buick encore lulu Jiri Kovanda, portada

Destino: la bella simplicidad

La exhibición de Jiři Kovanda en la galería Lulu fue el pretexto ideal para probar una Buick Encore en la ciudad.

Por Sección Patrocinada / Fotografía Diego Berruecos

Mientras mi mente seguía procesando lo que acababa de ver, regresé al reconfortante interior de mi vehículo. La lluvia no paraba. No quería irme de aquel sitio. Sólo un sistema de sonido de alto desempeño pudo interpretar los acordes a la par del chubasco y de lo que pasaba en mi mente. Recliné el asiento de mi Buick Encore casi en su totalidad y observé cómo la lluvia caía sobre el quemacocos panorámico. Y fue entonces cuando entendí a Jiři Kovanda y sus obras de arte: esa frágil y gran capacidad de ver, en lo más simple, lo más bello.

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Deleitarse a cada segundo y saborear todos mis momentos, así se vive el verdadero lujo. Hoy, parte de mi itinerario diario es descubrir más formas de disfrutar el camino. Ese día, pese a la lluvia, no había forma de que me perdiera la inauguración de Jiři Kovanda. Me puse detrás del volante y agradecí el mal clima cuando me fundí con el único confort que iguala el placer de disfrutar el arte contemporáneo en primera persona.

En el número 231 de la calle Bajío, en la Roma Sur, la pequeña galería Lulu se dedica a exponer obras arriesgadas, aun para el arte conceptual más innovador. De todo el mundo llegan artistas a sus dos salas, que dan cabida a expresiones de arte inusuales. Por eso se ha hecho un destino constante, no sólo por su diversidad de artistas, sino por el apoyo que los galeristas visionarios merecen. Siempre ha llevado como consigna que el arte está vivo y es precursor del cambio.

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Chris Sharp, curador de la exposición y dueño de la galería, me dio la bienvenida. Las obras estaban acomodadas estratégicamente para crear efectos visuales contrastantes. Describirlas no tiene mucho sentido, pues el contenido principal está en su simpleza; son obras de arte creadas con materiales u objetos comunes, casi insignificantes, como un retazo de hilo que se presenta como una escultura o la pared sobre la que se ven las marcas que el artista dejó al jugar con una pelota llena de lodo.

Jiři Kovanda nació en la República Checa y es uno de los artistas más celebrados de su generación, pero no siempre lo fue, dada la compleja situación que atravesaba el este de Europa durante su juventud. Hasta principios de los años dos mil —cuando sus performances ilegales en Praga comenzaron a tener resonancia—, el mundo le dio la debida atención a sus obras; ahora, la simplicidad de su mirada deja alientos a medio soltar en México.

Bajo la lluvia me di cuenta de cómo el lujo y la simplicidad no son enemigos, sino descendientes del detalle y, en muchas ocasiones, compañeros.

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