Babasónicos: “Babasónicos es una banda muy de Capital Federal, la capital de Argentina y el centro de todo, donde pasa la mayor cantidad de dinero y donde suceden todos los shows y espectáculos. Cuándo los Babasónicos empezaron a hacer ruido por acá, nadie les creía que venían de Lanús, el rock del barrio de Lanús está muy asociado con el sonido de bandas rudas como Los Redonditos de Ricota [cabe mencionar que Argentina siempre ha estado dividido en dos bandos: los que escuchaban a Soda Stereo y los que seguían a Los Redondos, que eran vistos como los héroes del rock urbano]. Yo creo que el barrio puede llegar a determinar un sonido. Por ejemplo, hoy en Argentina hay una especie de movimiento surgido en La Plata, de donde destaca el grupo Él Mató a un Policía Motorizado, y todos suenan más o menos igual, como a new wave alternativo. Babasónicos nunca ha sonado de acuerdo a una corriente y superó por mucho a su barrio”.

Ahora deben ser las cinco y treinta y allá afuera el mundo de la música parece darle rienda suelta al luto. Hace dos días, el domingo veintisiete de octubre supimos del fallecimiento de Lou Reed, el músico que llevó el vanguardismo a competir con el establishment fanatizado de los Beatles, el amigo de Andy Warhol, el poeta avant-garde:
—Es cierto, a menudo nos ubican como un grupo de avant-garde pero no sé que decirte, lo hemos oído tanto que supongo le perdimos sentido a su significado real —se adelanta a responder Diego Panza Castellano—. Podría decirte que vanguardismo para nosotros tiene que ser todo aquello que nos sorprenda a nosotros. Por lo mismo estamos en la búsqueda de la novedad constante y poniéndonos cada vez que se pueda en el desafío de conseguir cosas que no hemos logrado, pero no estoy muy seguro de que eso nos haga vanguardistas. Los periodistas cada vez que pueden nos ponen en situación de vanguardia. No conozco a ningún artista de vanguardia…

—¿No creen que Lou Reed haya sido un artista de vanguardia?
—Reed para mí fue más un pionero de un estilo de música en un año donde no existía esa forma de tocar notas, cantar desafinado. Armó una cosa como protopunk que después derivaría en eso del post-punk, el dark; todo eso nació de los arriesgues que plasmó Lou Reed y en su fuente inagotable de canciones. Fue un compositor infinito, excelente perfomer que las compañías no entendían. Lou Reed tocando mal era hermoso y le dio voz y fe a todos esos que no sabían tocar pero tenían la capacidad de hacerte viajar —responde Diego Uma.

—Y después de álbumes que en lo personal me suenan complejos como Dopádromo (1996), o de brutalidad inesperada, hablando de Babasónica (un disco en el que predomina el heavy metal), ¿qué sorprende a Babasónicos?
—El algún momento nos sorprendió la simpleza, sobre todo casi después de haber grabado Miami (1999), nos sorprendió que podíamos ser más simples y no llegar a ser tan intrínsecos. Por ejemplo, en el caso de Romantisísmico nos sorprendió mucho la posibilidad muy melódica de componer y encadenar una canción con otra —contesta Diego Uma.
—Antes nos dejábamos llevar por la idea de sonar a algo que no se parezca nada, nos divertía eso —complementa Diego Panza.

—¿Para ustedes cuál es el disco más simple de los Babasónicos? Es decir, al que menos derroche de experimentación sonora imprimieron en las composiciones.
En un consenso a bote pronto, todos parecen estar de acuerdo en que Romantisísmico y Anoche son los discos más simples en la discografía de los Babasónicos.

—¿Y hoy en día no hay ninguna banda que los sorprenda?
—No nos gusta hablar de bandas que no hablan de nosotros, que no nos mencionan, como si no existiéramos… —responde Diego Uma.

