“Callas mas Tebaldi, igual a Caballé”.
Un tributo a la legendaria voz de Montserrat Caballé, a 86 años de su nacimiento.
abril 12, 2019

La familia Caballé Folch dormía con el espectáculo previo de un cielo centelleante. Arrinconados en la Plaza de Cataluña, su padre decía: “la oportunidad de ver el amanecer no le sucede a todas las personas”, entonces los hermanos cerraban los ojos en la intemperie. Horas después las palomas aterrizaban con el despliegue de tonos rojizos, “despierten que si no, no oirán los cantos de los pájaros, fíjense cómo cantan cuando amanece”. Montserrat Caballé puso mucha atención.

Su debut internacional recuerda la legendaria recomendación de los maestros que apoyan a sus alumnos: estar preparado para cuando se presente la oportunidad. Una noche de abril de 1965 la soprano Marilyn Horne no pudo interpretar a la aristócrata italiana Lucrecia Borgia, por lo que el personaje de Victor Hugo volvió del renacimiento para estallar a través de la soprano barcelonesa, bajo las luces de la sala de conciertos más famosa de Nueva York. Montserrat Caballé y su talento desmedido fueron descubiertos por el mundo esa noche en el Carnegie Hall.

Su voz retaba la dimensión humana de las imposibilidades. Abría la boca, pero al hacerlo desplegaba alas que la paseaban por los aires, mientras abajo, un público atónito lo presenciaba todo. Un ejercicio recíproco de aguante de respiración, alejado del ahogo, más cercano a la paralización que producen los eventos que no se terminan de procesar.

Aquella vez, la ópera montada originalmente por el compositor Gaetano Donizetti y cientos de veces desde entonces en escenarios del mundo entero, fue sorprendida con la reacción de un público que aplaudió durante 20 minutos. The New York Times, lo reportó así:

 “María Callas mas Renata Tebaldi, igual a Caballé”.

Montserrat Caballé Ópera

Montserrat Caballé / Wikimedia Commons

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Aisladas del mundo, carentes de un comercio exterior, las calles de España resentían las secuelas de la Segunda Guerra Mundial. Los huérfanos eran muchos, niños con padres muertos o encarcelados. Rondaban los moribundos, mendigos y enfermos de tisis y tuberculosis. Las personas morían como perros afuera de tiendas vacías, arrinconadas. Los estómagos hambrientos no hallaban consuelo en las cartillas de racionamiento. La añoranza sabía a trigo, a harina, a pan.

“Si no había pan para comer, mamá hacía colas, caminaba kilómetros, iba a las casas, tocaba y nos lo traía. Trabajaba como una hormiguita hasta las tantas de la noche para darnos alimento”, dicen los recuerdos de Caballé.

En medio de la escasez y la hambruna, aquel estómago ligero comenzó a desarrollar una conciencia de los órganos cercanos, que años más tarde se convertiría en técnica. Monserrat Caballé, suprimía los abdominales, impulsaba el diafragma, llenaba los pulmones y entonces liberaba el aire en un grito que bien podría ser un llamado desde el centro de la tierra.

Sin negar su realidad, los Caballé Folch imaginaban horizontes. Después, ella escribiría:

“Aquella Navidad, en mi casa, solo había pan duro, una vecina nos regaló un huevo. Mi padre salió al monte por romero, mi madre hizo con el pan una sopa de romero y unas torrijas que ablandó con el huevo. Con la clara y la yema sobrante hizo un dulce, dos platos y un postre; qué privilegio.”

Cuando no había dinero para pagar el alquiler se iban a la Plaza de Cataluña. Con el cielo estrellado sobre ellos, los hermanos Montserrat y Carlos escuchaban a su papá decir: “las sorpresas que tendremos en el futuro no se las pueden ni imaginar”.

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La modista Mimí pide ayuda para encender una vela, perdió la llave de su cuarto. Un hombre la encuentra, la guarda en su pantalón. “Qué manita más fría”, le dice, ¡Sí, me llaman Mimí!, era el diálogo de Monserrat Caballé, en el acto primero de La Bohéme, de Giacomo Puccini, en el teatro de Basilea, en 1956.

