Dr. Atl: cráter revolucionario
Dr. Atl: vulcanólogo, yerbero, astrólogo, revolucionario y hechicero.
octubre 3, 2018

*La fotografía de portada fue obtenida del Archivo Tomás Montero Torres.

Dr. Atl es uno de los nombres más importantes de las artes mexicanas. Nació 3 de octubre de 1875 con el nombre de Gerardo Murillo, pero nunca estuvo en paz con la imposición de sus padres, así que se lo cambió tras experimentar una fortísima tormenta en alta mar. Eligió Atl, que significa agua en náhuatl.

Comenzó a estudiar pintura a los 19 años en Guadalajara, su ciudad natal. Después, a los 21, se fue a la Ciudad de México para seguir haciéndolo en la Escuela Nacional de Bellas Artes y un año después el gobierno de Porfirio Díaz le otorgó una beca para continuar sus estudios Europa.

En la Universidad de Roma estudió filosofía y en la Sorbona de París, derecho penal. Al mismo tiempo fue avivando su activismo político: en Italia fue partícipe de una de las protestas contra la alza del precio del pan, en la que la policía reprimió duramente a los manifestantes.

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En 1907 regresó a México con nuevo nombre y nuevos ojos. La revolución mexicana estaba a punto de reventar y Dr. Atl estaba muy involucrado en movimientos intelectuales que proponían luchas sociales. Había tomado clases con Émile Durkheim y Henri Bergson, ambos sociólogos y filósofos profundamente interesados en el sentido cultural de la sociedad.

Comenzó a trabajar en la Academia de San Carlos, donde de inmediato lo nombraron “el agitador“, por predicar rebeldía e incitar a sus alumnos a pensar diferente, a ser irreverentes y subversivos. Diego Rivera, su alumno y amigo cercano, escribió en el texto La increíble historia del Dr. Atl, que “enseñó a ser insolentes a todos los jóvenes”.

En vísperas de la revolución, el doctor se alió con Venustiano Carranza, con quien compartía ideas antiporfiristas. Se convirtió en su jefe de propaganda y lo acompañó durante gran parte de su carrera política. En 1910 el gobierno mexicano, junto con la Escuela de Bellas Artes, organizó una exposición para conmemorar la independencia, pero la colección sólo tenía piezas de origen español. Murillo organizó una protesta frente a la Secretaría de Instrucción Pública y Bellas Artes. Para terminar con ella, el gobierno le otorgó tres mil pesos, los cuales invirtió en organizar una gran exposición con puro talento nacional, con primicias de Francisco de la Torre, Diego Rivera y Ponce de León.

La guerra de revolución lo forzó a autoexiliarse en Europa, donde aprovechó para iniciar nuevos proyectos. En París fundó el periódico Action d’Art y la Liga Internacional de Escritores y Artistas; ambas buscaban reunir a artistas revolucionarios que conjugaran la cultura con la política, que él llamaba “factores primordiales del progreso”.  

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Imagen vía Fotográfica MX.

La primera vez que visitó un volcán, fue guiado por el también artista Joaquín Clausell, y el impacto que le provocó fue tal que en se mudó a las faldas del Iztaccíhuatl. Desde entonces, los volcanes se convirtieron en una de las más grandes obsesiones de su vida. El primer trabajo que hizo sobre el Popocatépetl fue literario, se titula Las Sinfonías del Popocatépetl, y lo publicó en 1920, después de haber tomado clases de vulcanología en Italia. Años después tuvo la oportunidad atestiguar el nacimiento del Paricutín en 1943, otra experiencia que lo marcó para siempre.

“Así como surgen entre las obras del Hombre escalonadas a través de la Historia algunas superiores e inconfundibles, así como se yerguen poderosamente entre la acumulación del trabajo humano un pensamiento de Confucio, una concepción religiosa Hindú, una teoría de Darwin, una ley de Keppler o de Newton, una creación de Miguel Ángel, así, sobre las convulsiones de la Tierra se levantan incomparables de belleza y de desprecio los grandes Volcanes de México”, se lee en Las Sinfonías del Popocatépetl, texto que Carlos Pellicer describió como contenedor de ”pequeños poemas en prosa con aliento cósmico”.

Cuando se enteró del golpe militar de Francisco I. Madero (la Decena Trágica) fundó, junto con otros artistas como Miguel Díaz Lombardo, Luis Quintanilla, Lizardi y Carlos Barrera, el periódico La Révolutione en Mexique, en la que hacían una profunda crítica a la nueva política mexicana. Después, en 1914, publicó su primer libro, Serie de discursos políticos. En él hizo una defensa de los indígenas y puso énfasis en la necesidad de integrar a los sectores más segregados de la población y de utilizar el arte como medio de constitución de la sociedad. Su participación en la política continuó, pero después de la muerte de Venustiano Carranza se alejó y dejó de trabajar de cerca con el gobierno.

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Imagen obtenida de redes sociales.

En 1920, Dr. Atl conoció a la mujer que la que más penas le causó; la más importante de su vida. En una reunión de intelectuales le presentaron a Carmen Mondragón, a quien después rebautizó como Nahui Olín. Él la sumergió por completo en el mundo del arte y se convirtió en su mecenas. Ella lo contradijo, lo retó y al mismo tiempo fue su musa. Su tormentosa relación terminó cuando Nahui Olín estuvo a punto de dispararle mientras dormía.

Diego Rivera describió a su maestro como “prosista y poeta, vulcanólogo, botánico, minero, yerbero, astrólogo, hechicero, materialista anarquista, totalitarista […], editó periódicos, organizó batallones rojos, saqueó iglesias, invitó a tés en las sacristías a bellas damas y reunió alrededor de él a un grupo de los jóvenes artistas de mayor valor en aquel tiempo”.

La vena política de Gerardo Murillo estuvo presente en toda su vida, excepto en sus pinturas. Aunque fue amante y promotor del movimiento muralista y su lucha social, él dedicó sus pinceles a rendirle tributo a la majestuosa naturaleza nacional. Desmenuzó volcanes, el cielo y los paisajes que los rodeaban, no hasta el cansancio, sino hasta que le amputaron una pierna y no pudo escalar más. A partir de entonces se dedicó a sobrevolar su México para dejarnos en sus aeropaisajes, el apasionado registro de un territorio por el que vale la pena más de una revolución.  

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