El camino hacia Mazatlán
¿Cómo se ha transformado uno de los grandes puertos mexicanos?
diciembre 6, 2018

Después de muchos años de no haberla visitado, el escritor mexicano Julián Herbert regresó a la ciudad donde pasó una parte de su juventud. Llegó a Mazatlán, acompañado de un fotógrafo y un videógrafo, para registrar los cambios que ha vivido uno de los puertos más importantes del país. Ahí se encontró con un centro turístico en crecimiento, pero también con algunos de los grandes problemas del resto de México: violencia, narcotráfico, pobreza y corrupción. Ésta también es la crónica de un reencuentro con el pasado: “Vengo a Mazatlán a tratar de entender qué me pasó”.


Luis Jorge y yo— salimos de Saltillo en una van con rumbo a Hermosillo en el verano 2001. Nuestro plan era cruzar las montañas de Chihuahua hacia Sonora; 24 horas de carretera. Antes de pasar Torreón, Luis Jorge dijo que no conocía el mar. Así que cambiamos la ruta: nos desviamos a Durango con la intención de atravesar el Espinazo del Diablo para hacer una parada relámpago en el malecón de Mazatlán. Gera condujo todo el tiempo. Nos agarró la noche en Durango, descansamos un rato y continuamos el viaje de madrugada. 

Faltaba poco para el amanecer cuando llegamos al Espinazo. La niebla te cegaba a medio metro de distancia, hacía frío y las curvas y las luces de los tráileres embestían como dragones medievales. Del lado izquierdo se alzaba una pared de roca tan comprimida como un crochet mineral cuyos pliegues dibujaban a ratos, en claroscuro y entre el vaho, caras de risa malsana y cuerpos en disposición de tortura; un retablo perturbador y más o menos hilarante. A contramano se abrió un barranco del que emergían destellos: reflejo de faros sobre los restos metálicos de alguno de los automóviles despeñados durante décadas. 

El Espinazo del Diablo, única vía terrestre de entonces para conectar a Mazatlán con el noreste del país, era en la mente de mi generación y en la de generaciones anteriores de mexicanos un animal mitológico que se alimentaba de traileros y autobuses, pero que durante el día compensaba sus crímenes ofreciendo paisajes extáticos. Eso esperábamos ver y la experiencia no nos defraudó, aunque nos vino de otro lado: cuando empezaron a filtrarse los primeros atisbos de aurora entre las bocanadas de bruma, un convoy nos rebasó; eran los bártulos de un circo. La última plataforma nos desperezó: en un tráiler abierto de doble extensión viajaban a través de la Sierra Madre Occidental tres o cuatro elefantes dormidos. Me sentí por un instante, no sé si en un golpe de lucidez o en un sueño, montado en una de las bestias que cruzaron los Alpes al mando del comandante Aníbal Barca en el año 218 a. C. Luego la imagen se disipó y el sol clareó sobre nosotros, que descendíamos ya rumbo a la costa. 

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El malecón del puerto. A diferencia de Los Cabos o Acapulco, cuya vida turística tiene múltiples apoyos y recursos, la de Mazatlán es una industria focalizada.

Nos instalamos en una cantina de la avenida Olas Altas. Gerardo rentó un cuarto y se metió a descansar. Luis Jorge pasó dos o tres horas sentado en la arena, sin apenas haberse mojado los pies, llorando y contemplando la marea. Después de esta experiencia ejemplar, seguimos el peregrinaje rumbo al norte hasta Hermosillo, en los desiertos de Sonora.

Ahora es noviembre de 2018 y el camino a Mazatlán, que recorro a 80 kilómetros por hora en compañía del videasta Sebastián Rico y el fotógrafo Germán Siller, es muy distinto: para empezar es caro y está lleno de horadaciones y milagrería tecnócrata. La nueva carretera de cuota Durango-Mazatlán fue inaugurada por el presidente Felipe Calderón cuando ya nadie le hacía caso: a finales de noviembre de 2012, durante los últimos días de su mandato. Costó 25 mil millones de pesos y generó en su momento mil empleos directos y más de dos mil indirectos. Consta de 63 túneles y 115 puentes, entre estos últimos la joya de la corona: el Baluarte, un puente atirantado que empezó a funcionar hasta finales de 2013 y que hasta 2016 era el de mayor distancia de caída en el mundo. Dicen que el edificio Empire State cabría debajo de él. El Baluarte es una obra de ingeniería tan fantástica que constituye por sí solo un atractivo turístico menor. Los habitantes de sus inmediaciones se las han ingeniado para establecer cerca de él un mirador con comedores para viajeros. 

Como todas las cosas en México, la autopista Durango-Mazatlán tiene sus asegunes: no pasó un día del régimen de Enrique Peña Nieto en que no estuviera en reparación, y año con año es cerrada total o parcialmente debido a deslaves, fracturas en túneles o daños en los puentes, incluido el Baluarte. Es posible que los materiales con los que se ejecutó la obra no estuvieran a la altura de la calidad del proyecto. Sin embargo, el impacto social y económico es ya perceptible: un recorrido que antes tomaba entre cinco y seis horas a través de 327 kilómetros de peliagudas curvas y barrancos se realiza ahora en tres horas y 256 kilómetros sobre una pista de 16 metros de ancho en promedio. En los últimos cuatro años, Mazatlán experimentó un boom turístico y comercial sin precedentes. Es esto lo que he venido a investigar, junto con las implicaciones que el corredor económico del norte (un proyecto carretero que se extiende desde el puerto sinaloense hasta el Valle de Texas) podría tener en el trasiego de drogas y el lavado de dinero. También estoy viajando a Mazatlán en busca de mis demonios.