Clases para hablar lenguaje babasónico
Este 2013, Babasónicos ha llegado a la mayoría de edad como se creía antaño: veintiún años de hacer del rock argentino un laboratorio de experimentación sonora por medio de once álbumes de estudio, cinco discos de lados b, tres compilaciones de grandes éxitos, cuatro ediciones de puros remixes y cuatro DVD; de hacer con su castellano nacional neologismos estrobodélicos. Si escuchas Romantisísmico no es difícil asociarlo con algo babasónico. Después de veintiún años ya se puede decir que hay casi un dialecto babasónico en el rock argentino, y quizás en toda Hispanoamérica, que sirve para contar historias de Patinadores sagrados, Gronchóticas, Jessicos carismáticos y Deléctricos que bailan Microdancing falsario con La Fox; es una destreza lingüística similar a la que ha construido el grupo inglés Stereolab a lo largo de su carrera.

—Esto que para ti suena a un lenguaje babasónico empezó siendo un juego que se tornó más barroco, que luego derivó en la simpleza que a su vez terminó en Romantisísimico, que no es un disco tan denso en cuanto al glosario, a ese lenguaje babasónico. Es tan sólo un neologismo esdrújulo y al mismo tiempo un mecanismo de humor que hace referencia a nuestro pasado. Pero es una palabra nueva que tiene que ver con lo que hacemos ahora, una forma de marcar distancia con aquel primer disco y que sin embargo se autohomenajea al pasado. Y no, no son ejercicios lingüísticos que nos lleven sesiones de debates. Si hiciéramos eso estaríamos haciendo música en Broadway. Somos una banda de rock, no nos fijamos mucho en los detalles —cuenta Adrián, y simplemente no puedo escuchar la respuesta del vocalista de los Babasónicos sin ver los pantalones bicolor de Panza Castellano, su camisa aperlada abotonada a mitad del tórax (cómo dice el cuchicheo contemporáneo, hasta ese ojal se debe llegar si eres un mirrey), sus botines de tacón cubano elevados, picudos.

Antes de posar ante las cámaras, los babas han especificado que no quieren que los peinen ni los maquillen. Pero a mí no me engañan: los detalles no son algo menor para ellos.

Les pregunto qué piensan primero antes de meterse de lleno en la grabación de un nuevo disco: en la música o en ropa. Me responde Diego Uma:
—Nooooooooo, ¡sólo en la música! La ropa viene mucho después.

—¿Pero viene? —vuelvo a preguntar.
—Primero hay que tener un contenido y ahí en ese momento lo único en que pensamos es en poder hacer casi todas las ideas que nos quedaron por hacer en la misma dirección en la que ha evolucionado el mundo. Tenemos tanta libertad de trabajo que podemos concretar cualquier idea que se multiplica entre nosotros. Hay momentos de concentración en los que todos mostramos nuestras cosas y las que nos prenden son las que crecen. Ya tenemos un nivel de control sobre la calidad tan perfeccionado que cuando un descubrimiento sobre la producción nos excita a todos sabemos que vamos por buen camino y la canción toma su propio curso, hasta el último momento —cuenta Gustavo Tuta Torres, bajista de reciente ingreso a las filas babasónicas.

—Pasa que cada show para nosotros es una gala. Somos una banda que sabe y está consciente que lo primero es el material y que la calidad está en ellos. Pero digamos que nuestra filosofía es ésta: si ya compraste un boleto para nuestro show, te voy a agasajar y esto es una gala. Te voy a consentir con un espectáculo que te va a deslumbrar, y en eso pues la ropa es importante…

Porque a mi generación algo le pasa y la vida después del Jessico
Los Babasónicos son exitosos sobrevivientes de un movimiento que al menos la prensa local denominó como “nuevo rock argentino”, al que pertenecieron bandas como El Otro Yo, Los Brujos, Peligrosos Gorriones y quizás unos Illya Kuryaki and the Valderramas, los cuales van y vienen pero nunca han logrado tener la constancia de los Babasónicos que, entre disco y disco y conciertos, de algún modo ha mantenido la lógica de la banda intacta a lo largo de veintiún años:

—Nunca hacemos dramas con tal de permanecer juntos. Simplemente nos encanta tener obra nueva, salir a tocar todo el tiempo. Recién sale un disco y ya nos invaden unas ganas de hacer otro. Siempre tuvimos ganas de perpetuarnos en el tiempo y hacer una obra que perdure. Ese ciclo es interminable y creo que eso nos sale bien —dice Diego Panza.

