Todo se fue por un hoyo

La fuga de Joaquín Guzmán Loera, el narcotraficante más poderoso del mundo, ha generado todo tipo de reacciones. Las primeras fueron indignación y sorpresa. Luego vino 
una larga lista de hipótesis sobre su escape y teorías conspirativas. La huida del capo exhibió no sólo las debilidades estructurales del aparato de inteligencia y el sistema penitenciario del país, sino que puso al descubierto la mayor debilidad del gobierno de Enrique Peña Nieto: su incapacidad para reaccionar frente a lo inesperado. Carlos Puig analiza en este ensayo las consecuencias de la espectacular desaparición de Guzmán.

Por Carlos Puig

La noche del 11 de julio de 2015, Monte Alejandro Rubido, el Comisionado Nacional de Seguridad, estaba en el aeropuerto de la Ciudad de México, listo para abordar el avión que lo llevaría a París, cuando recibió el mensaje que cambiaría para siempre el sexenio de Enrique Peña Nieto: Joaquín Guzmán Loera, el Chapo, el más famoso, eficaz y poderoso de los narcotraficantes del mundo había escapado de su celda en el penal federal número 1, nombrado como El Altiplano, en el Estado de México.

No sabemos si Guzmán planeó escaparse precisamente ese día o simplemente lo hizo cuando sus trabajadores terminaron de construir el túnel que desde el piso de la regadera de su celda lo llevó a la libertad; pero dice tanto que se haya fugado, como que lo hiciera una noche en que el Presidente de la República, el Secretario de Gobernación, el Secretario de la Defensa, el Secretario de la Marina y el Comisionado Rubido —sí, casi todo el gabinete de seguridad nacional— estaban volando o ya disfrutaban de la Ciudad Luz para participar en los festejos del 14 de julio en París, que conmemora, valga la paradoja, la caída de otra prisión que se pensaba una fortaleza: La Bastilla.

Dieciséis meses después de que el mismo gobierno presumiera ante el mundo la captura de “el criminal más inteligente que el Estado mexicano jamás haya enfrentado” —como le llamó algún día José Luis Santiago Vasconcelos, uno de los grandes conocedores del tema de seguridad, fallecido en un accidente en 2008—, veía su prestigio irse por el mismo túnel por el que escapó el Chapo.

Guzmán exhibió no sólo las debilidades estructurales del aparato de inteligencia y el sistema penitenciario del país; sino que puso al descubierto la mayor debilidad del gobierno de Enrique Peña Nieto: su incapacidad para reaccionar frente a lo inesperado.

Expertos en la planeación y la negociación política a puerta cerrada —las reformas aprobadas así lo prueban—, sufren cuando las cosas se salen del plan.

Me explico: durante la transición, con absoluto sigilo, negociaron un acuerdo con las otras fuerzas políticas que les permitió desahogar uno de los paquetes legislativos más ambiciosos de las últimas décadas. Planearon con precisión de relojero el orden y el tiempo de cada una de las reformas. Por meses, armaron el caso para quitarse de encima a Elba Esther Gordillo, la poderosa líder del sindicato de los maestros, estorbo para la primera de las reformas. Así lograron también la de telecomunicaciones, en contra de las poderosas empresas del ramo, y la fiscal en contra de buena parte del empresariado para después terminar con el monopolio de la propiedad estatal del petróleo. Establecieron una rígida y disciplinada política de comunicación alrededor de los temas de delincuencia y seguridad, y disminuyeron la intensidad en la confrontación contra grupos delincuenciales. Ambas cosas colaboraron a la percepción de que en ese rubro las cosas iban mejor.

Cada uno de esos logros afianzó la idea de eficacia con la que se habían vendido en la campaña. Estos sí sabían gobernar.

Pero la indomable realidad, disruptiva como es, hizo pedazos el powerpoint, el business plan.

