Reportaje Alberto Kalach, portada

La ciudad es una obra

Las recetas de Alberto Kalach para que la arquitectura construya una vida mejor.

Por Mario Ballesteros / Fotografía Diego Berruecos

Para el mexicano Alberto Kalach, lo más importante de la arquitectura es justo la arquitectura: esa construcción que nos envuelve, hecha con arte. Para él, formado en la Iberoamericana y en la Cornell University, en Nueva York, diseñar jardines o edificios es realizar composiciones en el espacio. Kalach recibió a Gatopardo en su despacho Taller de Arquitectura X, desde donde ha realizado una prolífica carrera, para hablar de sus proyectos y sus influencias, y de los retos urbanos que impone la Ciudad de México, una suma de arquitecturas. 

En estos días, entre el calor inusitado y la quemazón preelectoral, los ánimos en la de por sí desafiante Ciudad de México están más caldeados que de costumbre. Dichosamente, en el último piso de esta esbelta torre sobre avenida Constituyentes (ese noveno círculo del infierno vial capitalino, que malconecta a los guetos corporativos de Santa Fe con otras zonas más dóciles de la ciudad y mantiene a raya a los barrios pobres, dificultándoles el acceso al Bosque de Chapultepec) no se respira nada de ello. 

Arriba, en este delicioso roof garden del taller de arquitectura de Alberto Kalach (un jardín propiamente dicho, no el eufemismo que usan las inmobiliarias para vender cualquier pinche azotea como “amenidad”), el ambiente es decidido y extrañamente pastoral. Sopla una brisa ligera que, en la sombra del todo cubierto por follaje, refresca y apacigua, haciendo todavía menos perceptible el bullicio lejano del tráfico, reduciéndolo a ruido ambiental. Éste es el espacio perfecto para una conversación pausada. Un pequeño trozo-ejemplo de ciudad posible, vivible en el sentido más básico. 

Alberto Kalach arquitectura, foto 1

Jardines del Taller de Arquitectura X, dirigido por Alberto Kalach

Pienso, ¿por qué no hay un jardín en cada cada azotea de cada casa y cada edificio en esta ciudad, donde siempre llueve pero también siempre sorprende el buen tiempo? ¿Donde los árboles y las matas crecen en cada resquicio, en cada maceta improvisada en una lata vieja o en cada grieta de banqueta que se deja? Al parecer es un problema de arquitectura.

“Lo que me atrae de la arquitectura es arquitectura”, me dice Kalach, con voz profunda. Cualquiera lo podría confundir con un monje o un esteta contemporáneo: cabeza rapada, una simple camiseta oscura que evidentemente ya tiene su uso, ojos azules y agudos resguardados detrás de un par de gafas tan finas que casi son invisibles. “Y qué es arquitectura?”, le pregunto. “Bueno, eso ya está más difícil”. 

Tras un silencio breve, hace un ensayo de definición: “La arquitectura es la construcción que nos envuelve, hecha con arte”.

Alberto Kalach nació en la Ciudad de México en 1960. Dice que, de pequeño, su padre le regaló una enciclopedia. Al abrirla, por azares del destino, llegó a la letra “A” de “arquitectura”. La palabra estaba ilustrada con una foto de la Casa de la Cascada de Frank Lloyd Wright y Kalach supo de inmediato que quería ser arquitecto. Años más tarde estudió arquitectura primero en la Universidad Iberoamericana y después en Cornell, en el estado de Nueva York; la misma escuela por donde pasaron arquitectos famosos como Peter Eisenman, Richard Meier y Rem Koolhaas.

Alberto Kalach arquitecto

Pero de maestros e influencias en sus años formativos, Kalach recuerda sobre todo a José María Buendía, quien le inculcó el amor por los jardines. Junto con Humberto Ricalde, Buendía es de esas figuras que escaparon por completo de la mediatización y el culto a la celebridad que han secuestrado a la arquitectura desde hace décadas. Tanto Ricalde como Buendía fueron personajes casi invisibles, pero que tuvieron un impacto enorme al formar y amoldar a un buen número de los arquitectos más prolíficos de México en los últimos años. Buendía fue determinante para la postura de Kalach respecto a la relación entre paisaje y arquitectura. “Él nació en Larache, en el norte de África”, me cuenta Alberto, “vivió en Ceuta y luego terminó estudiando arquitectura en México y aquí se quedó. Buendía siempre estuvo muy apegado a la cultura mediterránea y a través de sus clases y conversaciones nos transmitió la importancia del jardín como parte integral de la arquitectura. Conforme él lo exponía, a mí me parecía evidente que siempre ha sido así: que el jardín ya es en sí un acto arquitectónico”.

