Lou Reed, el neoyorquino por excelencia - Gatopardo
Música

Lou Reed: El neoyorkino por excelencia

En la adolescencia Lou Reed era un chico apático que padecía ansiedad y ataques de pánico, pero supo transformar esa frustración en música.

Lewis Allan Reed, nació el 2 de marzo de 1942 en una familia judía de clase media. Creció en Brooklyn junto a su hermana Merrill y sus padres, Sidney George Reed y Toby Futterman. Lou regresaba de la escuela sin amigos, y ante su familia parecía tímido y poco sociable, hasta que un vecino les dijo que era un niño agresivo, que amenazaba a otros niños de su edad.

En la adolescencia Lou Reed era un chico apático que padecía ansiedad y ataques de pánico. Sufría mucho por no poder relacionarse, pero supo convertir esa frustración en concentración, para aprender a tocar la guitarra. En la preparatoria formó una banda que absorbía todo su tiempo libre y a los 16 años ya se presentaba en clubes importantes de Nueva York. Al mismo tiempo empezó a consumir drogas y su adicción se incrementó con los años, al igual que su comportamiento errático. La ansiedad y su incapacidad para socializar empeoraba.

Un psiquiatra diagnosticó a Lou con esquizofrenia y culpó a su madre por “no cargarlo lo suficiente” en la infancia. Esto provocó una extrema sensación de culpa en Toby Futterman, una exconcursante de un certamen de belleza que se casó muy joven. A Lou le recetaron terapia electroconvulsiva en un momento en el que no se conocía suficiente sobre los efectos secundarios de estos tratamientos y ciertas drogas prescritas. El electroshock dañó su memoria de largo plazo y él batalló con eso de por vida.

Sin embargo, en una historia paralela, Lou Reed comenzó a construir su legado. A principios de los sesenta, conoció al músico e intérprete de viola, John Cale y juntos descubrieron la heroína.

Formaron The Velvet Underground junto a Sterling Morrison y Maureen Tucker con un sonido que presagiaba el fin del rock soso y el inicio de la psicodelia oscura, popularizando la experimentación musical de la mano de la cantante Nico y el artista visual Andy Warhol.

Lou Reed and the Velvet Underground.

Por lo adelantados a su época, los discos de The Velvet Undeground no tuvieron la aceptación que los redimió varios años después, ya en la decadencia del rock and roll y los inicios del punk, donde encajaban casi a la perfección.  Lou Reed dejó la banda en 1970 sin nada más estable que su adicción a las drogas.

Howard Sounes documenta muy bien esa parte de su vida en la biografía Notes From the Velvet Underground: The Life of Lou Reed, a través de más de 140 entrevistas a personas cercanas al músico. Aunque en su momento de publicación (2015) causó escándalo y enojó a sus familiares y parejas afectivas, las historias eran ciertas, e iban de aquella vez en la que Reed destruyó el mobiliario de un hotel en Roma, hasta las declaraciones en las que se postuló para tener relaciones sexuales con el Papa frente a la prensa, o en las que se inyectó heroína en público. En un concierto en Alemania en 1979, Lou Reed jaló del cabello a una fanática que se coló al escenario, provocando que cayera de una altura de 15 pies, según el guitarrista Chuck Hammer.

Doo-doo-doo…

Su primer disco en solitario, que contenía algunas versiones de canciones que tocó con The Velvet Underground, fue un fracaso y su vida personal también era un caos entre la adicción, la falta de recursos económicos y una banda que se sumara a su nuevo esfuerzo por abrirse camino como solista.

Mientras él caía en la desesperación, las bandas de glam rock de principios de los setenta, tomaban su música como influencia. Fue entonces que el joven David Bowie, admirador de Reed y The Velvet Underground se ofreció junto a Mick Ronson a producir su siguiente disco, Transformer. La grabación surgió de una mezcla entre lo más genuino del rock que dejaron los sesenta y un toque del glam que concentraba la escena pop neoyorquina.

