Biografía melancólica de un pandillero
"El asesino que no seremos" narra el encuentro entre un periodista italiano y un expandillero mexicano, ambos migrantes.
agosto 27, 2018

Existe una diferencia entre la palabra italiana negoziare y trattare; la primera refiere a una negociación en donde ambas partes están en igualdad de condiciones; la última, implica una negociación en donde una de las partes es subalterna a la otra; no obstante, la parte vulnerable tiene la posibilidad de adquirir del pacto un beneficio. Entonces, ¿el periodismo sobre sociedades marginales o grupos vulnerables es un trabajo de negoziare o de trattare? Esa es una de las preguntas que indagué en un encuentro con Federico Mastrogiovanni (Roma, 1979) hace un par de días.

Me reuní con Mastrogiovanni para hablar sobre su último libro,  El asesino que no seremos: Biografía melancólica de un pandillero (Debate, 2017). La obra narra el encuentro de dos personajes, Edwin: mexicano, pandillero, antiguo habitante sin papeles de Los Ángeles, condenado a 15 años de prisión en una cárcel estadounidense inculpado de intento de asesinato y hoy profesor de inglés en la Condesa; y el propio autor: periodista, inmigrante italiano residente en México, con un fuerte interés en temas sobre desaparición forzada y derechos humanos. El relato no se concentra en narrar la historia de Edwin como convicto en un sistema penitenciario lleno de abusos y aberrantes circunstancias, sino en la relación entre él y el periodista. Tanto Federico como Edwin son personajes en busca de entender las injusticias y el dolor que aturde a las personas en condiciones marginales; las circunstancias entrañables que acontecen incluso en la miseria y la asimetría de las relaciones sociales una vez que eres estigmatizado como “criminal”, o bien, cuando eres elevado con el supremo título de “periodista”.

De acuerdo con una suerte de mitología social, hay una presunta superioridad moral en el periodista. “El periodista”, una figura sacrificial en la guerra contra la delincuencia organizada en los últimos años, pertenece al santoral laico de nuestra sociedad; es observado como la figura épica de la revelación. Sin embargo, para Mastrogiovanni, el periodista no es nada de esto, el periodista es, ante todo, un narrador y un personaje que busca habitar la horizontalidad de sus relatos.

El asesino que no seremos está conformado por cartas de Edwin escritas desde la prisión a sus seres queridos, letras de canciones, conversaciones entre él y el autor, narraciones de Federico sobre los acontecimientos ocurridos a Edwin, transcripciones de los hechos relatados por el mismo Edwin, y reflexiones de ambos personajes escritas en primera y segunda persona por el periodista. Esta mezcla de géneros y registros proviene de la preocupación del libro por no banalizar un tema tan sonado, como los abusos penitenciarios, y por no volver sus acontecimientos un espectáculo, otra mitología que el lector sólo contemple de manera lejana, ajena. Mastrogiovanni quiere acercar al lector a su historia, involucrarlo como se involucró él con Edwin.

El asesino que no seremos: Biografía melancólica de un pandillero es un título que no refiere a la biografía de Edwin como pandillero en Estados Unidos, es una referencia a la biografía del autor y a la de todos nosotros en la cotidiana “mediocridad chata”, un término de Oswaldo Zavala que retoma Mastrogiovanni: “tenemos momentos heroicos o épicos, pero la gran parte de nuestra vida es una vida chata, que intentamos llevar lo mejor que se pueda. Todos estamos a nada de ser lo peor, y nunca sabemos qué tan cerca estamos de algo terrible. ¡Pero en realidad estamos muy cerca! La posibilidad de que uno se vuelva un asesino o un cabrón y que haga cosas terribles, es muy alta, sencillamente porque la posibilidad existe. Estamos siempre en un equilibro entre una normalidad chata, posibilidades de heroísmo y cercanía con el abismo. Esa es nuestra vida”, me dice Mastrogiovanni.