—¿Cómo se parece, o no, diseñar un jardín a diseñar un edificio?

—Bueno, se parece y no se parece. Diseñar un jardín es hacer una composición en el espacio. En ese sentido se parece a hacer arquitectura: crear un ámbito, un recorrido, una serie de estancias. La diferencia es que el edificio es de piedra y el jardín está vivo, uno tiene una función muy utilitaria, el otro una función que es sensual. 

En los jardines de Kalach tiene absoluta prioridad el goce: son remansos de una libertad orgánica, donde conviven la coreografía y la improvisación, el artificio y la naturaleza, el orden y el caos. En ellos nos encontramos con la feliz confusión del mestizaje y la aculturación —nuestros propios rasgos definitorios y definitivos— haciendo eco de la diversidad apabullante del legado cultural y natural de México. Los jardines de Alberto Kalach fluctúan sin más entre la placidez del huerto mediterráneo, el puro desbordamiento tropical y la austeridad agreste del desierto. 

Alberto Kalach Arquitecto

Taller de Arquitectura X (TAX) en la Ciudad de México. Detalle de objetos de Alberto Kalach.

El jardín en la arquitectura de Kalach va más allá de una función accesoria o del complemento visual: el jardín arropa al edificio, lo humaniza y lo neutraliza, lo conecta con los ritmos vitales de los ciclos y las estaciones. El jardín como herramienta fundamental de la arquitectura para reconciliar nuestra vida en la ciudad con nuestro entorno. Y también para remediar los desaciertos de nuestras pretensiones modernas: “Creo que el antídoto contra la fealdad en nuestras ciudades es lo verde”.

La cruzada de Kalach en favor de la construcción de belleza a través del jardín la compartió en su momento otro de los grandes de la arquitectura mexicana moderna: Luis Barragán. Barragán fue nuestro genio absoluto del verde como refugio, como antídoto a la desesperanza y la fealdad modernas.

—¿Conociste a Barragán? 

—No, nunca conocí a Barragán. Cuando yo era estudiante se sabía poco de él. En ese tiempo apareció un catálogo de una exposición que tuvo en el MoMA de Nueva York, editado por Emilio Ambasz. Para mí fue un gran descubrimiento. Las fotos de Armando Salas Portugal del Pedregal me impresionaron mucho. Pero no fue sino hasta que murió Barragán que empecé a ir a su casa, gracias a Juan Palomar, quien fue de las primeras personas que se preocupó por conservar la casa y el legado de Barragán. (Como nota al margen, en 2004 la Casa Estudio Luis Barragán fue declarada Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO). Cada vez que Juan venía de Guadalajara íbamos a la casa, ahí me pasaba el día completo. Fue entonces cuando quedé verdaderamente impresionado con el arte tan único de este hombre, tan personal. Le Corbusier proclamó que la casa era una máquina para vivir, y para todo el movimiento moderno de la posguerra ése era el mundo. Pero aquí Barragán estaba hablando junto con Goeritz de la arquitectura emocional. Para mí fue muy sorprendente entrar y conocer ese mundo, salirse un poco del mundo de la racionalidad, de la máquina, de la industria. 