Transformer es un disco vigente hasta el día de hoy, con baladas poderosas y pegajosas como “Vicious” y “Walk on the wild side”, una oda a Nueva York. El álbum tuvo una mucho mejor recepción y eso le permitió posicionarse nuevamente como una figura prominente de la música. Los siguientes ocho meses trabajó en un nuevo disco: Berlin. La apuesta entre sus cercanos era averiguar si Lou Reed podría terminar de grabarlo antes de que las drogas terminaran con él.

La violencia física y emocional que Lou Reed provocó ejerció contra su entonces esposa Bettye Kronstad, le costó el divorcio, pero no la separación. Ella seguía a Reed, quien seguía convencido de grabar Berlin, una opereta trágica de rock que glamouriza la autodestrucción en una relación entre un hombre y una mujer: Jim y Caroline. Inspirado en su propia relación, el músico también tomó ciertos aspectos de la infancia difícil de su exesposa para escribir The Kids, pieza en la que llama “prostituta bisexual” a la madre de Bettye, quien había fallecido poco tiempo atrás.

The Velvet Underground.

“¿Quién quiere que su matrimonio, mientras se destruye, sea reflejado en un álbum para que todo el mundo lo escuche? ¿O quién quiere escuchar historias sobre las dos veces que me golpeó? ¿Quién quiere eso? Pues ahí está”, cuestionó Kronstad tiempo después.

Ni la crítica, ni los fans o la propia disquera recibieron el disco con buenos ojos. Era, se decía, innecesariamente largo, poco universal, sobrecargado en cuestiones musicales y carente de temas de actualidad. Durante esa década grabó varios discos como Metal Machine Music, Coney Island Music, Rock and roll heart, Take no Prisoners y The Bell, pero su adicción a la heroína seguía poniéndole trabas a su talento.

En 1979, decidió caminar en una dirección distinta, adoptó el tai chi como hobby y se apegó a una filosofía de vida más saludable.

En la década de los ochenta se convirtió en un activista de causas políticas y humanitarias.  Se unió a un tour de Amnistía Internacional en 1986 y se involucró en la vida política de Nueva York. En 1989 grabó New York, un disco sincero de rock y poesía que le ganó un premio Grammy.

Berlin comenzó a reclamar la importancia que nadie le dio al principio. Se le reconoció como un proyecto experimental surgido de una explosión de dolor, que musicalmente era difícil de oír, pero que conectó con la decadencia y los excesos de 1989.

En la década de los noventa, Lou Reed ya era otra persona. Como Iggy Pop, había sobrevivido al estilo de vida del rockstar promedio de la psicodelia sesentera, incluyendo al morboso deseo del público de ver su final a modo espectáculo. En 1992 se sumó al festival Kristallnach del prestigiado músico, John Zorn.

En ese concierto, Lou Reed y la compositora Laurie Anderson se conocieron y conectaron, en un primer momento, por ser de Nueva York. “A partir de entonces, no nos separamos”, escribió ella luego de 21 un años de matrimonio que sólo se detuvieron por la muerte de Reed.

Tanto él como solista, como los miembros de The Velvet Underground entraron al Salón de la Fama del Rock and Roll, después de un reencuentro que fue mucho más apreciado que décadas atrás.

El tiempo redimió varios otros discos de Reed, entre ellos Ecstasy (2000) y Lulu (2011). El 27 de octubre de 2013, Lou Reed falleció por complicaciones de hepatitis y diabetes. Bowie, David Byrne, Morrissey, Iggy Pop, Courtney Love, Patti Smith y muchos otros músicos no han parado de rendirle tributo.

Hoy se le reconoce como un artista de peso incalculable. El escritor, crítico de rock y biógrafo Anthony Decurtis lo describió como el hombre más neoyorquino que existió, una parte tan inextricable a la ciudad como las Torres Gemelas, que hoy ya no están, pero serán para siempre un símbolo.

Lou Reed decía que escribía de “cosas reales”, “gente real” y no creía en que las personas pudieran ser el compás moral de otras o que su música fuera una guía para hacer cosas buenas o malas. “Si quiero decir que Otelo asesina a Desdémona. ¿Es esa una guía de lo que debes hacer? Quizás deberían marcar mis álbumes con la frase: ‘aléjate si no tienes tu propio compás moral’”, dijo el músico a su biógrafo DeCurtis sobre su disco más polémico.

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