La última vez que recorrí esta vía fue el Bloomsday de 2015: martes 16 de junio. Recuerdo haber entrado al túnel El Sinaloense cantando con mi hijo Leonardo, entonces de seis años, una canción de The Beatles que sonaba en el estéreo: “It´s All Too Much”. Volvíamos de la playa y yo pensé: podría quedarme a vivir en este momento para siempre. No sabía que estábamos viajando al corazón de las tinieblas. Ya para entonces mi consumo de alcohol era constante, pero en los dos años siguientes se recrudeció. Perdí a mi familia, mi casa, el auto en cuyo estéreo escuchábamos a The Beatles, las ganas de despertar por las mañanas. Terminé solo, transido de fiebre linfática en un hotel de Shanghái. Cuando regresé a México, tenía las piernas tan hinchadas que no podía levantarme de la cama y bajar un piso para abrirle la puerta al dealer. Me quebré. Dentro de unos días cumpliré seis meses sin consumir alcohol ni drogas. Vengo a contemplar, desde mi precaria sobriedad, el modo en que se emborrachan otros —después de todo, el puerto tiene la fama de ser una cantina gigantesca—. Y a investigar por qué no pude quedarme a vivir en un instante de felicidad junto a mi hijo. Y a releer un texto de David Foster Wallace, Una cosa supuestamente divertida que nunca volveré a hacer, la crónica de un crucero marítimo escrita por un alcohólico rehabilitado; lo traigo en la mochila. Vengo a Mazatlán a tratar de entender qué me pasó.

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El puente El Baluarte empezó a construirse a finales de 2013 y hasta 2016 fue el de mayor distancia de caída en el mundo.

Germán quiere fotografiar el Baluarte desde el mirador con un dron, pero los ángulos de la puesta de sol no le favorecen. Avanzamos en el auto y, aunque está prohibido —hay que torcer las reglas: nosotros también somos mexicanos—, nos detenemos a la mitad del mastodonte de metal y de concreto, junto a la placa que marca el límite entre los estados de Durango y Sinaloa. Es una gozadera ver a Germán pilotear su avioncito con asistencia vía satélite mientras a nuestro lado pasan a moderada velocidad los transportes de carga que zarandean el Baluarte como si fuera una tarima de baile escolar. Da un poquito de miedo, pero rico. Me asomo por la baranda: abajo, a más de 400 metros de caída libre, se escucha correr el río Baluarte. Digo se escucha, porque la distancia no permite ver el movimiento del agua. Me estiro y toco uno de los pantagruélicos cabezales de acero que rematan los tirantes. Hace tres años no pude ni mirar hacia abajo en el puente colgante de Ojuela, en Mapimí, cuya altura es de apenas 95 metros. Ése es uno de los múltiples efectos secundarios de la sobriedad: me curó el vértigo. Germán termina de hacer fotos y retomamos el trayecto. Cuando llegamos al pie del océano, ya es de noche.

Por la mañana, al salir a correr al malecón, me encuentro con la sorpresa de que la Avenida del Mar —el paseo escénico construido en tiempos de Díaz Ordaz que conecta la zona dorada con el centro histórico y es uno de los principales atractivos del puerto— está cerrada al tránsito vehicular por remodelación. Me imagino que será un golpe durísimo para restauranteros, conductores de pulmonías y muchos otros oficios de la industria. “Así es —me dirá después Gaspar Pruneda, director y copropietario de Las Flores, el hotel donde me hospedo—, pero uno aguanta porque sabe que era algo necesario”. Un taxista rapero opinará, en cambio: “Llevan así todo el año los culeros, con tal de clavarse una feria. Que shinguen a su madre”. 

Otra cosa que noto mientras corro por el malecón es que abunda la infraestructura turística en desarrollo: por lo menos cuatro grandes edificios se construyen en un espacio de tres kilómetros, además de remodelaciones, ampliaciones, trabajitos y mejoras en decenas de inmuebles. Se me ocurre lo mismo que se le ocurriría a cualquier otro norteño malquistado y pueblerino habituado a las estrategias financieras del narco: ¿no estarán lavando dinero?

Salimos en el auto y buscamos vías alternas al centro histórico. Terminamos perdidos en el barrio de Las Quince Letras, frente a la chula iglesia color blanco y aqua —una combinación que veré mucho en estos días— de Cristo Rey. Pasa un plomero y, luego de contarnos todas las reparaciones que ha hecho esta mañana, nos da indicaciones para llegar a nuestro destino. Eso me cae bien de los sinaloenses: no los tienes que entrevistar, solitos te cuentan su vida y milagros.

Parqueamos cerca del mercado y caminamos hasta la Plaza de la República, junto a la alcaldía y la catedral de estilo gótico morisco donde comienza el recorrido del centro histórico remodelado con una pizca de fantasía Walt Disney para beneplácito del turismo extranjero. Hacemos la parada obligatoria en los raspados de Isaías, un carretón con 53 años de historia. Pido uno de nanchi. Qué decepción: azúcar con hielo. Tengo con qué compararlo, porque hace poco estuve en Chicago y pedí lo mismo en un puesto de la Calle 26, uno de los principales barrios mexicanos; lo que me sirvieron tenía sabor a infancia y era un legítimo manjar del Pacífico mexicano. Lo menciono porque estoy en el Pacífico mexicano, y la experiencia con Isaías me hace dudar de qué es la tradición y qué la globalización. Tal vez ése debería ser el tema de mi viaje.