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El choque emotivo tras descubrir a Barragán fue tan profundo, que durante algunos años Kalach ocupó lo que había sido el taller de maquetas de Barragán y puso ahí su propia oficina, cruzando la calle de la mítica casa de Tacubaya. Marcado y agradecido por el tiempo que pasó ahí, en 2016 donó a la Casa Barragán un proyecto para restaurar ese espacio y su jardín, que desde el año pasado funciona como espacio cultural, llamado Jardín 17. Se dice que en ese preciso lugar se suicidó en 1992 el socio e íntimo amigo de Barragán, Raúl Ferrera, a quien el único Pritzker mexicano –fallecido en 1988, tras años de librar batalla contra la enfermedad de Parkinson— había legado todo su archivo y derechos de autor. Al lado del arco plano de concreto de donde se colgó Ferrera, Kalach dispuso un espejo de agua rodeado de jazmines, en honor a Barragán, para quien el agua fue siempre un elemento compositivo y contemplativo fundamental (“En mis fuentes canta el silencio…”, declaró en su discurso de aceptación del premio Pritzker), pero también como ofrenda reparadora. El jardín tiene una capacidad asombrosa para apaciguar y sanar heridas. ¿Será que una ciudad enferma se puede aliviar y recomponer a través del jardín?

Kalach volvió a la Ciudad de México a principios de 1980. Una época complicada, por decir poco. La Ciudad de México en los ochenta era paradigma de la aglomeración desastrosa, el “Leviatán urbano”, como la apodó Diane Davis, la ciudad anticiudad. Una ciudad que evidenciaba el desgaste de un modelo de desarrollo económico, pero también político, social y ambiental; un panorama distópico de contingencia ambiental, crisis financiera, crecimiento poblacional desbordado, inseguridad rampante y destrucción dantesca tras el terremoto de 1985. 

Alberto Kalach, interior 8

A diferencia de los arquitectos que en la década de los cuarenta o cincuenta entendían la construcción de la ciudad a partir de cero, de tabula rasa, como un acto optimista y heroico, Kalach se enfrentó entre los ochenta y los noventa a una urbe que había que reparar urgentemente, donde tenía que aplicarse la arquitectura como remedio. “En esa época la ciudad era un monstruo desahuciado. Se hablaba mucho del fin del urbanismo; muchos amigos y colegas abandonaron la Ciudad de México. Pero al mismo tiempo fuimos una generación que cambió las cosas, al menos hubo un verdadero esfuerzo por hacer la ciudad mejor”. 

—¿Cómo surge tu interés en la ciudad como proyecto? 

—Todo comenzó de forma circunstancial, casi accidental. Yo creo que haber tenido una oficina de arquitectura en un periodo de crisis tras crisis tras crisis, con poco trabajo, en un contexto desafiantemente caótico…  Eso para cualquiera resulta un desafío, ¿no? 

—¿Y la relación entre paisaje, proyecto y urbanismo? 

—Finalmente la ciudad, o la arquitectura, está asentada en un entorno geográfico, natural. El diálogo con el lugar es primordial. La relación con el entorno es el principio de la arquitectura. Todos los problemas urbanos de alguna manera también se relacionan con el entorno: la sobreexplotación de los mantos acuíferos, el hundimiento de toda la ciudad, el costo de ese hundimiento en términos de afectaciones a estructuras… Alguien, o más bien todos tenemos que ver los problemas y tratar de dar soluciones. Siempre estamos esperando que alguien más resuelva las cosas, eso es un síntoma grave de nuestras sociedades modernas. 

Los primeros ejercicios de Kalach para remediar la ciudad a través del paisaje y la arquitectura se concretan a finales de los noventa en una iniciativa colectiva para corregir el desarrollo destructivo de la Ciudad de México, reconociendo su condición lacustre. Desde entonces, corregir el desdén por el agua y su maltrato como recurso vital a través de la historia (“el combate a la naturaleza lacustre de la cuenca”) ha sido una idea recurrente en el trabajo de Alberto Kalach. Aceptar que el futuro de la Ciudad de México pende precariamente sobre la probabilidad de una calamidad ambiental de proporciones catastróficas, y que el agua es el meollo del asunto.

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En diciembre de 1997 Cuauhtémoc Cárdenas tomó posesión como primer jefe de gobierno elegido democráticamente en la Ciudad de México. Casi un año después, en noviembre, junto con el entonces gobernador del Estado de México, César Camacho, Cárdenas participó en un congreso organizado por el Instituto de Cultura de la Ciudad de México en el Antiguo Colegio de San Ildefonso, titulado “Vuelta a la ciudad lacustre” (en alusión al cuento “Ciudad Lacustre”, de Pedro Moctezuma Barragán). Lograr convocar a estas autoridades fue el primer acierto del equipo de arquitectos conformado por Alberto Kalach, Teodoro González de León, Gustavo Lipkau y Juan Cordero, quienes desde 1997 decidieron asociarse en aras de la colaboración, la investigación, el activismo y el diseño especulativo (todas tareas que serían rarísimas de encontrar en un despacho de arquitectura mexicano hoy día), para promover el rescate y la reactivación de los lagos del área metropolitana del valle —o más bien cuenca— de México. 

