Raymond Carver, caído del cielo

Anagrama hace un homenaje al norteamericano Raymond Carver, autor de relatos perfectos y de los personajes más humanos.

Por Diana Goldberg

Antes del internet y de que todo se supiera de manera instantánea, cuando había tiempo para la espera y la expectación, Raymond Carver escribió una serie de relatos que empezaban sin tener un principio y terminaban con un final que se parecía más a una elisión psicoanalítica o a la contemplación de un atardecer. Eran pedazos de vida de seres marginales o de experiencias que no por ser comunes dejaban de ser buenas historias.

Sus textos poseían momentos de lucidez, cuando sus personajes planteaban ideas profundas en medio de lo que parecía no conducir a ningún lado. Líneas que pasarán a la historia, como cuando Mel dice que: “debería hacer que nos avergoncemos cuando hablamos como si supiéramos de qué hablamos cuando hablamos de amor”. Sus finales dejaban al lector en abruptos cierres climáticos, como cuando L.D., borracho, se despide de su mujer diciendo:

“—Sólo quiero decir una cosa más.

Pero le resultó imposible imaginar cuál podría ser aquella cosa.”

En estos relatos uno no puede más que imaginarse a un Raymond Carver que también ha bebido de más, quizá disfrazando su presencia, pero que recuerda lo esencial para dar vida a historias impecables. Por eso, con la reciente antología que ha lanzado la editorial española Anagrama —Raymond Carver. Todos los cuentos—, la reunión de todos sus relatos en un volumen es el pretexto idóneo para conocer a este autor de culto, o para releerlo a la luz de su obra completa.

Nacido en 1938 en Oregon y fallecido en 1988, a los 50 años de edad, a Carver se le atribuye haber dado vida nueva al género del relato breve.

Sus textos se clasifican en las corrientes del “realismo sucio” y del minimalismo, caracterizadas por la eficiencia narrativa que predominó en los años setenta y que agrupa a autores tan disímiles como Bukowsky, Tobías Wolff o la misma Lucía Berlín. También autor de poesía y ensayo, explica en On Writing que en su trabajo cada palabra tiene peso y significado propio. Y sí, en sus descripciones los adjetivos son pocos; la fuerza de su voz radica en el peso de cada vocablo, como cuando la madre que está al lado del hijo inconsciente que ha sufrido un accidente, dice al esposo: “He rezado”. Apenas dos palabras con las que en un contexto determinado Carver lo dice todo.

Sin calificar ni concluir, presenta ambientes y personajes que interactúan y suscita interrogantes o desenlaces que señalan conflictos: el amor o el enojo, la relación de pareja, la violencia, la soledad. Y el alcohol, elemento al que recurre como detonador de la tensión narrativa.

Más que hazañas o hechos memorables, describe situaciones íntimas de personas comunes; sin evidentes pretensiones políticas o sociales, de las que emerge el trasfondo turbio de las complejas relaciones humanas. Pues es muy claro en su obra: no hace concesiones, no busca la complacencia de nadie.

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Esta edición presenta sus cuentos completos tal y como fueron publicados originalmente en cinco libros. ¿Quieres hacer el favor de callarte? está dedicado a su primera mujer, Maryann, con quien se casó a los 19 años de edad y tuvo dos hijos (después dedicaría sus libros a la que sería su segunda esposa, la poeta y editora Tess Gallagher). En este volumen se narran conflictos de pareja, borracheras, engaños, amores en suspenso. En ¿De qué hablamos cuando hablamos de amor?, aún se ven reflejadas vidas marcadas por el alcoholismo. El texto principal que le da nombre a este libro se llamó “Beginners”, pero en su edición, Gordon Lish (editor de Raymond) redujo la extensión, modificó el final y le cambió el nombre, lo que daría pie a cuestionamientos y discusiones más trascendentes en el mundo de la literatura sobre el trabajo de los editores y su relación con los manuscritos originales y sus autores.

En Catedral, las historias aparecen mucho más redondas y trabajadas. Lish afirma que su intervención fue menor y Carver refiere larguísimas jornadas “cortando todo no sólo hasta el hueso, sino hasta la médula”. Esta capacidad de trabajo coincidía con que había dejado de beber en 1978 lo cual se ve en personajes que luchan por un cambio en sus vidas, como “Desde donde llamo”: de un hombre que intenta llamar por teléfono desde una clínica para dejar de beber. “Saco unas monedas de mi bolsillo. Primero trato de hablar con mi mujer. Si contesta, la felicitaré por el Año Nuevo. Es todo.” Y sigue elucubrando sobre una llamada sin hacerla.

El libro Tres rosas amarillas es mucho más sobrio pero no menos dramático. En su versión original la colección tenía el nombre Where I’m Calling From. En español, sin embargo, el título es del homenaje de Carver a Anton Chéjov, el gran maestro del género de la narrativa breve. Pues de su obra se dice que, después de Chéjov, sólo él ha escrito cuentos tan perfectos.

El plus de esta edición es la quinta colección de relatos Si me necesitas, llámame. Cuando en 1999 se habló por primera vez del hallazgo de estos manuscritos, once años después de su muerte, se generó una expectativa entre lectores y seguidores. Tess Gallagher trabajó esta edición póstuma junto con los editores Jay Woodruff y Gary Fisketjon. Sin embargo, algunas situaciones e imágenes parecen ser versiones distintas de relatos anteriores. En el epílogo, Gallagher se refiere a estos últimos cuentos como agua caída del cielo: “En él siempre encontraremos algo para refrescarnos y sustentarnos: para acercarnos de nuevo a la vida y obra de Raymond Carver”.

Así ocurre hoy con este compendio: una invitación para refrescarnos y adentrarnos en la letras de este autor del que podemos hablar siempre, sin importar si sabemos o no de qué hablamos cuando hablamos de Raymond Carver.

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