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El hotel Las Flores se encuentra en la zona turística donde se construyen muchos desarrollos inmobiliarios.

Doblamos rumbo a la plaza Machado, principal reducto turístico del paseo: está rodeada de restaurantes, caserones recién pintados y vendimia. Hoy llegaron dos cruceros: el Carnival Splendor y el Baby Princess. Mañana llegará un tercero del doble de dimensiones: el Norwegian. Los viajeros, anglosajones todos ellos, pasean entre las callejuelas o almuerzan en terrazas; tienen apenas unas horas para adquirir el perfume cultural de la ciudad. Aunque no se les considera turistas sino “visitantes”, el público de los cruceros es importante no sólo por su moderada derrama económica, sino porque mantiene la buena imagen y promoción del destino. De ahí que en 2011 haya cundido la alarma cuando la totalidad de las empresas de este ramo cancelaron su arribo por causa de la violencia en Sinaloa. Tomó una ardua gestión política del gobernador Mario López Valdez que las compañías aceptaran regresar a principios de 2014. Éste es sólo uno de los muchos desaguisados que la industria turística local ha vivido: a diferencia de Los Cabos o Acapulco, cuya vida turística tiene múltiples apoyos y recursos, la de Mazatlán es una industria focalizada y, hasta antes de la construcción de la autopista, era marcadamente estacional —verano para el turismo nacional, invierno para el extranjero—. La mala nota de los cruceros cancelados afectó el flujo de este último.

El establecimiento de la plaza Machado que más llama mi atención y la de otros viandantes es un café que oferta tequila curado con serpientes. Hay falsos coralillos y también cascabeles degolladas —para extraerles el veneno—. ¿No será too much? Dudo que la carne de víbora sea un buen aditivo para el aguardiente. ¿No hubiera sido mejor, si se trataba de lucir nuestra barbarie, vender mezcal con jumiles de la sierra de Guerrero, que según mi recuerdo es delicioso?

El centro histórico de Mazatlán es un proyecto que data de mediados de los setenta. Su primer promotor fue Antonio Haas Espinosa de los Monteros, escritor y periodista, amigo de Carlos Monsiváis, y un personaje que ostenta entre los locales el título nobiliario kitsch de “El Primer Mazatleco Graduado en Harvard”. Haas creó una sociedad para salvaguardar el teatro Ángela Peralta, tan abandonado en esa época que tenía un árbol en el centro del escenario. Tras este rescate, Haas integró el patronato del centro histórico con apoyos privados, estatales y municipales. En alguna ocasión, mi amigo Gaspar Pruneda afirmó: 

—El hallazgo del plus turístico de Mazatlán no salió de los hoteleros sino de los intelectuales. 

La opinión me sorprendió viniendo de un empresario. Sin embargo, como me explicaría luego Arturo Santamaría (periodista y sociólogo, autor de varios libros sobre la historia del turismo en la ciudad y de una obra excepcional: De carnaval, reinas y narco, colección de crónicas que a ritmo de música de banda intenta desentrañar las intrincadas relaciones entre la cultura popular, la ilegalidad y la belleza femenina que han situado a Sinaloa en el imaginario mexicano), lo dicho por Gaspar no representa a su gremio.

—Al principio, los hoteleros rechazaban el proyecto. Estimaban que afectaría sus negocios, sobre todo en el ámbito gastronómico. Se trataba de una pugna entre dos élites, porque Haas descendía de agricultores poderosos. Fue tanta la oposición inicial al centro histórico que hasta Enrique Vega, cronista de la ciudad, desconfiaba de él. Ahora es distinto, claro, y qué bueno que fue un éxito.

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Muchos de los negocios del centro histórico viven de los turistas que llegan en cruceros.

La preocupación inicial de los hoteleros tiene que ver con algo que el propio Santamaría estudia en alguno de sus libros, y es la integración vertical de los servicios turísticos. Wikipedia la describe como “un estilo de propiedad y control [donde] las compañías […] están unidas por una jerarquía y comparten un mismo dueño. Generalmente, los miembros de esta jerarquía desarrollan tareas diferentes que se combinan para satisfacer una necesidad común”. El problema de la integración vertical de los servicios al tiempo libre no atañe exclusivamente a Mazatlán: es un fenómeno característico de nuestro tiempo. Si el turismo se originó (al menos en su cabal sentido moderno) como una consecuencia de la Revolución Industrial, no es extraño que su espíritu esté en crisis. Basta notar dos de sus extremos: la propensión de un grupo de viajeros por nuevos destinos artesanales (como lo fueron alguna vez Chacahua y otras playas oaxaqueñas), que conserven el sabor de lo desintegrado y auténtico; y, en contrapartida, el turista que prefiere alojarse en un hotel como Pueblo Bonito At Emerald Bay de Ernesto Coppel, donde, más que hospedado en Mazatlán, uno se siente en una versión Infonavit de las islas del Mediterráneo. He aquí un dilema colateral al de tradición/globalización: diversidad versus integración.