La iniciativa de la “Vuelta a la ciudad lacustre” retomó un plan formulado a mediados de 1960, el Proyecto Lago de Texcoco, de los ingenieros Nabor Carrillo y Gerardo Cruickshank. Su idea era rescatar el antiguo y desecado vaso del Lago de Texcoco, como solución de abastecimiento y recarga de mantos acuíferos, como sistema de prevención de hundimientos e inundaciones, y como alternativa para mejorar las condiciones ambientales en el oriente de la ciudad. La primera etapa de esta obra hidráulica arrancó en 1971 con la creación, a partir de un decreto presidencial, de la Comisión del Lago de Texcoco, y la asignación de 10 mil hectáreas al proyecto, donde se construyeron canales, humedales, plantas de tratamiento y lagunas artificiales de regulación, incluyendo el Lago Doctor Nabor Carrillo.

Veinticinco años después, Kalach, González de León, Lipkau y los demás miembros del grupo retoman la idea del rescate de los lagos como solución integral —y visión de futuro— para mejorar la ciudad a partir de un proyecto de diseño estratégico (es decir, un proyecto que incorpora desde el principio una perspectiva holística, un replanteamiento de origen, para diseñar soluciones flexibles frente a un desafío sistémico, complejo y de gran escala). El proyecto incluye un diagnóstico extensivo de la situación histórica y actual de la cuenca, así como un plan de rescate ecológico y urbano. A grandes rasgos, los arquitectos imaginaron un sistema de lagos de aguas residuales, conectados por distintas infraestructuras de saneamiento, movilidad y servicios. En el libro La ciudad y sus lagos (1998) aparece un texto de Kalach donde afirma: “Ahora sabemos que el regreso a la ciudad lacustre no sólo es una realidad, sino la única posibilidad de garantizar el futuro de nuestra ciudad”.

—¿Por qué fracasó la “Vuelta a la ciudad lacustre”?

—El proyecto de Texcoco no era una utopía: las condiciones técnicas, las condiciones del suelo, incluso las condiciones económicas lo permitían. La utopía era social. No existía —ni existe todavía— una sociedad capaz de organizarse para hacerlo. Yo le achacaba la falta de interés al gobierno, pero tampoco hubo una respuesta gremial, ni social, ni de algún ecologista… Nos dieron una mención en la Bienal de Venecia, pero aquí a nadie le interesó.

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Oficina de Alberto Kalach.

Durante más de 15 años, el grupo de arquitectos detrás de la “Vuelta a la ciudad lacustre” (que eventualmente decidieron conformarse como el despacho Futura Desarrollo Urbano) siguió refinando, divulgando, estudiando, promoviendo y negociando este proyecto radical de urbanismo lacustre. En 2002, mientras el gobierno de Vicente Fox anunciaba la construcción de un nuevo aeropuerto en Texcoco, desarrollaron una propuesta que contemplaba la recuperación del lago, aunque no tuvo siquiera oportunidad de prosperar debido a la cancelación del proyecto tras los conflictos políticos y sociales que lo rodearon. En 2014, González de León y Kalach volvieron a plantear la idea del aeropuerto en medio de lagos como parte de su propuesta para el concurso del Nuevo Aeropuerto Internacional de la Ciudad de México, que tampoco fue seleccionada (el proyecto ganador, como se sabe, fue el Foster+Partners con FR-EE Fernando Romero, actualmente en construcción y envuelto en controversia). 

Con el tiempo, las expectativas de conseguir que este “sistema de metabolismo urbano ecológico” se conviertiera en una realidad se fueron desvaneciendo. En gran parte, el problema fue que la calidad visionaria de la iniciativa se malinterpretó como un proyecto fantasioso, utópico. Sin embargo, Kalach mantuvo el dedo sobre la llaga, sin perder su optimismo. 

