Venezuela después de la muerte de Chávez

Después de Chávez

Los venezolanos no estaban preparados para la compleja situación política que se formó después de la muerte de Hugo Chávez. El presidente Nicolás Maduro no pudo capitalizar el legado del caudillo; el opositor, Capriles Radonski, ha tratado de descalificar el nuevo gobierno, llamándolo espurio, pero sin mucho éxito.

Diez días duraron las honras fúnebres del presidente Hugo Chávez en la Academia Militar de Venezuela; diez días durante los cuales cientos de miles de personas formaron una procesión kilométrica para demostrar su gratitud y devoción hacia al caudillo, declarado muerto el cinco de marzo a las 4:25 de la tarde, a los cincuenta y ocho años de edad.

La noche del seis de marzo, después de una procesión que duró siete horas, miles de venezolanos llegaron a la Academia Militar de Venezuela, donde estaba expuesto el cuerpo del Chávez. Mientras hacíamos una larga cola para verlo, de una colina de El Valle, una parroquia vecina, bajó una riada de gente vestida con franelas rojas y con velas encendidas. A nuestras espaldas había un grupo de cinco mujeres que habían dejado todo dispuesto en sus casas para ver al comandante. Pasarían la noche en vela si era preciso. Mientras la multitud crecía segundo a segundo, las mujeres mantenían una conversación que retrataba la dimensión del sentimiento del chavismo popular. Una de ellas se dirigió al grupo: “Vamos a ver si ahora estos escuálidos hijos de puta siguen diciendo que a nosotros nos pagan por seguir a nuestro presidente”.

El presidente tuvo unas exequias a la altura de su leyenda. Pero no sólo por su escala faraónica del culto a la personalidad, sino también por el característico color local. Todas las apariciones masivas de Chávez estaban a medio camino entre el mitin político y la romería, el espectáculo y el concilio religioso. El funeral no fue la excepción. Los dolientes se lamentaban y lloraban pero un momento después insultaban a la oposición, mamaban gallo y bailaban.

Muchos decían sentirse agradecidos por lo que Chávez les había dado. El recién fallecido líder era el hombre que los enamoró dándoles identidad política, es decir, dirección a sus anhelos y sus resentimientos. Y no querían que por nada del mundo quedara ninguna duda sobre eso.

A donde se dirigiera la vista se veían imágenes de Chávez y se escuchaban sus discursos repetidos hasta el infinito por parlantes instalados a lo largo de los más de dos kilómetros de cola. Casi todos los presentes llevaban camisetas rojas que representaban su adherencia al proyecto revolucionario chavista. Chávez era un espectro ubicuo que le daba al peregrinaje un impresionante aire de campaña electoral. Y todo esto creaba un estremecedor efecto de déjà vu. ¿Era un funeral, un acto de campaña o ambas cosas?

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