Una condición del centro histórico es la abundancia de propiedades cuya fachada se encuentra en buen estado pero que están vacías o incluso carecen de techo: parecen casi contravenir el desarrollo en infraestructura que vi esta mañana sobre el malecón. Hay un antiguo hospital militar, la finca donde estuvo la primera imprenta local, un caserón de fachada celeste que ostenta una placa con una cita de D. H. Lawrence que compara a Mazatlán con las islas de los Mares del Sur: todos ellos vacíos, huecos. El sentimiento de que el centro histórico es una hechura artificial más política que pragmática es compartido por algunos habitantes de la zona, por ejemplo don Jesús, cuya familia sostiene desde hace más de 50 años un taller de enderezado y pintura a media cuadra de la avenida Olas Altas:

—No te dejan remodelar la casa y tampoco te ayudan con recursos. Esta vez nos dieron para la pintura, pero
es raro que lo hagan; nomás te dicen cuáles son los colores permitidos. Quién sabe qué harán con el dinero, porque a nosotros nomás nos ponen reglas y no nos informan ni nos dan nada.

Sin embargo, el vacío de estas fincas maquilladas alberga un valor intangible: la convicción de que el arte y la cultura son aspectos inherentes a la vida del puerto. Un rasgo poco desarrollado en Acapulco y casi inexistente en Los Cabos, Puerto Vallarta o Cancún, por mencionar otros destinos de gran turismo mexicanos. Por eso Mazatlán cuenta con un Festival Nacional de Teatro, un Festival Artístico Internacional que se celebra entre finales de octubre y principios de noviembre, una espléndida compañía de danza contemporánea —Delfos, fundada en 1992 y dirigida por los coreógrafos y bailarines Víctor Manuel Ruiz y Claudia Lavista— y varios museos, centros culturales y librerías. No sé hasta qué punto la idea de convertir a Mazatlán en una suerte de San Miguel de Allende con sol y playa tenga impacto en el turismo internacional (mi impresión es que poco), pero sin duda ha tenido un efecto benéfico para la población local, contribuyendo por ejemplo a abatir los índices de criminalidad, que hasta hace unos años fueron significativamente altos y que en la actualidad están muy lejos del desastre que se vive en Acapulco. Tal vez la consecuencia indirecta sea el desarrollo condominial, que es algo a lo que parecen apostar los nuevos constructores. Hay por aquí una cierta pax narcótica pese a la proximidad del Triángulo Dorado de los estupefacientes, que abarca la región de la Sierra Madre Occidental comprendida entre las ciudades de Culiacán, Durango y Chihuahua.

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La iglesia de Cristo Rey tiene una fachada que llama la atención.

A las dos de la tarde nos reunimos con Juan José Rodríguez, novelista y conocedor de la historia local, en el Centro Cultural Universitario, del que es director. Se trata de un edificio que antaño albergó la prepa Rosales y se localiza subiendo por una cuesta del Cerro de Casamata en el barrio de Las Calaveras, cerca de la casa donde nació Pedro Infante, de la Administración Portuaria Integral (API) y de la cervecería Pacífico. El recinto exhibe en forma temporal una importante colección de Antonio López Sáenz, el pintor mazatleco por antonomasia.

La charla con Juanjo y con su amigo Luis Antonio Martínez Peña, historiador, es fluida y más o menos insustancial. Hablamos sobre inmigración europea, música de banda y beisbol. Como en la mayoría de las sociedades migrantes de finales del xix, la impronta de los empresarios extranjeros en el puerto está cubierta por un barniz dorado: se ensalza su influjo en actividades productivas como la pesca y la fabricación de cerveza, en el arte a través de la importación de instrumentos de viento desde
Europa, en la arquitectura y los hábitos gastronómicos… Se magnifica la huella cultural de un grupo que, después de todo, ni siquiera fue jamás tan numeroso, y se menciona poco, por ejemplo, a la comunidad cantonesa o la simpatía de los alemanes locales por el nazismo. Don Porfirio puede haber fracasado en su pretensión de “mejorar la raza mexicana” importando gente rubia, pero el fuego de su imaginación sigue vivo.

Un orgullo chovinista más justificado es la música de banda —“que ahorita es más representativa de México que el mariachi”, afirma Juanjo no sin temeridad—: un estilo musical que consolidó don Cruz Lizárraga con El Recodo y que no sólo le ha dado la vuelta al mundo, sino que creó un tipo de junior norteño: el buchón, bebedor de Buchanan´s que viste vaquero, conduce una troca, tiene muchas mujeres, consume perico, es bravo como él solo pero al mismo tiempo tiene cursi, cursi el corazón.