En esa biografía melancólica resalta el adjetivo. La nostalgia comúnmente tiene que ver con la añoranza de algo en particular, un objeto perdido. La melancolía, en cambio, es la añoranza de algo que no se dio, que no se tuvo jamás; “en el caso de Edwin, es: ‘¿qué habría pasado si yo me hubiera quedado en Estados Unidos?’. Esa construcción imaginaria de una vida que no tuviste y que ya no vas a poder tener, o tal vez nunca hubieras podido tener, es algo muy presente en los inmigrantes, un what if que te carcome. Aunque estés casi seguro de que te va mejor donde estás, ese casi es lo que te chinga”. Así, la biografía melancólica de un pandillero es un padecimiento que se vive como inmigrante, como extranjero, o bien, como lector de realidades desconocidas.

Tengo en mente esta frase tan concurrida en el periodismo y algunas escuelas historiográficas: “hay que dar voz a los que no la tienen”. En una relación periodista/ escritor- testigo/víctima, ¿cómo suprimes la idea de “trattare” para volver al “negoziare”? Es decir, en una dinámica sustentada por una estructura social que jerarquiza a sus miembros y categoriza de “inferior” al preso; y una mitología que ampara una supuesta superioridad moral del escritor o del periodista, ¿cómo lograr una relación entre pares? “Yo puse muy claro que yo iba a decidir cómo se contaba esa historia y no quería intromisiones. Yo decidía; pero esto dentro de un juego de roles en el que mi tarea y mi responsabilidad es escribir y la de Edwin, relatar su historia. Una vez que tú aclaras esto, algo que he hecho con migrantes o familiares de desaparecidos, lo que haces es buscar un reconocimiento mutuo”, afirma Mastrogiovanni.

Esta tarea es sin duda difícil, sobre todo para aquel que se siente inevitablemente vulnerable. “Cuando acabé el libro le pedí a Edwin que lo leyera para hacer dos tipos de correcciones: de acontecimientos y de expresiones lingüísticas. A Edwin le costó trabajo leerse así, él se creía un personaje negativo. Y yo le decía: ‘yo no voy a retratar a una pobrecita víctima, esa persona plana no existe’. Al final le gustó, pero él no estaba acostumbrado a percibirse así. Su imagen construida es o la imagen del buen profesor o la del rudo pandillero, pero siempre hay más lados en el prisma”. Reconocer la multilateralidad de cualquier persona ayuda en la búsqueda de paridad: “cuando tú hablas de ‘víctima’, tú elevas a la víctima a un nivel superior a ti: eso es paternalista, en realidad es una hipocresía porque sigues siendo tú quien lo coloca ahí. Tú sigues decidiendo cómo vas a narrarlo. Tú aparentas ser el protector, tú le estás otorgando una posición aunque finges que la víctima es lo importante. Lo mejor que puedes hacer es intentar ponerte al mismo nivel reconociendo los roles de cada quien. Tú me contarás la historia que yo escribiré, y es tu historia, pero tú no vales más que yo ni yo más que tú. Cada quien respeta su trabajo. Tú respeta mi escritura y yo tu posición de testigo. Esto al menos intenta generar una relación más ecuánime”.

Mastrogiovanni busca en su escritura un respeto fundamental, no un trato con condescendencia. “Basta con la idea de ‘dar voz a quienes no la tienen’, ¿quién te crees?”. Para ejemplificar mejor esto, Federico me habla de un texto del filósofo esloveno Slavoj Žižek sobre el perdón, un texto que discute la idea de perdonar al condenado. La propuesta de Žižek, su provocación, es preguntarse: ¿quién es el soberano para ponerse por encima de la ley y decidir quién recupera la gracia? Algo similar ocurre con el periodismo. “Si tú como periodista te consideras mejor que los demás y actúas de forma paternalista, lo único que haces es confirmar tu status de diferente, de superior. Si realmente te consideras un ciudadano que hace un trabajo, ponte en un lugar de paridad”. Busquemos negociar.

Antes de terminar nuestra conversación, veo el brazo izquierdo de Mastrogiovanni, tiene tatuada la frase “dubitare, disobedire, trattare”; dudar, desobedecer, negociar. Estas palabras son la reelaboración de un lema mussoliniano: “Credere, obedire, combatere”: creer, obedecer y combatir. La frase se la tatuó Edwin cuando Federico estaba por terminar el libro. La autoría es de un colectivo de presos en Italia que se llama Made in Jail. Edwin agregó al tatuaje tres puntos y le dijo a Mastrogiovanni al terminarlo: “ahora tú y yo somos una pandilla”.

*Fotografía de portada de Giulia Lacolutti.

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