casa Rivas Mercado, portada

Caprichos del Porfiriato

En el corazón de la colonia Guerrero han abierto al público la casa Rivas Mercado, una mansión que en su tiempo fue laboratorio arquitectónico.

Por Carolina Peralta / Fotografía Jimena Díaz

Lo que hoy conocemos como la colonia Guerrero, en tiempos prehispánicos fue parte del magnífico barrio de Cuepopan y mucho más tarde, Bellavista. Eran hectáreas y hectáreas de naranjos, una vista digna de magnates porfirianos, como lo fue el arquitecto del Ángel de la Independencia, Antonio Rivas Mercado, quien construyó allí su casa, una de las más caprichosas y hermosas que jamás se haya construido en la ciudad. Después de haber estado años en total abandono, el gobierno de la Ciudad de México comenzó su restauración y ahora está lista para recibir visitas.

En la calle Héroes 45, en 2 000 metros cuadrados, Rivas Mercado construyó la mansión como su propio laboratorio arquitectónico. Ahí representó la arquitectura ecléctica, o bien, lo que podrían ser todos sus caprichos artísticos. Una mezcla de elementos muy distintos en perfecta armonía: columnas dóricas, siete tipos de cantera, unas escaleras árabes, balaustradas renacentistas, piedra, ladrillo, maderas antiquísimas, más de 50 000 piezas de mosaicos encáusticos (recubiertos con cera), adornos góticos…, y su capricho mayor: Rivas Mercado situó la construcción a 45 grados y no a 90, es decir, que no da a la calle. Algo rarísimo en aquellos tiempos.

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La mansión Rivas Mercado ha sido rescatada en el corazón de la colonia Guerrero.

Cuando uno visita esta casa se encuentra con detalles mínimos —hasta en las bisagras de las puertas— que reviven el fantasma de un arquitecto detallista y estético. Ahí deambulan también los fantasmas de una familia muy controversial: en esta casa creció Antonieta Rivas Mercado, hija del arquitecto y la primera mujer moderna mexicana, artista, escritora y mecenas excéntrica, amante de Vasconcelos, defensora de los derechos de la mujer, conocida también por su trágico suicidio con el arma de Vasconcelos en Notre Dame.

Uno descubre la casa desde los detalles y las historias que se escuchan en las visitas guiadas que ofrecen. Por ejemplo, el rincón que dividía la recámara de Antonio —el doble de grande— de la de su esposa Matilde, con un reclinatorio donde rezaban mirando hacia la pared. Historias como aquella en que Antonio Rivas Mercado, siendo director de la Academia de San Carlos, consiguió la beca con que Diego Rivera estudió pintura en Europa. Pocos años después, en la huelga de 1911, el mismo Rivera, con Orozco y más estudiantes, todos inspirados por el espíritu disidente del Dr. Atl, lo recibieron en la escuela para después seguirlo hasta su casa con los gritos: “¡Abajo la aplanadora!”, mientras le arrojaban tomates y huevos podridos; acusaban a Rivas Mercado de no ser nacionalista.

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Sin embargo, el arquitecto presumía elementos prehispánicos en su casa. Justo donde termina el recorrido, en la parte más alta de la casa, lo que fue su estudio al aire libre es ahora una terraza con vista excepcional a la ciudad, rodeada por un pergolado y columnas con motivos mayas en piedra, de los cuales todavía se conservan algunos originales.

Después del excepcional trabajo para recuperar la casa, queda ver cómo el proyecto evolucionará en relación con los vecinos. Ojalá que sea también un espacio que la comunidad pueda reclamar como suyo, ya que lleva en los cimientos el más puro espíritu guerrero.

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Esta nota se publicó originalmente en local.mx.

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