El abogado del capo

El traidor es uno de los trabajos periodísticos más ambiciosos de la periodista mexicana Anabel Hernández. Su historia se remonta a 2011 cuando la contactó uno de los abogados de Vicente Zambada Niebla, mejor conocido como Vicentillo, quien enfrentaba un juicio en una corte de Chicago. Este es un adelanto del libro publicado por Grijalbo.

Era un frío y convulsivo mes de enero de 2011 cuando él me buscó. Hacía un mes había publicado Los señores del narco, que al poco tiempo de salir a la venta ya iba en su tercera reimpresión. El libro estaba causando polémica e incomodidad en el gobierno, en los círculos empresariales y en los mismos carteles de la droga. Incluso su protagonista, Joaquín el Chapo Guzmán, lo había leído, según me diría años después su compañera sentimental Emma Coronel. 

El retrato que hice del Chapo era un pretexto para narrar lo que había detrás de la impunidad de los integrantes del Cartel de Sinaloa, en particular, y detrás de la llamada “guerra contra el narco” del presidente Felipe Calderón, en general. Desde el primer capítulo, “Un pobre diablo”, quise perfilar la dimensión del capo y el mito. Todos le achacaban ser el narcotraficante más poderoso de todos los tiempos. La mente siniestra detrás de la violencia. El fantasma imposible de atrapar porque se desvanecía en cada intento. Pero yo encontré a otro personaje. Sí, un narcotraficante importante, con ingenio, creatividad, audaz, pero sin la inteligencia o el temperamento que se requería para ser el “jefe de jefes” durante el último siglo de narcotráfico en México.

El libro de Los señores del narco fue el resultado de cinco años de investigación periodística independiente, sin prejuicios. Cientos de asesinatos se iban acumulando año con año hasta volverse miles en todo el país, lo cual era terrible. Pero quería ir más allá, saber qué era lo que permitía que eso sucediera, cuál era la historia de esa descomposición y quiénes eran los responsables. Cuando investigué la historia del Chapo, cuando hablé con las personas que lo conocían, con integrantes de otros carteles, con gente de áreas de inteligencia de los gobiernos estadounidense y mexicano, me pareció que era un personaje inflado con el propósito de que las autoridades disfrazaran la corrupción que había detrás de su falta de voluntad para arrestar al que se supone era el fugitivo número uno.

Nunca quise escribir una historia de narcos, como tampoco quiero hacerlo ahora. Por medio de este viaje, que muchas veces implicó llegar hasta el infierno, la intención era compartir la ventana por la que pude asomarme, para conocer y documentar la complicidad que existía desde hacía décadas entre funcionarios públicos, políticos, empresarios, fuerzas del orden y carteles de la droga, e ir más allá de los retratos pintorescos que parecen hablar sólo de casos aislados.

Aunque las críticas a Los señores del narco iban bien, las cosas para mí se estaban tornando muy complicadas. Recién se publicaron los primeros adelantos de mi libro, se exacerbaron los ánimos del secretario de Seguridad Pública, Genaro García Luna, y los de su equipo más cercano, colaboradores corruptos a los que mencioné como parte de los servidores públicos que estaban al servicio del Cartel de Sinaloa desde el sexenio de Vicente Fox.

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