Yo soy la felicidad de este mundo, de Julián Hernández, portada

La felicidad en tiempos modernos

Yo soy la felicidad de este mundo, quinto largometraje de Julián Hernández, presenta una oda sexual a las relaciones contemporáneas.

Por Sofía Viramontes / Fotografía Nuria Lagarde

A lo largo de cinco producciones cinematográficas, Julián Hernández ha creado una casa de espejos. Con cada película, él se encuentra en un reflejo donde pauta su evolución, deposita sueños, ideologías, malviajes y aprendizajes. El libro El banquete de Platón ha sido el eje central de su filmografía, con personajes que luchan contra obstáculos para alcanzar ese amor que los llevará al clímax, a la mejor versión de sí mismos, esa androginia que Platón relató hace miles de años. Cintas como Mil nubes de paz cercan el cielo, amor, jamás acabarás (2003) y El cielo dividido (2008) dieron la vuelta al mundo, ganando reconocimientos como un Teddy Award en Berlín.

“Durante los últimos siete años pensé que había hecho películas muy personales y que tendría que intentar una película con ambiciones de impactar más”, dice el director. “Las películas que tienen algo que decir son las que sobreviven.”

Yo soy la felicidad de este mundo es la prueba de esta maduración. Después de muchas maniobras, ajustes y replanteamientos, armó un tríptico: un largometraje compuesto de tres bloques que incluso funcionan de manera independiente. El protagonista es Emiliano, un director de cine que tiene una debilidad por los bailarines y los prostitutos. Su historia aborda el poliamor y los problemas que implica dentro de la sociedad mexicana. Interpretado por Hugo Catalán, su personaje lleva el curso de la historia, un debate interno que rebota entre el deber ser, el deseo y el devenir del espíritu.

Yo soy la felicidad de este mundo, de Julián Hernández, int

Luego de recorrer varios festivales internacionales, Julián Hernández estrena su quinto largometraje: Yo soy la felicidad de este mundo.

Con un elenco conformado por actores como Gabino Rodríguez y Andrea Portal, esta película se estrena en México con dos ediciones distintas. La que se presentará sólo en la Cineteca Nacional incluye el segundo bloque del tríptico: una escena erótica entre tres personajes en tiempo suspendido, con la que profundiza en las relaciones de poder y la barrera social que el poliamor encuentra. La idea de esta escena nació de El hombre sentado en el pasillo de Marguerite Duras, confiesa el director. La otra edición, con media hora menos y que se conforma únicamente de la primera y tercera parte del tríptico, saldrá en la mayoría de las salas de cine comerciales. Ambas versiones tienen música compuesta por Arturo Villela.

“Esto me planteaba un reto: cómo lograr que esas tres partes de la película pudieran mantener una coherencia entre sí, que el segundo bloque no resultara algo desconcertante para el espectador y que también pudiera, de alguna manera, leerse”, dice Hernández.

El también guionista del documental Quebranto reconoce que los espectadores de hoy tienen conflictos para relacionarse con secuencias en las que el contenido no se presenta de forma lineal y que se componen de elementos que alteran la pasividad de quien mira la película. Estas escenas, dice Hernández, exigen mucho. “Es una opción más. La dejo en la Cineteca porque es un espacio donde el público se supone que ve otro tipo de cine más arriesgado. El espectador es muy inteligente y puede entender lo que tú le digas y lo que tú le ofrezcas. Si lo atrapa y entra al ritmo de tu película, pues lo va a aceptar”, dice.

Yo soy la felicidad de este mundo replantea la estructura del amor, de cómo debe ser y cómo funciona en la sociedad. Busca rebasar las limitaciones del género para explorar la posibilidad de un ser humano que establece relaciones amorosas en muchos niveles.

Para Hernández el espejo no existe hasta que la película está terminada y exhibiéndose en una sala, rodeada de gente que a lo mejor la ama o la desprecia. Esta experiencia, que le parece única y cada vez más escasa, es el momento culminante para verse reflejado. Una suerte de psicoanálisis que se proyecta hacia la pantalla. Por eso hace cine: “Por un gusto innegable por el fenómeno cinematográfico de encerrarte en una sala y ver una historia que te roba”, concluye.

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