—¿Nunca se hartan de ustedes mismos? ¿De verse las caras todo el tiempo?
—No, porque somos rebuenos… —dice Adrián.

—Cuando empezaron, el ambiente donde ustedes tocaban y los escuchábamos apuntaba a que las cosas eran under o alternativas, nuevo rock argentino. Hoy los que le entran a ese recorrido de innovación sonora (y a veces no) se autodenominan indies. Muchos quieren ser indies hoy en día, ¿cómo ven ese proceso de los labels desde la carrera de Babasónicos?
—Es normal que las cosas cambien y con ellas las etiquetas. Lo que no es normal es que existamos nosotros durante tanto tiempo, haciendo música a nuestro modo —dice Diego Uma.

El primer sencillo que lanzó Babasónicos a gran escala fue “D-generación”, allá por 1992, venía incluido en su álbum Pasto, una rola con ínfulas de himno altamente influenciado por la velocidad de Jane’s Addiction y la distorsión del grunge menos comercial de aquella época.

El estribillo de “D-generación” cantaba algo más o menos así: “Ilusiones van mezcladas en canciones que aprendí en la primaria. Porque a mi generación no le importa tu opinión, porque a mi generación algo le pasa…”.

Desde entonces, Babasónicos no es un grupo estancado en una sola generación que, a la larga y conforme llega a la edad adulta, siga su carrera por lealtad. El grupo del suburbio de Lanús ha podido colarse en cada generación que puede, siendo las últimas de las más devotas.
Prueba de ello es el especialista de la banda y fan Alejandro Tevez, que apenas tiene veinte años. Cuando Babasónicos sacó su primer álbum Pasto, el buen Ale aún no nacía. Su disco favorito es Babasónica (1997), en el que predomina un sangriento heavy metal. “Me da la impresión de que los Babasónicos son igual de respetados tanto en Argentina como en México. Quizás aquí no hay tanta emoción por verlos porque tocan seguido. Sobre todo en épocas de nuevo disco, como sucede ahora con Romantisísmico“, cuenta Ale desde su departamento en el barrio al oeste de Buenos Aires. “El año pasado les dio por tocar en lugares pequeños de por acá, de mil o dos mil personas, cuando ellos ya son una banda que está acostumbrada a llenar espacios y tocar ante veinte mil personas. Y, en efecto, es difícil hablar de una sola generación de Babasónicos porque arrancó a principios de los noventa con una generación y ahora mantiene a chicos que bien pueden ser los hijos de sus primeros fanáticos”.

Para Ale, hay un antes y un después de Jessico, su disco más exitoso y que curiosamente salió en un contexto en el que Argentina no pasaba por buenos momentos: “2001 fue un año desastroso para Argentina en todos sentidos, y fue en medio de la crisis que Babasónicos surgió como una banda positiva, por decirlo de algún modo; es decir, sirvió como un impulso para la juventud”, recuerda Ale. “Muchos conocedores creen que después de Jessico (que tuvo un desmedido e inesperado éxito), Babasónicos encontró una fórmula y perdió cierta versatilidad, y en estos últimos años son muy criticados. A mí  me gustan mucho los babas justo por eso que se les critica: por ser una banda que siempre buscó variantes musicales y no le apostó a lo seguro. Un disco es muy distinto al otro. Sí creo que sus últimos dos trabajos son muy similares y muestran ya un patrón, pero en esos mismos discos te dan espacios para las guitarras y la experimentación. Por ejemplo, noto que últimamente les ha dado por coquetear con lo electrónico, van conquistando nuevos públicos y así empieza el círculo generacional.”