Y en cada eventualidad, el gobierno ha actuado —seré generoso— errático. Desde la explosión de las autodefensas, a las que institucionalizaron para después desconocer y hasta encarcelarlas, hasta Iguala, donde actuaron tarde y luego apurando una verdad histórica; pasando por las casas, la blanca y la de Malinalco donde utilizaron a la Primera Dama de víctima propiciatoria.

O, por supuesto, frente a la drástica caída del precio del petróleo y el fortalecimiento del dólar que no ha sido enfrentado con medida alguna de magnitud similar.

Para utilizar una metáfora futbolera: Tenemos a un Director Técnico genial para planear un partido, que no reacciona cuando el equipo de segunda le mete un gol al minuto cinco. Para el medio tiempo, el descontrol lo tiene perdiendo cero a tres.

Cada gol ha sido mortal para la aprobación de Peña Nieto. La más reciente encuesta del diario Reforma, por ejemplo, dice que en sólo un año el Presidente ha perdido 16 puntos porcentuales en aprobación entre los ciudadanos, tocando un mínimo de 34 por ciento.

Y si las cosas iban mal, el túnel del Chapo, fue devastador.

Primero, la foto.
La primera imagen del lugar por donde emergió Guzmán Loera después de recorrer un kilómetro y medio por un túnel a más de diez metros de profundidad lo decía todo.

Ahí está la procuradora Arely Gómez. En cuclillas. Dentro de la bodega que ocultaba la salida del túnel. Ahí está. Mirando el hoyo, rodeada de policías, asistentes y el Comisionado Nacional de Seguridad. No sabemos qué mira, qué busca, qué piensa en ese momento la Procuradora. Pero mira el hoyo. Hace más de 12 horas que de ahí ha emergido el Chapo y hace muchas horas está muy lejos de esa construcción, de ese estado, de ese hoyo.

Después, la conferencia.
Miguel Ángel Osorio Chong, Secretario de Gobernación, ya de vuelta de París, enfrentó a la prensa. Salió mal, por decir lo menos. Salió mal porque era una conferencia de prensa sin contenido. Ya sabíamos que el capo había huido, ya sabíamos por dónde y, aunque no lo sabíamos, intuíamos que lo estaban buscando. Osorio terminó irritado, comparando —con datos incorrectos— el sexenio de Peña con el de Calderón; defendiendo sus acciones y dando la sensación que si alguien se había escapado de aquella prisión era porque era un genio, imposible de detener. Para colmo, un error de planeación en la conferencia hizo que al momento de que la Procuradora, que acompañaba a Osorio, mostró la fotografía del Chapo, ésta quedó alineada perfectamente con el cuerpo de la fiscal.

Al otro día la prensa amaneció con una foto que era una metáfora. Un gobierno con cara de Chapo.

Los días siguientes, mientras el Presidente y su comitiva seguían en París, el desastre sólo aumentó. La entrada del túnel y los alrededores del CEFERESO del Altiplano se volvieron una especie de sitió de atracciones. La autoridad organizó tours para periodistas y políticos de todos los partidos. “Vengan a ver el hoyo por el que se fue el Chapo y el prestigio de este gobierno”, parecían decir, sin querer.

Tercera, el recorrido.
La culminación de aquella estrategia —es un decir— de comunicación culminó con un recorrido de una hora y veinte minutos de la periodista Adela Micha con Monte Alejandro Rubido por el interior del CEFERESO y la bodega que cubría el hoyo por el que salió el Chapo.

—¿Qué falló? —Le pregunta Adela a Rubido adentro de la celda número 20.
—Yo estoy sorprendido. Esto era impredecible —responde el Comisionado Nacional de Seguridad.

¿Impredecible?