Conversamos finalmente sobre la Liga de Beisbol del Pacífico, que es muy buena pero no ofrece posibilidades de desarrollo deportivo porque, como explica Juanjo, “es de exhibición: a ella vienen a jugar los peloteros de ligas mayores cuando están de vacaciones, por eso no hay mucho trabajo formativo y de fuerzas básicas”. El deporte sirve de pretexto para abordar la rivalidad entre Culiacán y el puerto, las dos ciudades más densamente pobladas de Sinaloa. Aunque la pugna entre Tomateros y Venados explica en parte esta tensión, su origen es más profundo y abarca esferas políticas, económicas y culturales. Mazatlán resiente el hecho de no ser capital pese a ser más cosmopolita, pero lo cierto es que esto se debe a una cuestión histórica de seguridad nacional: desde la segunda mitad del siglo xix, un edicto juarista prohibió que las aduanas y los puertos fueran capitales provinciales debido a la fuerte presencia de una burguesía extranjera, enemiga del poder centralizador y “preglobalizadora”, por llamarle de algún modo. Este fenómeno se repite en binomios norteños regionales como Chihuahua/Ciudad Juárez o Saltillo/Torreón, y ha tenido el efecto histórico de crear contrapesos de oposición que en ocasiones tienen arrastre nacional, como fue el caso del movimiento encabezado por el sinaloense Manuel Clouthier en 1988. En el Sinaloa contemporáneo, estos contrapesos acaban de vivir resonantes victorias: primero, en 2016, fue electo gobernador del estado (aunque desde las filas del PRI) un mazatleco, cosa inédita: Quirino Ordaz Coppel. Después, en las elecciones intermedias de este 2018, los restos del viejo clouthierismo emancipado del pan y reconstituido dentro de Morena barrieron con la mayor parte de las alcaldías, incluida por supuesto la de aquí. Este nuevo escenario político forma parte de la esperanza y la visión que tienen los empresarios hoteleros (y muchos otros actores, entre ellos los intelectuales) para el desarrollo económico de su ciudad a mediano plazo, pues a pesar de las diferencias partidistas tienen, por primera vez en la historia, aliados en los niveles municipal, estatal y federal de la administración pública.

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En la terminal marítima hay barcos de carga y otros utilizados para el turismo.

Intento llevar la plática hacia temas menos complacientes, como el narcomenudeo y el lavado de dinero, pero Juanjo me ataja:

—No, eso no hay aquí. Narcomenudeo sí, en la Ciudad Perdida, pero lavado, no. Eso lo ves en Culiacán, ahí sí anda todo mundo con sus Lincoln y sus BMW. Aquí no porque es muy chico, se notaría. Y ya hay muchos controles.

Mis colegas no parecen cómodos hablando del tema. De pronto recuerdo que estoy en un recinto universitario, y la Universidad de Sonora (unison) ha sido repetidamente señalada por actos de corrupción y por sus vínculos con los poderes
fácticos; incluso el periodista Arturo Santamaría denunció en 2012 al exrector y exalcalde de Culiacán, Héctor Melesio Cuén Ojeda, por amenazas contra su vida. Recuerdo que Rodríguez aceptó verme como amigo, no en su calidad de especialista o funcionario, y dejo en paz el asunto.

***

A sugerencia de Juanjo, Sebastián y Germán y yo decidimos comer en La Puntilla, cerca de la api, rumbo al Faro de Navegación Marítima. Pasamos en el auto junto a la cervecería Pacífico y le pido a Germán que se detenga. Desciendo y me interno a pie entre las calles de la Ciudad Perdida.

La colonia Gabriel Leyva fue fundada
a lo largo del siglo xx mediante ocupaciones de terrenos aledaños al mar. Los habitantes fueron llenando con escombro huecos de las playas a donde solían ir de pesca, hasta paulatinamente dar origen a un barrio que se asemeja un poco al de La Perla en San Juan Puerto Rico (aunque es menos bonito y está muy deteriorado), y que con frecuencia es comparado por la prensa con las favelas brasileñas. Corre entre las avenidas Gabriel Leyva y Emilio Barragán: este último de sus límites es vecino de la Cuarta Zona Naval. Los oriundos del puerto conocen a la Gabriel Leyva como “cp” o la Ciudad Perdida por sus intrincadas callejuelas sin salida y sus calles bloqueadas con muebles o troncos. También porque es la sede del narcomenudeo en Mazatlán, y la fama es que en sus inmediaciones se consigue la mejor cocaína de México. 

(“Ya no tanto —me confesó un informante anónimo durante mi recorrido—; es que el punto lo controla ahora El
Chapito, y con él bajó la calidad”).

Deambulo algunas cuadras sin que nadie me detenga, pero por supuesto el barrio sabe siempre quién eres:

—No le dé por ahí, don. Esa calle no tiene salida. 

Los puntos de venta son varios, incluso sobre la avenida Gabriel Leyva. La principal casa de distribución tiene los cristales pintados de negro y antes solía ser un picadero, pero lo cerraron como parte de la negociación con la policía municipal. Ahora sólo se utiliza como almacén. Lo llaman El Big Brother. La policía sabe desde hace años lo que sucede aquí (carajo, lo sabe hasta un turista recién rehabilitado como yo) pero no entran a la colonia, y si alguna vez lo hacen, primero avisan, o al menos eso es lo que me dirá Fermín, el mesero al que entrevistaré un poco más adelante. Lo que sí hace la policía municipal (alguna vez, en mi otra vida, me tocó) es apostarse entre las calles adyacentes a la “cp” para detener a los compradores de droga y extorsionarlos.

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Regreso al auto y nos enfilamos a La Puntilla, situada frente a un pequeño embarcadero de naves turísticas donde la flor y nata de la infancia costeña se entrena en el noble arte de la natación, los clavados y la bulla dickensiana. Los precios del restaurante son tan razonables que ordenamos con holgura: ostiones en su concha, filetes, ceviches y callo. Los mazatlecos presumen ser los inventores de lo que en México llamamos “comida estilo Baja”, y un poco es verdad. Después de todo, la vocación original del puerto es la pesca, primero industrial y después deportiva. Hubo una época, me contará más tarde Arturo Santamaría, en que el camarón era considerado por la burguesía local como un insumo alimentario despreciable, propio de las clases subalternas. Ahora, claro, es el platillo de elección en cualquier
restaurante que se respete. 