En 2013 publicó su Atlas de proyectos para la Ciudad de México, un ideario de libre uso con recetas concretas para hacer ciudad. El Altas quizás sea menos grandilocuente que el proyecto de Texcoco, pero de alguna forma es más ambicioso, y quizás más importante. En el Atlas sigue pensando en soluciones integrales a escala de ciudad, pero disgregadas; el mismo ejercicio de imaginación sistemática, en versión digerible. “El Atlas contiene una visión parecida, pero amplificada. Abarca toda la ciudad. Incluye 37 proyectos de todo tipo: muy pequeños, pequeños, medianos, grandes y extragrandes; además, son proyectos aditivos y tipificables. Creo que eso fue positivo, y muchas de las ideas del Atlas, directa o indirectamente, sí se han llegado a implementar, y están transformando la ciudad… Los proyectos están ahí, las ideas están ahí. Son de todos”.

Kalach entiende la proyección de ciudad no sólo desde la perspectiva puntual y limitada del cómo una casa o un edificio se inserta en el tejido urbano, o cómo la arquitectura se relaciona con su entorno: realmente piensa en arquitectura a escala de ciudad. Si Teodoro González de León decía que “la ciudad es una gran obra de arquitectura”, Kalach coincide, pero desde una perspectiva a nivel de calle. “La ciudad es la invención más compleja que ha hecho la humanidad, porque ahí está todo. Millones y millones de decisiones. Hubo alguien que puso el número de cada casa, y el foco, y lo puso ahí y no acá, y pintó un muro de este color y no de otro. Ésa es la ciudad. Está hecha por la suma de arquitecturas”. En cada pequeño gesto con que se construye el espacio, él ve arquitectura. 

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Biblioteca Vasconcelos en la Ciudad de México.

Pero Alberto Kalach tampoco se detiene en los pequeños gestos. Prueba de ello es la Biblioteca Vasconcelos. El proyecto de Kalach —junto con Gustavo Lipkau, Juan Palomar y Tonatiuh Martínez— resultó seleccionado en un concurso internacional que recibió más de 560 propuestas. La idea de “un arca, portadora del conocimiento humano, inmersa en un exuberante jardín botánico” alzándose a un costado de la antigua estación de ferrocarriles de Buenavista, con sus estanterías flotantes y bravura futurista que hacen pensar más en un set de película de ciencia ficción que en una sala de lectura, resultó irresistible. Hoy la Biblioteca Vasconcelos es justamente celebrada por muchos como quizás el proyecto público de arquitectura más ambicioso, espectacular y generoso que se ha construido en esta ciudad desde que se inauguró la Ciudad Universitaria de la UNAM en 1952. Sin embargo, no todo ha sido miel sobre hojuelas.

—A veces pienso en la Biblioteca Vasconcelos como un proyecto desfasado de su época, que llegó en un momento en que ya no se pensaba en los grandes proyectos públicos, en que ya no había esa convicción de que la arquitectura puede impactar a esa escala…

—Pero recuerda que sí se estaban haciendo proyectos de este tipo, apenas unos años antes, en Europa. En Francia, Mitterrand había construido su gran biblioteca sólo 10 años atrás. Creo que Sari Bermúdez (titular de Conaculta durante el sexenio de Vicente Fox) lo vio, lo entendió. Yo creo que el crédito del proyecto inicialmente es de ella y de su equipo, que dijeron: “Vamos a hacer una infraestructura de estas características”.

—Una infraestructura cultural…

—Una infraestructura cultural de estas características. Incluso esa labor loable de hacer una biblioteca la denostaron. Toda la intelectualidad mexicana y los políticos la hicieron polvo. ¡A una biblioteca! Entonces le criticaron, “¿por qué hizo una biblioteca y no hizo más?”. Y luego hizo cientos de bibliotecas en todo el país. El siguiente sexenio no se construyó ni una biblioteca. Sin embargo, hicieron cientos de cárceles. Ahí nadie dijo nada. 