El 15 de junio de 2012, el periodista Patrick Radden Keefe publicó en The New York Times un largo perfil de Guzmán Loera en que se podía leer: “La mayor contribución tecnológica del Chapo a la evolución del tráfico de drogas fue una de esas innovaciones que parecen, en retrospectiva, tan lógica que es un milagro que nadie la hubiera pensado antes: un túnel. A finales de 1980, el Chapo contrató a un arquitecto para diseñar un pasadizo subterráneo de México a los Estados Unidos. Lo que parecía ser un grifo de agua fuera de la casa de un abogado del cártel en la ciudad fronteriza de Agua Prieta era de hecho una palanca secreta que, cuando se movía, activaba un sistema hidráulico que abría una trampa oculta debajo de una mesa de billar en el interior de la casa”.

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Desde 2003, según relató hace unas semanas el periodista Monte Reel en The New Yorker, el gobierno de Estados Unidos formó una fuerza de tarea integrada por al menos cuatro agencias de seguridad estadounidenses relacionadas con la frontera y el narcotráfico, para descifrar cómo y quién estaba detrás de los túneles de la frontera con los que el Chapo inundaba de drogas Estados Unidos. La fuerza de tarea trabajaba en conjunto con autoridades mexicanas y desde entonces han encontrado un promedio de dos túneles al año. Según Reel, las investigaciones han concluido que es un pequeño grupo muy sofisticado el responsable de construir los túneles.
Y en 2 014, cuando el Chapo fue capturado, el gobierno mexicano llevó periodistas de todo el mundo a recorrer los túneles que el capo había construido en Mazatlán para lograr evadirse.

El hombre de los túneles se había escapado por un túnel y el gobierno mexicano estaba sorprendido. Era impredecible, dijeron.

La experiencia del Chapo se combinó con la situación de vulnerabilidad de El Altiplano, similar a la de otros penales federales, provocada por la acumulación de factores de la última década.

La guerra contra el narcotráfico iniciada en el sexenio de Felipe Calderón ha llevado a los penales federales a cientos de líderes de organizaciones criminales. Son criminales con capacidad financiera, acostumbrados a la violencia, con amplios contactos en el exterior para generar condiciones al interior de sus penales mediante amenazas y extorsión. La respuesta gubernamental fue casi triplicar el número de penales federales, algunos, los menos construidos ex profeso; la mayoría simplemente como transferencias de los estados. En muchos de estos casos, ni las instalaciones físicas, ni los recursos humanos, capacitados para mantener a este nuevo tipo de internos. Sólo un breve recuento de los compañeros del Chapo al momento de su fuga da miedo: los fundadores de los Zetas, la Barbie, la Tuta, Héctor Beltrán Leyva, un par de Arellanos, Miguel Ángel Félix Gallardo, Daniel Arizmendi, el “Teo”…

Sin recursos, sin personal especializado suficiente en cuidado y resguardo penitenciario, la situación del primer centro penitenciario de alta seguridad en el país se había venido deteriorando.

En su más reciente diagnóstico del penal, la Comisión Nacional de los Derechos Humanos lo había reprobado, de hecho le había puesto “cero” de diez puntos posibles en los siguientes rubros: suficiencia de personal y custodia; suficiencia del personal de seguridad y custodia para cubrir las ausencias, vacaciones e incapacidades; ausencia de objetos y sustancias prohibidas; ausencia de internos que ejercen violencia o control sobre el resto de la población; ausencia de cobros por protección, y ausencia de cobros por asignación de estancia o plancha para dormir.

Dos decisiones de este sexenio pudieron haber facilitado la fuga: la subrogación de algunos servicios que antes prestaba personal del penal, en particular el de la comida, lo que obliga a que mucha gente extraña ingrese a las instalaciones;  y la decisión de sacar a la policía federal a vigilar el perímetro y de mantener al ejército en un batallón cercano. Antes la entrada al Altiplano era vigilada por los militares, los federales y el personal de seguridad de los penales, lo que hacía que todos se vigilaran entre ellos.

Será por todo esto, y sobre todo por esta insistencia de parte del gobierno federal que la fuga había sido un acto fenomenal, digno de ser celebrado —como una forma de quitarse responsabilidad— que el público comenzó a dudar de la proeza.