De acuerdo con Alejandro Tevez, si Babasónicos no se convertía en una banda de estadio, su destino no podía ser otro más que la separación. De todas las bandas que empezaron en Argentina en los primeros noventa, ninguna alcanzó la popularidad de Babasónicos, además de que es la única que sigue viva. Babasónicos es capaz de llenar un concierto por el simple hecho de ser ellos y no porque sacan un nuevo disco.

“Está demostrado que, acá en Argentina, si una banda de rock, después de diez años, no ha alcanzado la masividad, lo más probable es que se separen. Históricamente siempre ha sido así. La búsqueda de fama es una obsesión de los rockeros argentinos, sobre todo de esa generación de los noventa”, reflexiona Tevez.

Nuevos tiempos, menos slam
La primera vez que vi a Babasónicos en vivo fue en el Rockotitlán, aquel legendario foro ubicado en el tercer piso de un pequeño centro comercial cerca de la Plaza de Toros de la ciudad de México, a la mitad de los noventa. Si la memoria no me falla, andaban promocionando el Dopádromo, casualmente mi disco favorito por sus coqueteos con el surf extraído de películas gore estadounidenses de los años sesenta (el track cinco “¡Viva Satana!” es un homenaje a Tura Satana, la actriz que interpretó el papel de Varla en la película Faster, Pussycat! Kill! Kill! de Russ Meyer), los arreglos tribales y una carcasa de sonidos futuristas muy llevados a los terrenos del pop. Por aquel entonces en la filas de los babas había un DJ con tornamesas de viniles. Y su música detonó una fiesta de slam que asombró a la banda. Al menos recuerdo a Dárgelos gritarnos “¡Paz! ¡Paz!” cada que nos veía estamparnos unos a otros.

En últimos años, los babas sólo se presentan en escenarios como el Foro Sol, insertados en la parte estelar de carteles como el Vive Latino (hace dos años, después de los Babasónicos tan sólo siguieron los Chemical Brothers), o en el Auditorio Nacional, donde no puedes brincar mas allá de los descansabrazos de los asientos.

—¿Por qué no dan conciertos donde haya más libertad para saltar? Extraño hacer slam en un concierto de los Babasónicos, como en aquellos tiempos de Rockotitlán y La Diabla. Me da la impresión de que ya sólo se presentan en lugares donde es más fácil corear sus canciones que bailar; sus últimos discos me parece que tienen más estribillos pegajosos que experimentación. ¿Tiene que ver con el hecho de que andan estrenando nueva disquera, Sony Music?
—Porque carece de medidas, supongo. En realidad tocamos donde se pueda, El Plaza Condesa, El Salón Vive Cuervo. Es ahí donde nos llevan. Pero cuando quieras te organizamos a ti solo un concierto para que hagas slam.
—Si estoy yo solo no tengo a quién darle cabezazos.

El grupo consentido de la provincia mexicana
Toda la tensión imperiosa de la entrevista, manipulada en gran parte por Adrián, se desvanece cuando les digo que soy de Torreón y el tema de la Comarca Lagunera brota en la conversación. Por alguna razón les fascina visitar algunos estados de la República Mexicana más allá de las urbes de Guadalajara y Monterrey. Su tour incluye paradas en Hermosillo, Oaxaca, Veracruz, Guanajuato, Toluca (algo no muy común entre las bandas extranjeras latinoamericanas), pero tienen una especial fascinación por la Comarca Lagunera.

—Me encanta Torreón —dice Adrián Dárgelos—, puedo decir que soy un experto en la Comarca Lagunera, conozco a un escritor de ahí que se llama Carlos Velázquez, es un genio, he leído sus dos libros La Biblia Vaquera y La marrana negra de la literatura rosa, en donde hay un cuento que se llama “El alien agropecuario”, donde nosotros somos de alguna manera personajes. Torreón es una ciudad enigmática: tocamos en la Plaza de Toros con Zoé y luego fuimos a una fiesta que ha sido de las mejores de nuestras vidas. Estábamos hospedados en un hotel donde a tan sólo siete cuadras caminando había una especie de bar que estaba en la calle, era como una casa vieja sin pretensión alguna. Nos la pasamos muy bien, dimos entrevistas en lugares que escuchaban una música que nos sorprendía, que nunca habíamos escuchado, es sitios raros, entre una casa y una agencia de autos Porsche.