Mazatlán ha contado con al menos dos afamados chefs populares en su historia: el Mamucas y el Cuchupetas. El Mamucas se formó en las cocinas de los barcos pesqueros de los sesenta, puso después un restaurante en el puerto y cobró fama nacional en los setenta gracias a Raúl Velasco y el programa de televisión Siempre en Domingo. Cuchupetas tiene su establecimiento en el cercano pueblo de Villa Unión y se hizo célebre por haber cocinado en una fiesta de cumpleaños del expresidente Carlos Salinas de Gortari. Su especialidad son los langostinos a las brasas con el aliño secreto de la casa.

Mientras nos atienden en La Puntilla, Germán decide aprovechar la hermosa luz del atardecer para realizar algunas fotos del embarcadero y de los grandes cruceros turísticos, que a esta hora se marchan. Yo sigo hablando con Sebastián, enfebrecido, acerca de la Ciudad Perdida. Nuestro mesero (por su seguridad personal, no puedo escribir su nombre; lo llamaré Fermín) se interesa:

—Yo vivo en la Gabriel —dice.

 —¿Cómo anda el agua? —le pregunto—. ¿Muy cabrón?

Lo dije antes: a los sinaloenses no hace falta entrevistarlos, basta que les prestes el micrófono.

—El otro día agarraron a un plebe, el Lenguas, creo que le dicen, o el Lengua-sabe-qué. Un vecino lo grabó en su celular robándose unas llantas, n´hombre, dejó el mueble parado en unos bloques. Y la señora del carro juntó a sus amigas y lo persiguieron para darle una chinga. Salió corriendo y se escondió allá por el Big Brother, en una casa, y hasta de allá quería sacarlo la manada. Fue ahí por donde vivo. Llegaron tres batos en una troca. Se bajaron dos con rifles, otro se quedó manejando y en el radio. También venía una patrulla, pero cuando vio a éstos mejor se devolvió. “Nomás una”, dijo el pelao que se quedó en la troca. Los de los rifles calmaron a la perrada, subieron y sacaron al plebe. El Lenguas, creo que es. Le dieron una verguiza y lo tiraron desde arriba sobre la casa de Emilio. Luego bajaron y le mocharon una mano. Nomás una. Había vecinos grabando con celulares, pero les advirtieron que no fueran a subir nada al youtube. También dijeron antes de irse, para que no nos preocupáramos: “No le hablen a la ambulancia, ya le hablamos nosotros”.

Queríamos ir a los bares para hacer algunas fotos de la vida nocturna, pero después de tantas historias estamos exhaustos. Decidimos posponer el plan hasta el jueves. Llegamos al hotel Las Flores con apenas tiempo de meternos 10 minutos a la piscina: la cierran a las ocho de la noche, sin excusa ni excepción.

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Unos niños juegan en el embarcadero en La Puntilla.

***

El primer Gaspar Pruneda llegó a Mazatlán proveniente de la Ciudad de México como distribuidor de latas de películas de las compañías mgm y Universal. Eran los años cincuenta y el puerto aún no despertaba a las mieles del turismo. Eran tiempos sin hoteles, cuando la pesca industrial era practicada por grandes empacadoras de camarón (luego éstas serían expropiadas para convertirse en cooperativas, dejando a la iniciativa privada la explotación del atún) y la pesca deportiva congregaba a las primeras figuras del jet set que pisaron el puerto: John Wayne y Gina Lollobrigida contarían entre los visitantes de ese porte. Sergio, el hijo de don Gaspar, estudió arquitectura y se instaló en el puerto como uno de los principales constructores del despertar turístico verticalmente integrado, en los años setenta. Diseñó la Avenida del Mar y el hotel Las Flores, del que sería copropietario junto a Guillermo Heinpel, su cuñado e inversionista de la flota pesquera Estrella. El hotel ha vivido las verdes y las maduras y es administrado desde finales de los noventa por Gaspar Pruneda, hijo de don Sergio y esposo de la poeta Ana Belén López, un matrimonio que es en gran medida responsable de mi amistad y cercanía con el puerto.

—Yo en la Ciudad de México tenía una empresa de sistemas computacionales, qué trabajo de eso iba a encontrar aquí cuando llegamos. Veníamos huyendo de la violencia capitalina, con mi hija mayor chiquita, y a los pocos días de instalados asesinaron a tiros a un cristiano a las puertas de la casa. Por poco y nos regresábamos.

Las Flores, como muchos otros hoteles locales, es una empresa familiar. Eso distingue a Mazatlán de otros destinos de gran turismo mexicano: aunque han llegado franquicias internacionales, una importante presencia del empresariado autóctono se mantiene. Quizá las dos figuras más notables de este sesgo sean la de don Julio Berdegué, fundador del complejo turístico El Cid, en la zona dorada; y la de Ernesto Coppel, quien desarrolló el proyecto Pueblo Bonito, actualmente instalado también en Los Cabos. Estos dos empresarios son la bisagra entre el turismo tradicional y la integración vertical del ramo dentro de
la economía turística mazatleca. Berdegué, ya fallecido, fue también una pieza clave para definir el carácter político de los empresarios del ramo: a decir de Arturo Santamaría, su herencia republicana —llegó de España siendo niño en uno de los buques aceptados por Lázaro Cárdenas— le provocaba cierta simpatía por la izquierda, lo que demostró apoyando la campaña contra el desafuero de Andrés Manuel López Obrador en 2004. Esta herencia se ha mantenido viva en años recientes, y junto a la militancia de Tatiana Clouthier en Morena fue determinante para el apoyo que el sector brindó al propio López Obrador en la campaña de 2018 que lo llevó finalmente a la presidencia de la República.