En las clases de gimnasia con la maestra Eugenia Kemeny, la soprano fortaleció el abdomen. “Los abdominales son el fundamento de la emisión pura del sonido”. La maestra que transitaba entre el canto y el atletismo, le ayudó a perfeccionar sus ejercicios de respiración, durante los 13 años que estudió en el Liceo de Barcelona, con la beca que le dio el director Pedro Vallribera. Después partió a orillas del Río Rin, a Basilea, la ciudad al Noroeste de Suiza.

“Cuando cumplí 16 años se acabó la beca del director. Pero el hermano de mamá era vigilante en una zona privilegiada de Barcelona. Conocía a la familia Bertrand, que organizaba obras en casas de cultura y hospitales. Papá escribió una carta como si fuera yo. Contestaron que habían pedido informes al Conservatorio y estaban dispuestos a ayudar. Fueron mis mecenas hasta los 22 años”

Tras la primera audición en Basilea, le ofrecieron un contrato de tres años y medio como artista residente, ahí comenzó a “hacer kilómetros en escena”.

Montserrat Caballé música

Montserrat Caballé / Wikimedia Commons

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Al sonido se le divide en notas. La voz humana alcanza las mismas notas que un piano, una gaita o una armónica. La voz humana tiene las notas que producen los lápices al caer o los globos cuando son reventados. Escuchar a Monserrat Caballé era también escuchar a un grillo en el bosque, un vitral reventándose o mil violines en concierto. Podía cantar frases enteras sin respirar. Compartió escenario con Luciano Pavarotti, Renata Tebaldi y Aldo Protti; cantó Madame Butterfly de Puccini, el Gato Montés de Manuel Penella. La mujer camaleónica, probó el barroco, la música contemporánea, óperas, canciones de Cataluña y España.

Los telones la presentaron una y mil veces en recintos de palcos dorados y luces amarillas, de butacas de terciopelo rojo y frescos en la alturas. Donde relucían trajes, abrigos y joyas. La Ópera de París, la Scala de Milán, o el Gran Teatro del Liceo.

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Juegos Olímpicos de Barcelona, un instante de 1992. “Con el mar que era nuestro mar y el aire que era nuestro aire”, el eco de la voz de Freddy Mercury empezaba en el estómago de Monserrat Caballé. Una manera de estar en el cielo, pero también debajo de él.

En ensamble o como solista Monserrat Caballé cuidaba de la música, cuidaba lo propio. “Las partituras se toman con respeto, uno está para servirle a la música, para preguntarse si sirve a los compositores, ellos son los grandes creadores”.

Cuando le ofrecían un papel, la mujer que podía cantarlo todo se cuestionaba si alcanzaría las notas necesarias. “No hay nada peor que traicionar la música”, aseguraba. Aquella niña mal alimentada comprobó que la vida cambia para todos y se midió con los mejores, para descubrir que era superior.

Montserrat Caballé y su hijo

Montserrat Caballé y su hijo / Wikimedia Commons

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Juntó a representantes de la política y la cultura, defraudó al fisco por 508 mil euros. Tuvo dos hijos, Monserrat y Bernabé Martí. Cumplió junto a su hermano Carlos los “viajes imaginarios” que planearon con su papá.

Pensaba que no había que creer en los halagos, porque así nacían los “falsos divos”. Rechazaba el calificativo de leyenda de la ópera y también el de diva. Creía en su trabajo, en que lo hizo “lo mejor posible, al más alto nivel.”

“La música llena, llena una vida, llena un sentimiento, pero en la vida hay otras cosas que también llenan”, solía decir. La internaron a los 85 años, en Barcelona.

La niña que pasó frío tuvo una muerte cálida, su canto no fue agonía. Afuera del hospital aterrizaron palomas, pero Monserrat Caballé ya no despertó. Esta vez fueron ellas quienes montaron guardia con la esperanza de escucharla cantar al amanecer.


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