¿Y si se fue por la puerta?

Una encuesta de Parametría indicó que cuatro de cada diez mexicanos creen que el Chapo salió de prisión de otra manera que no era el túnel.

Al menos dos periodistas, Ricardo Raphael y la estadounidense Ginger Thompson, especularon que el Chapo podría haber salido mediante una especie de arreglo con el gobierno de Peña Nieto para “pacificar” la violencia entre cárteles o para no ser extraditado a Estados Unidos y que contara sus complicidades con autoridades mexicanas, según la versión que usted elija.

Ninguno de los dos mostró evidencia alguna ni explicó porqué el gobierno habría decidido darse tal golpe de resonancia internacional o haber construido un túnel para despistarnos. Después de todo, el Chapo ya se había escapado en un carrito de la ropa sucia.

En las redes sociales, en blogs y medios digitales, se ha pasado de la burla a la conspiración. Que si el Chapo nunca estuvo ahí, que si el Chapo no era el Chapo, que si tenía una iPad, que si se había salido días antes, que si se fue por la puerta.

El éxito de esas versiones, sin embargo, es directamente proporcional al pasmo gubernamental y su incapacidad de reaccionar ante una crisis de manera políticamente eficaz.

Pero la crisis no sólo tiene un componente de percepción.

Las agencias estadounidenses de seguridad, claves para la detención del capo, de por sí molestas por la negativa del gobierno a extraditarlo hace un año, han demostrado con declaraciones y filtraciones en la prensa estadounidense, su molestia y renovada desconfianza.

Y el ejército y marina, que en los último meses habían reclamado públicamente la falta de una estrategia para regresar las tropas a los cuarteles, que sean los civiles quienes cuiden de la seguridad pública, han redoblado sus quejas; ahora en privado.

El poblado de Jocotitlán queda a 35 kilómetros del penal del Altiplano. El 10 de julio de 2015, un día antes de la fuga, elementos de la Comisión Estatal de Seguridad Ciudadana (ces) y policías municipales de Jocotitlán, detuvieron a tres hombres. Los policías, que realizaban recorridos de vigilancia por la zona que conforman los límites de Ixtlahuaca, Atlacomulco y Jocotitlán, recibieron un reporte que señalaba la presencia de hombres armados en dos automóviles en un camino de terracería en el poblado de Mavoro, en Jocotitlán, que amedrentaban a los pobladores y no les dejaban pasar por el lugar. A Carlos Tovar Amparo, José Antonio González García y José Ramón García Segura, les fueron encontradas dos armas largas M16 calibre 5.56 mm con lanzagranadas adaptados, con cargadores abastecidos, uno con 29 y otro con 30 cartuchos útiles, así como siete granadas, dos chalecos tácticos y 22 cargadores con 609 cartuchos calibre 2.23 mm. En su primera declaración dijeron ser albañiles que habían sido traídos de Nayarit para “un proyecto”.

Al momento que escribo esto, los encargados de encontrar a Joaquín Guzmán Loera después de su fuga están convencidos que estos tres hombres custodiaban una pista clandestina, una de tres preparadas para 24 horas después llevarse al líder del Cártel de Sinaloa.

Es la primera pista del gobierno para reaprehender al Chapo quien les lleva ventaja, enorme ventaja.

Si uno es optimista, se podría pensar que el relativo silencio e inacción de los últimos meses tiene que ver con que están haciendo lo que mejor hacen: juntarse en una sala y elaborar un plan detallado sobre cómo serán los próximos tres años. Plan que seguramente se habrá dado a conocer el primero de septiembre durante el desgastado ritual del informe.

Si uno se atiene al último año, puede ser que el desconcierto continúe.

Pero si el 1 de diciembre de 2 018 el Chapo no ha sido detenido, el gobierno de Enrique Peña Nieto tendrá un sello, una marca: la del hoyo por el que se fugó Joaquín Guzmán Loera y con él, todo un sexenio.

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