Para Gaspar, una de las razones que estancaron el desarrollo turístico de Mazatlán en el pasado fue la falta de apoyo de Fonatur, la empresa paraestatal responsable de fomentar y desarrollar destinos como Los Cabos, Ixtapa y Cancún.

—No puedes competir con la maquinaria estatal, por más promociones que ofrezcas. Aquí se contaba un chiste, entre los del gremio: “Hay que regalarle un terreno a un presidente, para que le guste Mazatlán y nos traiga a Fonatur”. Eso es, en parte, lo que sucedió en Los Cabos. Y así como muchos acapulqueños emigraron a Cancún para establecer el know how de la hotelería, muchos mazatlecos se fueron a Baja California para implementar el mismo método. Ahí perdimos parte de nuestra fuerza laboral.

Las crisis económicas, aunadas a recientes años de violencia, convirtieron a Mazatlán en un destino comprimido. Por eso la apertura de la autopista a Durango ha significado un impacto económico tan importante.

—La estacionalidad turística explotó —explica Gaspar—: pasamos de tener dos temporadas altas (la de verano y la de invierno) a ser una playa de ocupación constante de fin de semana para ciudades como Torreón y Durango. La dramática reducción en el tiempo de traslado disparó la demanda de cuartos en los últimos tres años. Por eso ves tanto desarrollo económico.

—¿No crees que esto haya abierto también opciones para el lavado de dinero?

—Por supuesto. Como en todos lados: en el país y en el extranjero. Yo no podría decirte dónde se está lavando dinero, pero no dudo de esa posibilidad. Hay muchos candados, pero también muchas artimañas. A estas alturas es difícil saber cuál es el dinero bueno y cuál el malo. Incluso
es difícil para nosotros, los empresarios.

Un par de horas más tarde converso con Arturo Santamaría, de quien había escuchado muchas cosas buenas. Nuestra simpatía es inmediata: me recuerda a los viejos militantes sindicalistas del acero que me formaron en la adolescencia. Arturo me cuenta que es chilango y llegó a Sinaloa con un afán extensionista, como miembro de una liga militante que buscaba organizar a los agricultores en torno al trabajo de masas.

—Aquí conocí a los muchachos más bravos y locos que me podía imaginar. Todos queríamos cambiar el país, con las armas si era necesario. Me han dicho que ahora algunos de mis antiguos compañeros se sumaron a las filas del narco. Luego sucedió algo que cambió mi perspectiva: Humberto Rice, político opositor, perdió por fraude la alcaldía y convocó a una marcha ciudadana. El evento me impresionó: me convencí de que la ruta electoral, la defensa del voto, era capaz de
convocar a más mexicanos que la revolución que propugnábamos. Desde entonces me dedico al periodismo y la academia.

No puedo evitar preguntarle a él, que ha sufrido amenazas en un par de ocasiones por encarar a los poderes fácticos desde sus columnas, qué opina sobre el lavado de dinero en la ciudad. En vez de contestarme, Arturo me da una sencilla y amorosa lección de periodismo one-on-one:

—¿Por qué no le preguntas a la gente cuáles son los edificios nuevos que más le llaman la atención? Y luego ves qué compañías constructoras están detrás de esos edificios. Y al final, qué circunstancias fiscales, económicas y políticas rodean a esas compañías. Eso es lo que haría yo.

Nos despedimos aprisa porque tengo una cita para fotografiar Pueblo Bonito At Emerald Bay, el hotel all inclusive donde me hospedé en 2015 con mi exmujer y mi hijo. Tomamos la avenida Camarón Sábalo rumbo a la zona hotelera, el Nuevo Mazatlán. Hay gran cantidad de condominios y hoteles pero la avenida en sí, cosa curiosa, luce desierta: prácticamente no hay tráfico. Me pregunto dónde están los turistas de Halloween que, se supone, deberían estar abarrotando la playa.

Alguien me contó que Ernesto Coppel —empresario célebre por su habilidad para invertir, su escandaloso gusto en materia de decoración y su afición por las cirugías plásticas— tenía en su casa una reproducción de la Niké de Samotracia a la que le mandó poner una cabeza. No sé si esto sea cierto, pero merecería serlo de acuerdo con su gusto: su hotel en Emerald Bay es de un kitsch suntuoso que incluye animales disecados en el bar, falsas ruinas griegas esparcidas en los paseos, tres grandes albercas con bar, varios restaurantes de cocina internacional, tienditas de masajes y clases de pintura sobre cerámica. No sé bien cómo conseguí matar el aburrimiento durante la semana que me hospedé aquí hace años, entre el falso lujo y el wanabismo internacional. O más bien sí lo sé: estaba tan borracho a toda hora que ni siquiera era consciente de mi propio sentimiento del gusto. Pueblo Bonito es hipnótico en su vocación por evitarle al huésped el menor esfuerzo no solamente físico, sino incluso mental. Ésa debe ser la clave de su éxito. Eso y la buena calidad de los insumos: recuerdo el brunch dominical como uno de los mejores almuerzos de mi vida.

