Célebres periodistas que se entregaron a un idilio  - Gatopardo

Célebres periodistas que se entregaron a un idilio 

¿Qué tienen en común Oriana Fallaci, Truman Capote y Lorena Hickok? Esta es la historia de tres periodistas a los que una misión, que significó un punto crucial en sus carreras, les cambió la vida.

Tiempo de lectura: 7 minutos

La labor periodística ha estado siempre bifurcada entre la objetividad y los deslices humanos. La teoría enseña al reportero que en el campo de batalla hay que ser cauteloso con la mirada, y sobre todo con el corazón; de no ser así la pluma podría verse comprometida. Pero aún los periodistas más avezados han dejado una puerta abierta que los llevó a sucumbir a los sentimientos. Estos son los casos célebres que, en busca de un tema periodístico, terminaron por embarcarse a sí mismos en idilios de los que no saldrían del todo bien librados y que marcarían sus carreras hasta el final de sus días.

Oriana Fallaci 

periodista Oriana Fallaci

Oriana Fallaci, 1987

Oriana Fallaci, desde el Upper East Side de Nueva York, gozaba del respeto de la crítica y el éxito internacional como periodista gracias a la publicación de su libro Nada y así sea (1969), reportaje y diario personal sobre la guerra de Vietnam. Del otro lado del mundo, el mártir de la resistencia griega, Alexandros Panagoulis, Alekos como lo llamaba la policía, purgaba por el fallido intento de asesinato que llevó a cabo el 13 de agosto de 1968 en contra de Georgios Papadopoulos, dictador de Grecia desde 1967 y hasta 1973. Mientras Fallaci cubría los conflictos bélicos más urgentes de la segunda mitad del siglo XX y realizaba importantes entrevistas a personajes políticos prominentes como Henry Kissinger, Indira Gandhi, Golda Meir y Muamar el Gadafi; en la prisión de Boiati, Panagoulis sufría diariamente aberrantes torturas físicas que lo hacían escupir y orinar sangre, al igual que psicológicas como simulaciones de fusilamiento.

Los caminos de Fallaci y Panagoulis estaban tan separados que ni la voluntad más férrea hubiera logrado unirlos antes del 21 de agosto de 1973, en que la restauración de la democracia en Grecia amnistió a Panagoulis, y misma Fallaci llegó a Atenas para entrevistarlo. Pero ésta no sería otra más de sus entrevistas. En ese primer encuentro, con las primeras palabras que salieron de la boca de Alekos, Fallaci perdió la calma definitivamente y antes lograr salir airosa de Grecia, él la ató con una confesión de amor. En palabras de la propia Fallaci, la relación fue “un río de angustias, peligros, locuras y neurosis”. La periodista se convirtió en el Sancho Panza que siguió a su Don Quijote en cada una de sus volátiles estrategias para encauzar la lucha de la resistencia griega y para llevar a juicio a los integrantes que conformaban la Junta de Coroneles. Pero jamás consiguieron nada más que la persecución del Estado.

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