Pato Donald al poder

¿Qué circunstancias e instituciones le permitieron a Donald Trump llegar al poder? ¿Qué tanto se obscurcerá el discurso estadounidense?

Por Fernando Montiel / Fotografía Joe Raedle / Getty Images

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I. Camarillas aquí, camarillas allá…

El largo recorrido de la elección presidencial de los Estados Unidos de América –desde la selección de los candidatos en las convenciones, pasando por la campaña hasta la votación final por colegios electorales- dejó de ser desde hace mucho un ejercicio democrático. La diversidad tanto de los mecanismos de elección en los estados como de los procedimientos de verificación de los resultados pondrían en duda la validez del resultado en cualquier país del mundo, pero no en los Estados Unidos: ahí –precisamente por el diseño del sistema electoral- es posible “ganar” una presidencia con el mayor número de votos en contra (tal y como ocurrió con la primera administración de George W. Bush en el año 2000).

No es un accidente. Es ese sistema el que permite la administración corporativa del poder político como un patrimonio de particulares al norte del rio Bravo. ¿O es que se inscribe dentro del canon de la normalidad democrática el que dos integrantes de una familia –padre e hijo- asuman la presidencia en menos de una generación, o para el caso, la posibilidad de que lo haga la cónyuge del expresidente que les siguió? No. Eso no es propio de una democracia “madura”, “vibrante”, “funcional” y todos los demás adjetivos que se utilizan con profusión en estos tiempos. Eso es subdesarrollo y punto. Y ese subdesarrollo ocurre por igual en Estados Unidos que en México (ver el caso de los Calderón) y Colombia (véase el caso de los oligarcas y todo lo que tocan). ¿Entonces no hay diferencia? Sí, sí la hay: en Estados Unidos y Colombia las camarillas político-familiares-empresariales se han constituido ya como una normalidad de la arquitectura social: así, que Bush incorporara a su gabinete a altos funcionarios de las mismas empresas que posteriormente resultaron beneficiarias de las guerras en Afganistán e Irak (ver Halliburton, Black Water, UNOCAL, etc.) y que en Colombia el primo del vice-presidente anterior se convierta en presidente apenas tres años y una semana después de que su familia dejara de ser una de las propietarias de uno de los diarios nacionales más importantes (El Tiempo) son cosas sabidas que sólo causan sorpresa más allá de sus fronteras. Dentro, tanto en Estados Unidos como en Colombia, esas son cosas que hace mucho dejaron de ser anormales.

¿Y en México? Lo mismo, pero con menos naturalidad y más hipocresía: todos critican a Los dueños del congreso (ver el excelente libro de 2004 de Esteban David Rodríguez con ese título) hasta que alguno de los integrantes de esas dinastías (los Figueroa, los Díaz Ordaz, los Calderón-Zavala, etc.) nos sonríe.

En los tres casos estamos hablando de sistemas producto de diseños institucionales que permiten una funcionalidad torcida, y en el caso particular de los Estados Unidos, utilizando la distinción de Johan Galtung (ver su libro The fall of the US Empire: And then what?), el añejo diseño del sistema electoral pensado para la República ha servido muy bien para la construcción del Imperio.

II. Showbiz

En términos reales, la pluralidad del sistema político estadounidense en toda su diversidad ofrece un abanico electoral un tanto extraño: un partido de derecha y uno de ultraderecha.

No importa: son cosas de la democracia.

Cuando se tiene una verdad así de simple y un material de trabajo tan pobre la opción de estabilidad la ofrece el Star System: la construcción de un andamiaje masivo -incluso global- en el que se inventa una complejidad inexistente. A partir de una cadena interminable de expresiones escandalosas (“grab them by the pussy”) e imágenes perturbadoras (“a beautiful wall”) el ejercicio deviene en un circo de duración eterna muy adecuado para una sociedad que mide la realidad por momentos con la ilusión de estar siguiendo un proceso.