***

Sigo los consejos de Arturo Santamaría y descubro por mi cuenta que la construcción reciente más mencionada por los mazatlecos de a pie —cantineros, animadores, taxistas, músicos callejeros— es la Torre eMe. Fue construida por el Grupo Arhe, propiedad de los hermanos Juan José y Erick Arellano Hernández, e inaugurada en diciembre de 2016 con la
presencia de Margarita Zavala de Calderón. Más adelante me encuentro en internet una nota de El Economista del 6 de marzo de 2017 que informa que la Comisión Nacional Bancaria y de Valores había bloqueado las cuentas del Grupo Arhe en dos ocasiones (2015 y 2016). Esto a petición de la Unidad de Inteligencia Financiera de la Secretaría de Hacienda y Crédito Público, que investigaba a la empresa (cuyas principales inversiones están en Mazatlán) en busca de prácticas relacionadas con el lavado de dinero. Al parecer no se encontraron irregularidades y las cuentas fueron liberadas.

Quiero ir a ver la torre de cerca.

—Está a mediación de la Avenida del Mar, muy cerca de los monos bichis —me explica Gaspar Pruneda. Los monos bichis (“desnudos”) es como el mazatleco llama a una escultura urbana pomposamente bautizada por las autoridades como El Monumento Al Pescador—. Si vas a andar por ahí, ve a cenar a El Muchacho Alegre. Pregunta por Piti Bernal, dile que vas de mi parte.

Rodeamos por atrás el malecón y llegamos a la altura de la torre. En la calle perpendicular nos topamos una fiesta en la marisquería El Toro: es cumpleaños de la dueña y una banda sinaloense callejera (los músicos ni siquiera traen uniforme, pero ni falta que les hace) toca los mejores vientos que me deparará este viaje. Uno de los comensales se levanta a cantar, pedísimo, una canción que no se sabe. Todavía queda esto en Mazatlán por encima del narco y la conectividad y los contrapesos políticos: la pura vida, la fiesta, el corazón risueño de un puerto al que la cercanía del mar y las montañas convirtieron por décadas en una suerte de isla.

Caminamos hasta el bulevar en obras y por fin la topamos. La torre eMe, un edificio de elegante diseño minimalista que dibuja una letra M a la distancia (se ve desde el otro lado de la bahía) y, por si hubiera duda, ostenta otra M pintada de rojo en su frontis. El inmueble permanece vacío, aunque anuncia con una manta lateral su próxima ocupación. Oficialmente, la letra que la construcción de cristal, cemento y acero dibuja es un homenaje a la inicial de Mazatlán. Pero lo que a mí me ha dicho la viperina lengua de los costeños durante estos días —es lo que tienen los sinaloenses: no necesitas entrevistarlos, hablan hasta por los codos—, lo que a mí me dijeron los meseros, los conductores de pulmonías, los plomeros y demás gente de barrio, es que la forma del edificio es, para ellos al menos, otra cosa: la inicial de otro nombre. Un monumento urbano en homenaje a Ismael El Mayo Zambada.

Recorremos el malecón hasta El Muchacho Alegre, uno de los restaurantes más populares de la ciudad. Está medio vacío, seguramente por el decaimiento turístico que las obras de la Avenida del Mar provocan en la zona. Hasta la banda está callada. De todos modos nos reciben como reyes y nos obsequian el mejor banquete de Mazatlán: ceviches y una mariscada a las brasas. Está atardeciendo de nuevo sobre el Océano Pacífico. La banda toca por fin: previsiblemente, inician con “El sinaloense”. Hay sólo tres o cuatro mesas ocupadas. Todos beben cerveza. Yo no puedo. Me doy cuenta de que otra vez estoy cansadísimo, no podré cumplir mi promesa de acompañar a Germán y Sebastián al Bora Bora o el Joe´s Oyster Bar, que es donde se calienta el ambiente por las noches. Ésta es mi realidad ahora: soy un hombre derrotado por la intensidad de su propia euforia, una puta arrepentida que ya no tiene humor para asistir de noche a los bares.

Miro la banda, las viandas, el atardecer sobre las olas, la calle cerrada y llena de retroexcavadoras… Se me ocurre que la verdadera vocación turística de Mazatlán no es la de “sol y playa y centro histórico”, sino algo más fácil de comercializar aunque también menos profundo: una suerte de food court de la mente, un paquete que ofrece inanimismo all inclusive para los hastiados, fiesta toda la noche y drogas excepcionales para los fanáticos de los antros, piscinas eternas para los niños, turismo-flaneur-relax para los vagamente interesados en el patrimonio cultural y arquitectónico, jolgorio de banda para los exasperados, inversiones auspiciosas para el dinero bueno, escondites in plain sight para el dinero malo. Mazatlán nunca tendrá el glamour que alguna vez tuvo Acapulco, pero es sin duda el destino
turístico mexicano del futuro: un lugar donde podemos estar todos juntos y, a la vez, perfectamente divorciados, disociados los unos de los otros e incluso de nosotros mismos. Pero eso sí: con una exquisita parrilla de mariscos sobre la mesa.


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