Carlos Velázquez es un escritor nacido en Torreón, Coahuila, en 1978, autor de libros como Cuco Sánchez Blues. Su nombre cobró estruendosa relevancia toda vez que la Editorial Sexto Piso reeditó su novela La Biblia Vaquera. En 2013 publicó su nuevo libro, una compilación de violentas crónicas reunidas bajo el nombre de El karma de vivir al norte, también en Sexto Piso.

Le pregunté a Carlos Velázquez si era un babafan, tanto como para hacerle un norteño homenaje en su libro de cuentos:
“Más bien en La marrana… hice una crítica a las bandas de rock nacional, el guiño a los babas fue mi forma de decir lo que sí se debe hacer en el rock latinoamericano. Mientras que en Latinoamérica se gestaba el llamado ‘rock en tu idioma’, en el under se cocinaban bandas diametralmente opuestas en cuanto a propuesta estética. Babasónicos fue una de ellas. Sus experimentaciones les ganaron un aura de respetabilidad no sólo en México sino en varios países de habla hispana. Por tal motivo, su salto al pop fue tan bien recibido. Confieso que a mí me gustan más los álbumes Infame (2003) y Anoche (2005) que otros. Sé que esto podrá sonar a blasfemia, pero el arribo de la banda al pop se presentó desde la cima de su experiencia. No fue el caso de un grupo emergente. Y es que la decisión de darle la espalda al pasado, como fue buscar un sonido distinto al principio, refuerza mi idea de que el rock en español es una ilusión. Que es algo que simplemente no existe y no pude definirse. Y es ahí donde se encuentra Babasónicos. Al menos en lo que respecta a nosotros, como mexicanos. Porque dentro de la corriente de rock argentino, es otra cosa. Y su éxito en el país se puede explicar a partir de la honestidad de su propuesta. Que es una banda a la que no le da miedo nada.”

Veintiún años no son nada
Babasónicos celebran veintiún años con Romantisísmico, su nuevo disco, ubicado más en el lado de la simpleza. Es cierto, porque su personalidad es un cúmulo de soberbia y hastío glamoroso, aunque después de un par de minutos son cinco tipos agradables que ya dominan su petulancia con sagaz inteligencia y humor. En lo personal, me gusta su etapa antes de Jessico, pero quizás tenga que ver con que estoy viejo.

Cinco días antes de su concierto en el Auditorio Nacional, un grupo del club de fans ha organizado una muestra de documentales en el Club Atlántico, una taberna alternativa ubicada en el último piso de un edificio en la calle de Uruguay en el Centro Histórico. La mayoría de las que ocupan las mesas altas son chicas, hay más mujeres que hombres. Cuando en alguna parte de los documentales suena un fragmento de la canción “Putita”, la empiezan a corear eufóricas.

Raquel, una chica que conozco, está segura de que Babasónicos están destinados a convertirse en los sustitutos de Soda Stereo. “Creo que a Babasónicos les falta aún mucho para llegar a ser como Soda Stereo, sobre todo porque están muy concentrados en moverse sólo en Argentina y México. Les falta conquistar más plazas latinoamericanas”, dice Ale Tevez.

—Somos simplemente una banda de buscadores, no sabemos qué, pero siempre estamos buscando algo. Aunque un objetivo se ha vuelto constante: darle a nuestro público obra y misterio… —dice Adrián Dárgelos Rodríguez, tamborileando los dedos. Está ansioso por irse.
Y yo, bueno, he logrado controlar la excitación, sólo un poco. \\

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