Cada expresión e imagen desata un río de notas, análisis, estadísticas, explicaciones, ataques, defensas, filias, fobias e ilusiones para dar cuenta de las proyecciones deseadas o de los futuros temidos. Nuevas expresiones y nuevas imágenes y el ciclo se repite por días, semanas y meses. De pronto en charlas de café, medios de comunicación, sobremesas y universidades se sigue ya con fervor el reality show para cuya interpretación se hacen barridos históricos y se ofrecen recuentos sociológicos para tratar de identificar patrones de comportamiento, niveles de asimilación y comprensión de los discursos, las propuestas y los postulados de los contendientes. Y el circo invita a la participación: ahí aparecen los racistas y xenófobos, el Ku Klux Klan desempolva sus ropajes, los esclavistas verbalizan su nostalgia y los confederados resucitan vestidos de payasos.

El culmen llega el día de la elección: “seguimiento del proceso electoral minuto a minuto” ofrecen –y entregan- las cadenas noticiosas generando un clima de tensión del que todos quieren ser parte: Baret Fawbush –predicador religioso y fanático de las armas- (“Figura pública” dice su perfil) aparece ataviado para el combate en fotografías sombrías rodeado de rifles de alto poder y semblante circunspecto: “Patiently waiting for the collapse. Pray for the best, prepare for the worst.” Y responde uno de sus 51 mil seguidores: “Amen brother… standing by in Montana.” Una imagen, armas otra vez.

Parece que hay vida, mucha, activa, dinámica, tensión, electricidad, potencial de sorpresa, pero todo es artificial. No hay nada nuevo en el horizonte. (Como si de pronto los estadounidenses se rebelarán votando por Bernie Sanders tal y como en México se votaba por Cantinflas). “La sociedad del espectáculo” le llamaba Guy Debord hace medio siglo. Hoy no es sino teatro de oportunidad cuando no estupidez, o la necesidad del auto-engaño como sustituto de ocasión a los colores y el entretenimiento que ofrecen las drogas: todo para esconder la realidad mediocre de una visión en dos tonos y nada más.

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III. Pato Donald al poder

No habrá ningún cambio de dirección en la política estadounidense, sólo un cambio de tono: evidentemente, ahora será más obscuro.

En Gaza, Siria, Irak o Afganistán no importa demasiado quién gane la elección: según su experiencia reciente, ser “demócrata” o “republicano” –“liberal” o “conservador”- en los Estados Unidos no es lo mismo a tener un corazón. Después de todo dice Galtung en esa obra que citamos arriba -y en cuyo subtítulo (US fascism or US blossoming?) el autor divisaba ya en 2009 la amenaza del presente- un patrón que con frecuencia es ignorado: “Los republicanos generalmente se encuentran más concentrados en la explotación de su propio pueblo que en las guerras con los demás.”

Pero “generalmente” no es igual a “siempre” –y ahí están las excepciones de George W. Bush y William Clinton- y en cualquier caso existen políticas de estado que difícilmente cambian por la decisión de una sola persona: el acercamiento con Cuba no fue rápido, fácil o un capricho personal, y la distancia con Corea del Norte e Irán -y la excusa esa de la “guerra contra el terror”- parece que permanecerán incólumes.

Las estructuras político-económicas en los Estados Unidos son diferentes de aquello a lo que estamos acostumbrados en este hemisferio del mundo. Para bien y para mal, en los Estados Unidos las redes de interés corporativo incrustadas en la institucionalidad gubernamental evitan los márgenes de acción interna del presidencialismo latinoamericano. Así, hay cosas que pueden cambiar, y cosas que sencillamente no lo van a hacer.

El día después los múltiples grupúsculos que coyunturalmente encontraron una causa común en el hombre fuerte regresarán ahí de donde vinieron. No son ni nunca fueron grupos políticamente activos, constantes y crecientes, de haberlo sido, el espectro político en la Unión Americana tendría más color y riqueza de los que tiene actualmente. Así, muchos de los odios sembrados por rentabilidad electoral no germinarán. Terminado el espectáculo de la temporada, los payasos del radicalismo regresarán a las grietas de la marginalidad desde las que se arrastraron para ganar.

¿Y qué tan obscuro será el cambio de tono? Eso nadie lo sabe. Lo que sí es claro es que hay mecanismos informales de control sumamente articulados y que van más allá de las personas: no es lo mismo decir y hacer en campaña para ganar los votos de quienes no saben qué quieren y a dónde van, que decir y hacer en el gobierno para servir intereses muy concretos.

En esta lógica, el Pato Donald podría ser presidente y tal vez no importaría demasiado.

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