Tras un proceso de obra apresurado y accidentado, Vicente Fox inauguró la Biblioteca Vasconcelos en mayo de 2006, una semana antes de que la veda electoral prohibiera cualquier acto proselitista. En marzo de 2007, la Biblioteca tuvo que cerrar sus puertas por irregularidades y problemas relacionados con la construcción. Permaneció cerrada durante 22 meses, y reabrió al público finalmente a finales de 2008. 

—¿Qué representó para tu oficina la Biblioteca Vasconcelos?

—Pues primero, cambió mi economía. La verdad es que fue un proyecto importante, pasamos de sobrevivir a tener una oficina más estable. La oficina siempre había estado al borde del colapso durante 25 años, y este proyecto nos dio estabilidad y nos permitió formar un equipo. Eso representó un cambio sustancial en la forma de trabajar de la oficina. El desarrollo del proyecto fue bonito, porque decidimos no hacer nada más que la biblioteca. Aunque entonces éramos un equipo pequeño, íbamos diario a la obra y sabíamos que teníamos que librar muchas batallas, porque la obra la construyeron en un año —mal construida, desde luego, pero en un año— y había que estar ahí. Había que pelear punto por punto el proyecto, porque ya sabemos cómo es la obra pública. Ni siquiera veían los planos para construir. El constructor interpretaba casi de memoria lo que había en los planos. Entonces había que estar ahí para que sucediera. 

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Las oficinas del taller de Arquitectura X (derecha).

—He escuchado que la obra se dividió de forma literal en dos partes, construidas simultáneamente, que al final se encontraron. ¿Es cierto?

—La obra la dividieron entre tres constructoras, y luego entre 24 constructoras más. Fue una especie de Babel. Pensaron que eso les ayudaría a acabar más rápido, pero lo que sucedió es que perdieron el control totalmente… El concurso del sistema de aire lavado del auditorio, por ejemplo, lo ganó una empresa que era una refaccionaria sobre Artículo 123, ¿me entiendes? El concurso para impermeabilizar el edificio no era una empresa de impermeabilización, sino una empresa que pintaba escuelas. Fue un verdadero caos. Pero en esas cosas uno aprende, sobre todo lo que no se debe hacer.

—¿Y cómo ves la Vasconcelos hoy?

—Bueno, la veo por una parte abandonada por las autoridades, con cero presupuesto, pero con un director (Daniel Goldin) extraordinario, valiente, y un proyecto social y cultural que es un éxito rotundo. Aunque tiene la tercera parte de libros que con los que empezó, y un tercio del personal, la biblioteca la visitan 10 mil personas al día. Yo creo que en algún momento las autoridades culturales de este país voltearán a verla y al menos lavarán los vidrios, que no los han lavado en 10 años, ¿no?

La relación entre arquitectura y poder siempre ha sido compleja, a veces contradictoria. Recordando otra vez a su maestro, Alberto me cuenta que Buendía decía que mientras en otras épocas los arquitectos servían directamente a las élites —construyendo palacios o monumentos—, a partir de la Revolución Industrial y sobre todo durante el siglo XX, a raíz del devastador trauma civilizatorio de las guerras mundiales y la necesidad imperiosa que enfrentó de repente buena parte de la humanidad, de reconstruirse moral y físicamente como sociedades, los arquitectos tuvieron que enfocar sus baterías más hacia lo público y menos hacia lo privado. “El reto de lo colectivo para la arquitectura es un ámbito relativamente nuevo”.

—¿Y qué poder tiene la arquitectura?

—Bueno, ahora que lo mencionas, más que la arquitectura del poder, me interesa el poder de la arquitectura. La capacidad que tiene la arquitectura de transformar tu estado de ánimo. No tengo la menor duda de que un ambiente agradable, un ambiente sano, una gran ventana con vista al exterior, nos hace más felices, nos permite desarrollar nuestras actividades de una manera más placentera.

—Nos hace estar mejor.

—Nos hace estar mejor, ser mejores. Si estás todo el día encerrado en un cubículo, sin ventilación natural, en unas oficinas llenas de pasillos y de puertas… pues eso te da p’abajo. Te deprime. El castillo de Kafka. Pero si entras en un espacio bien iluminado, bien ventilado, con bonitas vistas: cambia tu estado de ánimo. Te sientes mejor, trabajas mejor, vives mejor. Esa capacidad tiene la arquitectura.


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